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Un verano por francia

por jotace
Portada — Un verano por francia
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Alpes franceses, Landas y más. Julio 2022.
Este es el relato de tres semanas de vacaciones en autocaravana (AC) por Francia, empezando por los
Alpes franceses y terminando en las playas de Las Landas. Salpicados aquí y allá encontraréis algunos
datos prácticos, como sitios de interés o lugares en los que hemos pernoctado y nuestras opiniones
sobre los sitios, pero es básicamente un relato bastante pormenorizado de nuestras vacaciones de
2022. Avisados quedáis.

Aunque a mí me encantan las montañas, hasta ahora no había estado en los Alpes, salvo una breve
incursión por el Tirol en mi juventud, viajando con inter-raíl. Al contrario que yo, mi familia no es muy
andarina, y con alguna escapada a los Pirineos ya tenían montañas de sobra. Pero este año, no sé bien
por qué razón, al final nos decidimos. Con la promesa de que andaríamos poco y tiraríamos mucho de
remontes para subir como domingueros a unos cuantos miradores. Y así empezaron nuestras
vacaciones post-pandemia…

Día 1. De Madrid a Saint Gaudens. 567 km.
Salimos de Madrid el 16 de julio, en medio de la interminable ola de calor que hemos sufrido este
verano. De las variadas rutas que tenemos hacia Chamonix, elegimos una que no está entre las
recomendadas por Google (que son por Irún o por La Jonquera y Costa Azul), sino que decidimos “tirar
por la calle de en medio”, nunca mejor dicho, y cruzar los Pirineos por Huesca, para ver algún
pueblecillo de la Francia central de camino, ya que las otras rutas las tenemos más explotadas.

Poco que contar, día de carretera y de calor, aunque gracias al aire acondicionado dentro se va bien.

Justo pasado el túnel de Bielsa, paramos en un pequeño parking que hay a la derecha, con algunas
mesas, para descansar y tomar “el fresco” de la montaña. Poco fresco hace, ni siquiera aquí, a casi
2000 metros de altitud. Pero corre cierta brisilla y se está a gusto, así que decidimos hacernos un café
y tomárnoslo en una mesita que hay fuera mirando hacia el valle francés. Ventajas de llevar la casa a
cuestas…

Continuamos. Hemos elegido pernoctar en Saint Gaudens, que está a una distancia razonable (567
km) y tiene una buena área de ACs. En realidad es un antiguo camping reconvertido, por lo que
tenemos nuestra parcela, bien amplia y sombreada, por solo 12€/día.

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Llegamos temprano, sobre las 5 ó las 6 de la tarde (hemos decidido hacer etapas en las que podamos
tener cierto tiempo de descanso, no darnos la paliza), nos instalamos, y miramos si hay algo que ver
cerca. También aquí hace calor, no como en Madrid pero casi. El pueblo no vale nada, pero hay una
panadería al lado que nos sorprende encontrar abierta la tarde de un sábado, y que, más sorprendente
aún, también abre el domingo por la mañana. Compramos una baguette pequeña para la cena, por
probarla (aunque para hoy y mañana ya traíamos pan) y decidimos que mañana antes de salir
compraremos más pan fresco.

Nos sorprende lo buena que está la baguette, y no ha sido cara: sobre 1€, y se nota que lleva centeno
y masa madre, sabe a pan “de verdad”. Muy rica. En fin, poco más: relax, cena, lectura y a la cama.

Día 2. Saint Gaudens-Conques-Coltines. 362 km.
Desayunamos y, mientras cambio aguas, mi mujer va a la panadería. Vuelve con un par de baguettes
y una pequeña hogaza de pan con buena pinta. Le pregunto el precio y casi me caigo de espaldas: ¡8€!
Las baguettes tienen buen precio, pero le han soplado 6€ por la hogacita. Ya puede estar buena…

Hoy tenemos previsto hacer escala en Conques, un pueblo medieval de la Francia profunda, y
pernoctar un poco más allá, donde nos venga bien.

Conques es un pequeño pueblo metido entre montañas. En estos casos, con carreteras estrechas y
pueblos medievales, uno siempre va con cierto recelo sobre dónde aparcar y si se podrá dar la vuelta
en caso de no encontrar sitio. Tiramos de park4night y vemos que hay un parking majo abajo del
pueblo, junto a un río. Nos gusta, incluso podríamos pernoctar aquí. Pero vemos que también hay un
parking en lo alto del pueblo, y nos evitaríamos coger el autobús que han puesto desde este parking
del río, así que subimos.

Llegamos al parking, de pago, con barrera, pero perfectamente accesible para ACs. Nos aproximamos
a la barrera y el guarda nos dice (en francés; yo lo chapurreo y lo entiendo más o menos, aunque no
lo practico desde el instituto) que “camping-cars” no, que está prohibido. Extrañado, pregunto por
qué, y me dice que por ser el pueblo patrimonio protegido, o algo así. Curioso, cuando el parking está
en las afueras del pueblo. Me dice que tenemos que bajar al parking del río y allí coger el bus. De allí
venimos…

En fin, doy la vuelta, vamos bajando, y al pasar por la entrada al pueblo, en una zona de parking en
línea junto a la carretera (de pago), que al subir estaba llena, vemos sitio. El guarda nos ha dicho que
tenemos que ir al río, pero aquí hay sitio, y veo una camper grande aparcada. Así que aparco, tras
comprobar que no hay ningún letrero que limite el parking solamente a turismos. Voy al parquímetro,
pago los 6€ de rigor (independientemente del tiempo que estés), y cuando estoy volviendo con el
papelito hacia la AC para colocarlo en el parabrisas, veo al guarda del parking de arriba que ha bajado
y está recorriendo la línea de vehículos comprobando que han pagado. Ve la AC, me ve a mí, le veo
yo, nos miramos fijamente a los ojos, y pienso que ya la he cagado… Sigo hasta él, y me dice que ahí
no, que me ha dicho que en el río. Yo, con cara de desesperación, le enseño el ticket y le digo que “j’ai
payé!”. Coño, si no hay ningún letrero que impida aparcar a las ACs, y estoy bien aparcado, y pago mi
ticket, ¿qué daño hago? (eso no se lo digo, pero lo pienso). En fin, que me dice (me asombra
entenderlo todo, después de décadas sin usar el francés) que bueno, que por esta vez hará como que
no me ha visto, pero que los “camping-cars” tienen que aparcar en el río. Sí señor, a sus órdenes señor,
no volverá a pasar, señor vigilante anti autocaravanas. En fin, le digo solo “merci beaucoup”, aliviado
de no tener que pagar al final los 6€ de aquí más el autobús de abajo, y nos vamos a ver el pueblo.

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El pueblo es muy chulo. Pequeño, pero muy chulo. Muy medieval, y pintorescamente ubicado entre
montañas boscosas. Tiene una oficina de turismo, así que entramos, más por costumbre que por
pensar que nos vayan a aportar algo… “Parlez vous espagnol?” (por probar…) Non. “Anglais?” Casi le
veo temblar, angustiado… Non. Oficina de turismo solo para franceses, parece. Pues nada, en francés.
Conclusión: pasea por el pueblo y entra en la iglesia. Me sobraba la oficina de turismo…

Hace calor. Hase musho caló, como en la canción de Kiko Veneno. Parece increíble que estemos casi
1000 km al norte de Madrid, no se nota lo más mínimo. La ola de calor ataca a nivel europeo.

Vemos el pueblo, tomamos una caña en una terracita a la sombra (a un precio que me sorprende,
prácticamente como en casa) y nos vamos. Ni dos horas hemos estado aparcados, correctamente, sin
salirnos de las marcas y previo pago de 6€. ¿Qué problema había…? En fin…

Es pronto, así que decidimos hacer unos kilómetros más y buscar sobre la marcha algún sitio de
pernocta que pille cerca de nuestra ruta. Hay varias áreas en la zona que consideramos razonable (por
distancia), pero al mirar los detalles casi ninguna nos convence (cerca de la carretera y ruidosas, o
cosas así). Nos decidimos por la de Coltines, un pequeño pueblo un pelín apartado de la carretera
principal, pero solo unos 5 km, con un área rural con buena pinta. Vamos allá.

Cuando estamos llegando y salimos de la carretera principal, pronto nos arrepentimos: ¿en serio han
hecho un área de ACs en un sitio al que hay que llegar por esta carretera? Somos ateos, pero ahora
rezamos para que no venga nadie de frente, porque en la mayor parte del recorrido no pasaríamos.
Son solo 5 km, pero se hacen eternos. Afortunadamente, a este pueblo no viene ni Dios.

Llegamos al área, pequeña pero muy cuca, con mesitas, árboles y césped, a las afueras del pueblo.
Estamos solos. Nos instalamos, sacamos sillas y mesas, y nos relajamos. Estamos en una zona cien por
cien rural: granjas, vacas, sembrados… Y ni un alma.

Frente al área está el campo de fútbol. Dentro están montando algo. Al rato, por unos altavoces
empieza a sonar música. Nos mosqueamos. Damos un paseíto al pueblo, a cien metros del área; a su

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entrada, un cartel anuncia las fiestas de la cosecha. Oh-oh… ¿vamos a tener fiestorro esta noche? Nos
asomamos al campo de fútbol, hay un operario montando algo, y unos bafles por los que sale la
música. Pensamos que puede ser un escenario y que esta noche habrá baile. Nosotros queremos
dormir, que mañana seguimos hacia Chamonix. La hemos cagado. Pensamos seriamente en largarnos
a otro sitio, pero antes decidimos que mejor preguntar, así que vamos a buscar la entrada al campo
de fútbol para preguntarle al montador si va a haber cachondeo esta noche.

Damos la vuelta al campo buscando la puerta, pero está todo cerrado. Al pasar por el otro lado, hay
una serie de chalecitos, en uno hay unos niños jugando fuera (aparte del operario, las únicas personas
que hemos visto hasta ahora en el pueblo). No vemos cómo entrar al campo a preguntar, damos la
vuelta y hacia nosotros viene una pareja joven con un cochecito de bebé, así que a por ellos: “Pardon,
excusez-moi… Parlez vous anglais?”. No. Ni Dios habla inglés en Francia. Ni Dieu, quiero decir. Pues
nada, a chapurrear mi francés del instituto: que si hay juerga esta noche. No parecen tener mucha
idea, se preguntan entre ellos, “les feux”, le comenta la mujer al marido. Parece que al menos fuegos
artificiales habrá, pero a mí me importa la música. De repente, un chico viene corriendo de uno de los
chalets de al lado, para ayudar: dice que habla inglés. ¡Y es cierto, lo habla decentemente! Le
explicamos que estamos en el área y que estamos preocupados por si hay fiesta esta noche. Nos dice
que sí, que hoy hay fiesta, que empieza sobre las 10. Le pregunto cuánto dura… se pone a pensar y
dice que una media hora. ¿Sólo? ¡Coño, eso es un notición, como si dura una hora, yo ya esperaba que
habría juerga hasta las dos de la mañana! Cómo se nota que esto es Francia, dormir es más importante
que festejar. Muchas gracias, majete. ¿De dónde sois? Spain. Ah… “bienvenidos”, chapurrea. Muchas
gracias. Un tío muy majete.

Mientras nos vamos, empezamos a reflexionar: han hablado de fuegos artificiales, y “el baile” (o lo
que nosotros pensábamos que sería baile) solo dura media hora… ¡A ver si no va a haber baile, y lo
que dura media hora son los fuegos!

Pues así fue. Allí los fuegos se hacen con música de fondo, y eso era lo que estaban probando. A eso
de las 10 empezaron a llegar coches, supongo que de los pueblos de alrededor. Nada del otro mundo,
no creo que pasaran de 15… Y desde el área de ACs tuvimos entrada de tribuna para ver los fuegos,
con la música de fondo. Empezaron sobre las 22:30, y pasados 20 ó 30 minutos, lo que suelen durar
estas cosas, terminaron, la gente se fue, y allí ya solo se oían los grillos. Al final, fue una buena elección
para dormir.

Día 3. De Coltines a Sixt-Fer-à-Cheval. 440 km
Habíamos considerado la posibilidad de ver más pueblos en el viaje de ida, pero sobre la marcha
hemos decidido que ya habrá tiempo a la vuelta. El objetivo principal es la zona de Chamonix, así que
mejor llegar cuanto antes no sea que luego veamos que nos falta tiempo. Así que hoy llegaremos a los
Alpes.

Consultamos la previsión del tiempo en el área de Chamonix, que aunque sigue haciendo calor, ya se
sabe que las montañas tienen su microclima particular, y necesitamos días libres de nubes para
disfrutar de la subida a la Aiguille du Midi. Queremos sacar pases de los remontes para dos días
(compensa de sobra, cuesta poco más que para un día solo, y da tiempo a ver más cosas), pero para
ello necesitamos confirmar que tendremos dos días buenos seguidos. Para mañana anuncian nubes
en esa zona, así que decidimos aplazar la llegada a Chamonix y empezar por otro valle cercano que
también queríamos visitar: Sixt-Fer-à-Cheval.

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Pasamos la mañana en la carretera, y poco después de comer los carteles ya empiezan a anunciar
Genéve y Suisse. Poco después vemos aparecer el Mont Blanc: de lejos impresiona, y entiendes
perfectamente su nombre. Vas por una zona de montaña pero muy normalita, con montes ni muy
altos ni muy atractivos, un paisaje verde y arbolado… y de repente, aparece una montaña lejana
grande y completamente blanca, resplandeciendo al sol. El contraste de su blancura contra el verde
del entorno es increíble. Es el Mont Blanc.

Pero hoy no es nuestro destino. Hoy vamos a otro valle unos 40 km al norte de Chamonix, donde al
parecer también hay paisajes majos, especialmente el circo de Sixt-Fer-à-Cheval. Y además allí hay un
área de ACs pegada a la zona de interés, a la que llegamos, como casi todos los días, sobre las 5 de la
tarde.

Nos instalamos, sacamos nuestras mesas y sillas (en Francia se puede; y en realidad, si es un área de
ACs, ¿por qué no?), y damos un paseo por el pueblo, que está a unos 300 metros. No es gran cosa,
pero ya deja entrever algo de la arquitectura alpina, de los chalets de madera con flores en las
ventanas y balcones, etc. El entorno la verdad es que nos decepciona un poco para ser los Alpes:
hemos visto valles más chulos en los Pirineos. Pero bueno, a ver qué vemos mañana.

Día 4. El circo de Sixt-Fer-à-Cheval.
Hoy toca ir al circo. Sin payasos, eso sí.

Hay un parking unos pocos km carretera arriba, y desde allí toca seguir andando. Llegamos a una
barrera, más allá está el parking de pago. Pero justo antes de la barrera hay un gran parking gratuito.
Nos apartamos al parking gratuito y consultamos Google Maps a ver si merece la pena pagar, en
función de cuántos kilómetros de caminata nos ahorremos. Nos sorprende: nos ahorraríamos apenas
10-15 minutos de andar, no merece la pena. Aparcamos, nos ponemos las botas, cogemos los
bastones y las mochilas con los bocatas que hemos preparado para hoy, y en marcha. Nos vamos al
circo.

Empezamos a andar, y en breve nos alegramos un montón de no haber entrado al parking de pago:
no solo no te ahorras casi nada, sino que además hay varios parkings, y las ACs tienen que aparcar en
el primero tras la barrera, en el más alejado del destino. Es decir, que pagas y al final casi andas lo
mismo. Hemos hecho bien.

El camino es prácticamente un paseo, cómodo y muy llano. Está lleno de gente de todo tipo y
condición, poca gente atlética y montañera por aquí. En breve llegamos al circo, que no parece
realmente un circo, al ser muy grande y abierto, y ser casi la confluencia de dos “semi-circos”. Aquello
es prácticamente un parque de recreo: bares, restaurantes, ponys de alquiler, mesas de picnic…

El paisaje es mono, pero no para tirar cohetes. Suponemos que habrá que seguir para llegar al
verdadero destino. Allí se queda buena parte de la gente, pero otros muchos siguen hacia lo que
creemos que es “el verdadero circo”. Allá vamos. Por el camino hay un centro de visitantes y cojo un
mapa. Sí, por ese camino parece que vamos hacia la zona de las cascadas (más de cien, creo recordar
que menciona el folleto), y además está cerca.

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Hace calor hoy también. Estamos en la montaña y no es comparable a los 40º de Madrid, pero incluso
aquí se superarán los 30º a mediodía. Y esto debe venir de hace tiempo, porque el agua que debería
abundar cayendo por todas partes, prácticamente brilla por su ausencia. Las cien cascadas no creo
que lleguen a diez hilillos de agua, y quizás estoy exagerando. Es solo el principio de las desoladoras y
dramáticas consecuencias del cambio climático que vamos a contemplar clarísimamente a lo largo de
este viaje, especialmente cuando lleguemos al Mont Blanc.

En fin, llegamos al final del camino (bueno, final no… como en todos los caminos de montaña, si
quieres puedes seguir trepando y cruzando valles todo lo que te dé la gana; pero al final del objetivo
turístico del día), hacemos las fotos de rigor, y volvemos. Nos ha defraudado un poco este valle. Es
bonito, sí, por supuesto, pero la verdad es que esperábamos mucho más. ¿Quizás esperábamos
demasiado de los Alpes? Porque hasta ahora, hemos visto sitios igual o hasta más chulos en Pirineos...

Nos comemos los bocatas y volvemos. La tarde la pasamos relajadamente en el área, con algún paseíto
por el pueblo. Poco más. Mañana terminaremos de ver lo que hay de interés por la zona, y
pernoctaremos en Chamonix, que parece que el tiempo mejora. De hecho, hoy, que se supone que
iba a estar nuboso, al final ha hecho un día espléndido…

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Día 5. Cascada, “gorges”, y Chamonix.
Hoy, destino Chamonix. Y de camino, las dos cosas que quedan de interés por este valle en el que
estamos: la cascada de Rouget y las Gorges (gargantas) des Tines.

Subimos a la cascada; se aparca justo en frente, te bajas y la ves. Una cascada. Alta, sí, pero en fin, una
cascada corrientita. Foto y a otra cosa. A las gorges.

Aparcamos donde indica el camino hacia las gorges. Unos 45 minutos de andar, nos han comentado.
Pues a ello.

Bajamos, bajamos, bajamos… Al final, poco más que un riachuelo; supongo que en primavera llevará
más agua. Nos adentramos en la garganta, un estrecho paso entre rocas. Pues vale. En breve salimos
por el otro lado, y ahora a subir lo que hemos bajado. Soso, muy soso. La verdad, porque pilla de paso
y apenas pierdes tiempo, pero no merece la pena en absoluto.

Nos vamos de la zona de Sixt-Fer-à-Cheval algo decepcionados. Esperábamos bastante más, para ver
esto no hacía falta hacer 2000 km.

En breve estamos en Chamonix. En park4night hemos visto que hay gente que consigue aparcar gratis,
pero debe ser complicado, lo fácil es meterte en alguno de los múltiples parkings de pago. Pero
primero damos una vuelta, por probar…

Exploramos un poco el pueblo por el centro y vemos que esa zona es imposible; vamos a las afueras,
donde vemos que aparca alguna gente, y los pocos sitios donde se puede parar son malos (pegados a
la carretera), muy alejados del centro, e incluso así todos llenos. Decidimos ir a un parking de pago, el
más céntrico, el de la aguja (Aiguille du Midi). Es caro, 26€/día por un parking corriente sin servicios
de ningún tipo, pero ya asumíamos que en Chamonix todo sería caro. También habíamos considerado
un camping, pero o están alejados del centro y hay que coger transporte público, o están al otro lado
de las vías del tren con un paso subterráneo por donde no pasamos por altura. Así que al parking, que
al menos está en pleno centro. Aparcamos y nos vamos a dar una vuelta por Chamonix.

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El pueblo nos sorprende gratamente. Muy turístico y lleno de gente, y lleno de tiendas y restaurantes,
pero, sin poderse decir que es bonito, tiene un extraño atractivo. Y, por supuesto, con el lujazo de
tener el Mont Blanc y el glaciar de Bossons justo en frente, menudas vistas… Porque sí, esto ya es otra
cosa, nada que ver con Sixt-Fer-à-Cheval, ni el pueblo ni, sobre todo, el paisaje: esto sí que no lo hemos
visto en Pirineos.

Antes que nada, a la oficina de turismo: queremos informarnos bien sobre los forfaits para los
teleféricos y del tiempo para mañana en las montañas. La oficina de turismo es enorme, con mucha
gente atendiendo, y aunque también hay muchos visitantes, nos toca enseguida. Como siempre,
primero pregunto si habla español, aunque éste es el primer sitio en el que de verdad pienso que hay
alguna posibilidad de que me respondan que sí:

    -   Bonjour. Parlez vous espagnol?
    -   ¡Sí, perfectamente! –exclama contenta y sonriente-. Bueno, quiero decir, que perfectamente,
        que podemos hablar en español, no que lo hable perfectamente.
    -   Sí, sí, también lo hablas perfectamente –le respondo, sonriendo.

Luego me doy cuenta, a posteriori, de que en la chapita lleva la banderita española (indicando que
habla el idioma) y que su nombre, que no recuerdo, es español. Ella habla con acento argentino, y está
claro que francesa nativa no es. Nos informa exhaustivamente (¡qué difícil es que alguien te diga algo
de utilidad hoy en día en una oficina de turismo!) de las cosas que hay que ver, de los forfaits, de lo
que ella nos recomienda… Y termina preguntándonos de dónde somos, y comentando lo mucho que
le gustó Madrid cuando estuvo hace poco, nos cuenta cómo se pasó un día entero en el Reina Sofía, y
lo bien que se come… Una chica muy simpática.

También nos ha dicho que mañana y pasado anuncian buen tiempo en las alturas, así que decidido:
antes que nada, vamos a comprar los pases para dos días para todos los teleféricos, telesillas, trenes
y demás, del valle. El Mont Blanc Multipass. Para los cuatro, nos sale por unos 350€. Un buen pico,
pero si vienes hasta aquí, es para esto.

El resto del día lo dedicamos a comer en una terraza en la que encontramos sitio (porque están todos
los bares a tope, de americanos sobre todo, aunque también hay muchos turistas indios; de la India;
que hablar de americanos e indios suena al lejano oeste…) y a pasear por Chamonix. Y tempranito,
nos vamos a la AC a cenar a eso de las 7 de la tarde (nada más cruzar la frontera cambiamos nuestros
horarios de comida a los franceses; y a mí me gustan, lo reconozco), y a la cama a eso de las 9, que
mañana nos toca madrugón: tenemos reserva para el primer teleférico que sube a la aguja, a las 6:20.
Nos levantaremos a las 4:30, que hay que desayunar, hacer las camas, preparar bocatas, y llegar hasta
el teleférico. Queremos ser los primeros en subir, que luego dicen que se pone aquello a reventar de
gente, y no es lo mismo. Y ver amanecer en las montañas…

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Día 6. El Mont Blanc.
“4 de la mañana, ya suena la campana…” (si recuerdas a Tequila, joven no eres…)

Madrugón, aún es de noche. Curiosamente, nadie se queja: otros días, levantándonos mucho más
tarde, mis hijos no paran de rezongar diciendo que es vacaciones y que en vacaciones no se madruga,
etc. Pero hoy no: las expectativas son altas, no siempre se sube a un pico a casi 4000 metros…

Llegamos al teleférico antes de que abran. Nos rodean decenas de alpinistas con sus equipos; luego
nos enteramos de que el teleférico de la aguja les permite hacer el ascenso al Mont Blanc y vuelta en
el día, cogiéndolo para la subida y la bajada. Puede parecer tramposo, pero peor es lo nuestro, que
vamos de domingueros a hacernos la foto en lo alto sin dar un paso…

El ascenso se hace en dos fases: un primer teleférico hasta mitad de altura, y trasbordo a un segundo
que te deja en lo alto de la aguja. La verdad es que mirar tu destino desde Chamonix impresiona:
parece increíble que vayas a subir hasta la cima de ese picacho, allí en lo alto, colgando de un cable.
Más de 3000 metros de subida desde el valle, a un pico más alto que cualquier montaña de España.

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El primer tramo está bien, pero el segundo es espectacular. En el segundo teleférico tienes la
sensación de subir casi en vertical, viendo pasar los glaciares del Mont Blanc a ambos lados, y muy
cerca de la roca de la montaña. Realmente, impresiona.

Llegamos a la aguja. No parece que estés en lo alto de una
montaña, porque en realidad apareces dentro de un complejo
que parece una estación del metro. Y, como una estación de
metro, llena de túneles y escaleras hacia varios destinos, sin
saber muy bien hacia dónde debes ir… Nosotros buscamos el
“Pas dans le vide”, una “atracción” en la cual entras en una
cabina de vidrio suspendida en el vacío, y que hemos leído que
se llena enseguida. Así que la idea es llegar de los primeros
para no tener que esperar colas de media hora o más...

Finalmente lo encontramos, y, efectivamente, vemos el
acceso preparado para largas colas, con su pasillito
zigzagueante delimitado por cuerdas. Nosotros hemos llegado
los segundos, y en un par de minutos estamos en la cabina de
cristal.

En fin, una chorrada, la verdad. Pensaba que daría más
impresión, o que tendrías hacia abajo una caída en vertical de
miles de metros… Pues no, a mí no me impresionó nada, y en
realidad estás solo a unas decenas de metros sobre la roca.
Que no está mal, pero en fin, una turistada, sin más. Sabiendo
lo que es, no esperaría ni cinco minutos de cola, no merece la pena. Y menos teniendo en cuenta el
resto…

     La cima inferior de la aguja
     vista desde la punta superior

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Porque el resto SÍ que merece la pena. Una pasada. Una auténtica pasada. Asomarte a esas terrazas,
contemplar los Alpes en su inmensidad (porque los Alpes “de verdad” empiezan ahí, detrás del Mont
Blanc y de la Aiguille, en dirección hacia Suiza, y no se ven desde abajo), sentir el aire helado,
contemplar los glaciares, la nieve, la roca… es una pasada. ¡Incluso se ve el Cervino, y está a 63 km de
distancia en línea recta! Y no, por muchas fotos que hagas, no le harán justicia.

Pasamos tres horas en lo alto de la aguja, y se pasaron volando. Contemplando montañas,
contemplando glaciares, disfrutando del frío y el sol, disfrutando de la inmensidad de la naturaleza
salvaje… aunque fuera en plan dominguero asomados a una barandilla sin llegar a pisar la roca.

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Mont Blanc

Casi con pena, al final decidimos bajar. Aún nos queda mucho por ver, y solo tenemos pases para dos
días, hay que aprovecharlos bien.

Siguiente parada, el tren de Montenvers. El mar de hielo. La Mer de Glace. Un río de hielo de 20
kilómetros de longitud que se desliza desde el macizo del Mont Blanc hasta el valle de Chamonix.
Bueno, o así era antes de que sufriéramos el cambio climático…

Cogemos el tren cremallera, inaugurado en 1909, que nos lleva hasta la Mer de Glace. Se inauguró
para llevar a los turistas de principios del siglo XX hasta el hotel que se construyó con vistas al glaciar,
donde iba la alta sociedad de la época a disfrutar de las espectaculares vistas del mar de hielo…

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Hoy, cuando llegas al destino ves una especie de cauce de río seco. Un cauce rocoso, profundo, lleno
de escombros. En algún sitio estará el glaciar, supones, pero no lo ves: solo arena y roca desmenuzada
por siglos de erosión bajo el hielo.

A principios de siglo, desde la estación de Montenvers (el destino del tren), tenías un paseíto hasta el
glaciar. Se ve en las fotos en blanco y negro de la época. Hoy, empiezas por coger un teleférico que te
baja varios cientos de metros hacia el cauce rocoso y seco. Luego, te espera un recorrido de 500
escalones más por escaleras metálicas, intentando alcanzar los restos de hielo que puedan quedar al
fondo. Porque cuando se hizo el teleférico hace pocas décadas, alcanzaba el borde del hielo. Hoy,
tienes que seguir bajando, y bajando, y
bajando…

Por el camino, vas viendo letreros que
marcan el retroceso del glaciar: aquí llegaba
en 1980. Bajas, bajas, bajas… Aquí en 1990.
Sigues bajando… Aquí en el año 2000…

Al final llegas abajo. Arena y rocas. Al fondo,
hielo sucio. El frente del glaciar. El frente de
lo que debería ser el río de hielo que antes
podía       verse    prácticamente        desde
Chamonix. Hoy, los restos de ese río de
hielo es apenas una lámina de hielo sucio
cubierta por los escombros producidos por
siglos de erosión del hielo contra los bordes
de las montañas, que ahora quedan muy
por encima del hielo y caen desmenuzados
sobre él, convirtiendo el mar de hielo en un
mar de escombros.

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Excavada en ese frente de hielo sucio, la gruta de hielo. Una atracción turística que se re-excava año
a año, porque el frente de hielo no para de retroceder. Junto a la entrada de la de este año, se ven
restos de la del año pasado, unos metros más arriba. Cada año hay que bajar más. Cada año hay menos
hielo.

La cueva es una turistada. Tras los primeros metros de cierta emoción por estar dentro de un glaciar,
aunque sea un triste glaciar moribundo, el resto es una chorrada que intenta amenizarse con alguna
escultura de hielo aquí y allá. Esperaba más.

La visita se completa en pocos minutos, y ahora toca subir los 500 escalones, coger luego el teleférico,
y el trenecito de vuelta a Chamonix. Esperaba más del mar de hielo. Mucho más, la verdad.
Reconozcámoslo: hoy en día no es bonito. Lo era, ves las fotos antiguas y era una pasada. Ya no. Ahora
es un cauce de río seco, que más recuerda a una rambla de Almería que a un glaciar. Pero deberían
pasarse por allí todos los negacionistas del cambio climático. Aquel paisaje es una bofetada en toda
regla a la Humanidad en su conjunto.

Llegamos a Chamonix y aún no es la hora de comer. ¡Hay que ver lo que cunde el día cuando te levantas
de madrugada! Habíamos preparado bocatas pensando que nos tocaría comer por ahí mientras
estábamos viendo algo, pero se ha dado mejor de lo esperado, así que volvemos a comer a la
autocaravana, que sigue en el parking del teleférico de la aguja. Después de comer, la idea es subir a
otro teleférico, el de Brévent, situado al otro lado del valle, frente a la aguja y al Mont Blanc, desde
donde al parecer hay buenas vistas.

Comemos, reposamos un poco, y salimos del parking con la AC para ir al otro teleférico. Por el camino,
paramos en un Carrefour a hacer algo de compra.

El navegador nos lleva callejeando por el centro de Chamonix, afortunadamente sin consecuencias,
hasta alcanzar el teleférico de Brévent en lo alto de unas cuestas por las que tenemos que subir en
segunda. Lo malo es que llegamos allí y no vemos dónde aparcar, está todo lleno. Me sonaba haber
leído que había un parking, pero no lo vemos. Por otro lado, la verdad es que estamos cansados, la
mañana ha sido larga e intensa, y casi nos apetece más ir a algún sitio a pasar la tarde relajadamente.
Así que, como no vemos dónde aparcar fácilmente, decidimos tirar hacia donde hemos decidido

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pernoctar esta noche: el área de autocaravanas de Argentiére, a solo 9 km de Chamonix. No solo es
gratuita, sino, sobre todo, mucho más acogedora que estar en un parking en Chamonix.

El área de Argentiére tampoco es que sea una maravilla en sí misma, pero sí es muy grande y con unas
vistas espléndidas. Es una enorme explanada habilitada como parking mixto para coches y
autocaravanas, aunque de forma natural unos se ponen en un extremo, y las otras en el otro. Deben
caber cientos de vehículos, y no está lleno ni a la cuarta parte. Eso sí, hay carteles que dicen que está
prohibido permanecer en el parking por la noche para dejar trabajar a los quitanieves. Está claro que
eso no debe aplicar en pleno julio…

Nos instalamos y sacamos nuestras sillas y mesa (ya se sabe, c’est la France…) contemplando el Mont
Blanc, allí delante de nosotros, y la aguja, donde estuvimos esta misma mañana. No se cansa uno de
verlo. Al lado tenemos los Grand Montets, otras importantes montañas que rondan los 4000 metros,
y sabemos que, oculto por las laderas pero prácticamente ahí detrás mismo, está el glaciar de
Argentiére. La idea es subir mañana a verlo, el teleférico sale a apenas cien metros de donde estamos
aparcados.

Pasamos una tarde de relax, cervecita y libro con vistas a las montañas, y cenamos una tabla de
embutidos y quesos con un buen vino mientras vemos atardecer en las cumbres. El Mont Blanc se tiñe
de rojo y recordamos aquella mítica frase de Heidi: “¡Abuelito, abuelito, las montañas están
ardiendo!”. Con nuestras copas de vino en la mano, parece un cierre perfecto para un magnífico día
en las montañas.

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Día 7. Argentiére, glaciares y más montañas
Nos levantamos tempranito, a eso de las 7, que hoy también hay que aprovechar los pases, pero como
también nos acostamos temprano, estamos descansados. Hoy toca andar un poco, porque para ver el
glaciar tenemos que hacer una pequeña ruta a pie desde donde nos deja el teleférico. No es gran cosa,
unos 45 minutos, pero nos equipamos con las botas y alguna mochila con agua, que nunca está de
más.

En el teleférico estamos solos, casi nos parece que lo arrancan para nosotros. De hecho es así, está
abierto pero lo dejan parado si no sube nadie, lógicamente. Está claro que el 99% de los turistas se
concentran en Chamonix, aunque también hay cosas chulas unos pocos kilómetros más allá.

Llegamos a la estación superior del teleférico, solos en medio del monte. Salen varios caminos, todos
bien indicados mediante carteles indicadores. Cogemos el que anuncia el “point de vue” del glaciar de
Argentiére.

Es un camino sencillo, aunque de montaña. Un sendero, en realidad, aunque en su parte final conecta
con una pista. Se hace cómodamente, y como estamos ya a cierta altura, sin nada de calor (también
hay que tener en cuenta que serán sobre las 9 de la mañana, que andaremos a unos 2000 metros de
altura y que vamos en manga corta, así que demasiado…). Mientras avanzamos, vemos helicópteros
frecuentes que pasan por el valle donde está el glaciar, por debajo de nosotros. Suben desde
Argentiére, y se adentran por el cauce del glaciar hasta sobrevolarlo. Son vuelos turísticos; aquí el
patrimonio natural de la zona mueve mucho dinero.

La duración de la caminata estaba bien medida: casi a los 45 minutos exactos, tras una curva en el
camino, aparece de repente el frente del glaciar, y la temperatura cae drásticamente. Estamos
bastante cerca del hielo, y se nota, la temperatura ha debido caer cerca de diez grados de golpe. Hace
frío y viento (supongo que motivado justamente por el contraste de temperaturas entre el glaciar y
los alrededores).

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Nos acercamos al impresionante frente del glaciar de Argentiére, plagado de grandes bloques de hielo
fragmentados, y hacemos multitud de fotografías. Aquí no son tan visibles como en el mar de hielo
los efectos de la subida de las temperaturas, pero también se notan si los buscas: las marcas en las
laderas de las montañas que rodean al glaciar muestran, en su erosión, cómo hace años el hielo llegaba
bastante más alto. Aunque en este glaciar el retroceso ha sido más en longitud que en altura: antes el
frente del glaciar casi llegaba hasta el pueblo de Argentiére; ahora hay que venir a buscarlo aquí arriba.

Espoleados por el frío, disfrutamos de las vistas unos cuantos minutos e iniciamos el camino de vuelta.
Me queda por dentro cierta desazón por no haber avanzado más, por no seguir andando qué se yo,
treinta minutos más, o una hora más, para contemplar toda la extensión del glaciar y no solo su parte
frontal… Pero es que nos sentimos presionados por aprovechar las horas que nos quedan de uso de
los teleféricos: todavía hay cosas que ver, y muchas más que nos dejaremos. Porque no nos va a dar
tiempo a subir ni a la cuarta parte de los sitios posibles…

Volvemos al área de autocaravanas, y salimos de vuelta hacia Chamonix, para subir de nuevo al
teleférico de Brévent, al que estuvimos a punto de subir ayer. Aunque ayer no lo vimos, hemos
confirmado que allí hay un parking en el que entran autocaravanas, así que es cuestión de encontrarlo.

En quince minutos estamos en Chamonix, y en cinco más junto al teleférico. Y justo allí, a la vuelta de
la esquina, la entrada al parking. Nos da rabia: si lo hubiéramos visto ayer, hoy tendríamos tiempo
para hacer alguna otra cosa. Pero en fin, también está bien descansar de vez en cuando…

Otro teleférico, este también dividido en dos tramos, como el de la aguja, aunque sube a mucha menos
altitud: unos 2500 metros. En realidad, el interés no está en el sitio al que sube, sino en las vistas que
hay desde allí: estamos frente a la Aiguille du Midi y el Mont Blanc, al otro lado del valle, con Chamonix
abajo, y hay unas bonitas vistas de todo el valle y de toda la cadena montañosa que se eleva tras él:
los Alpes.

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Porque sí, teóricamente esto que pisamos también son Alpes… pero no, “los Alpes de verdad”
empiezan claramente, y casi de golpe, justo al otro lado de este valle, justo más allá de Chamonix. De
hecho, como también estamos en una cumbre, podemos darnos la vuelta y mirar hacia atrás… y lo
que vemos es un paisaje que casi podríamos decir de monte bajo. La alta montaña comienza
bruscamente al otro lado del valle, y ya no acaba hasta cruzar toda Suiza. La verdad es que es bastante
espectacular.

 A la derecha, el macizo del Mont Blanc con el glaciar de Bossons, y la Aiguille, entre otros.
 A la izquierda, los Grand Montets y se adivina el cauce del glaciar de Argentiére. Abajo, Chamonix.

Pasamos un rato largo en el mirador contemplando las vistas y haciendo fotos, y otro rato
comiéndonos los bocadillos que hemos llevado, ya que se nos ha hecho la hora de comer. Y finalmente
decidimos que ya es hora de volver a bajar.

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Debatimos qué hacer: nos quedan unas pocas horas de forfait, y es difícil aprovecharlas, porque para
cualquier sitio al que vayamos hay que considerar que nos dé tiempo a subir, ver lo que haya que ver,
y llegar a tiempo para coger el teleférico o telesilla de bajada; y acaban bastante temprano en general
(sobre las 18:30 o así). Nuestros objetivos principales para el viaje ya los hemos cubierto, hemos visto
los principales sitios de interés que nos habíamos marcado, y la verdad es que tampoco nos apetece
pegarnos la paliza de salir corriendo a otro sitio, y verlo corriendo solo por aprovechar los pases hasta
el último minuto. Decidimos hacer lo mismo que ayer: volver al área de Argentiére, donde se está muy
a gusto, y pasar una tarde de relax.

Y así hacemos. Como hay tiempo y hoy no estamos tan cansados como ayer, nos damos también un
paseo hasta el pueblo, que aunque nos habían dicho que era mono, la verdad es que es bastante
normalito. Lo que debería ser espectacular hace años sería la vista del pueblo con el glaciar
descendiendo detrás de él; hoy, debido al ya comentado retroceso del glaciar, solo se ven unos metros
del frente del glaciar, allá en lo alto. Aun así, es precioso. Al menos, nuestros hijos han podido verlo;
me temo que los suyos ya no podrán contemplar estos paisajes.

               Argentiére y, muy al fondo, lo poco que hoy día se ve del glaciar, cuya
               blancura antes llenaba toda esa gran grieta tallada en la montaña.

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Día 8. Descansando en el lago.
Hoy hemos decidido que será un día de relax. No queremos unas vacaciones de ir corriendo a todas
partes, también queremos disfrutar un poco del “dolce far niente” de vez en cuando. Así que la idea
es pasar el día en unos bonitos lagos que hemos leído que hay en Sallanches, a 30 km de Chamonix,
con zona de baño y aguas cristalinas. Porque estaremos en los Alpes, pero sigue haciendo calor.

La zona de los lagos está bastante restringida a las autocaravanas: los accesos a los parkings tienen
control de gálibo, pero afortunadamente entre los dos lagos hay una explanada donde podemos
aparcar sin problema. De hecho, ya hay varios coches y una camper aparcados ahí.

Al final hoy sí está ligeramente nublado, y aunque hace una temperatura muy buena, no dan muchas
ganas de bañarse. Nos metemos en el agua (no demasiado fría, pero realmente cristalina) hasta las
rodillas, y pasamos el día de relax tumbados en la orilla y leyendo. Comemos unas buenas patatas a la
riojana, con chorizo (¡había chorizo español en el súper!) y tomamos un cafetito, y tras seguir unas
horas más junto al lago, decidimos que ya hemos tenido bastante relax por hoy.

Habíamos considerado la posibilidad de pernoctar aquí: en park4night hemos visto que mucha gente
lo hace, y no hemos visto ninguna señal que lo prohíba. Pero también leemos algún comentario aislado
que habla de prohibición de hacerlo, y lo cierto es que nos mosquea que el acceso a los parkings
(gratuitos) tenga limitado el acceso a autocaravanas. Y como ya hemos tenido bastantes lagos por hoy,
decidimos que es más seguro marcharnos a dormir a algún área, que afortunadamente en Francia las
hay de sobra. Decidimos ir a Saint Gervais les Bains, que está a solo 9 km.

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Llegamos entre las 5 y las 6, y tras coger sitio en el área, nos vamos a dar un paseo por el pueblo. No
tiene nada, pero es bastante agradable, y tiene bastante gente y muchas terracitas. Decidimos
sentarnos a tomar algo y nos cuesta encontrar sitio; al final tenemos que hacerlo en la menos atractiva
de todas, pero es que está todo a tope. No sé por qué es tan turístico este pueblo, será que tiene
varios hoteles y está cerca de Chamonix, debe ser una alternativa algo más barata.

Nos gusta el ambiente y vemos sitios atractivos para cenar. Nos apetece probar una galette o una
fondue, pero cuando nos decidimos ya es tarde para hacerlo hoy: hay que reservar, y está lleno. ¿Y
mañana? Porque mañana la idea es seguir por esta zona… No, mañana es domingo y cierran. Jo. Otra
vez será, hoy toca cenar en casa…

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Día 9. Megève y otros pueblos.
Hoy toca explorar pueblecillos de la zona, en un entorno de unos 10 km alrededor de Saint Gervais.

Empezamos por Servoz. Allí están las “Gorges de la Diosaz”, pero son de pago, y tras el fiasco de las
Gorges des Tines y teniendo en cuenta que ya hemos visitado bastantes desfiladeros en España y que,
por lo que vemos por internet, tampoco es que tengan nada especial, decidimos pasar. El pueblo es
pequeño y ligeramente mono, pero en un paseo de quince minutos está liquidado. A por el próximo.

Vamos a Saint Nicolas de Veroce. Un pueblecillo con una iglesia de interés histórico pero reducido
interés estético, desde mi punto de vista. Lo justito. Pero el pueblo está en un bonito valle bastante
tranquilo, con otra perspectiva del macizo del Mont Blanc (no tan espectacular como desde el valle de
Chamonix, pero bonito), y, sobre todo, con abundancia de chalecitos de estilo alpino, con sus
florecillas y sus contraventanas con corazones tallados. Muy pintoresco, muy de Heidi.

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De aquí nos vamos a Megève. En algún sitio hemos leído que es la Saint Moritz francesa, a ver qué tal.

Megève es un pueblo grande, con multitud de barrios nuevos que han crecido a su alrededor, y con
bastante tráfico. El casco antiguo es peatonal, y aparcar cerca es imposible. Afortunadamente,
encontramos un sitio donde hacerlo a una distancia razonable, a unos 10 minutos andando.

Las afueras de Megève son más o menos normales, pero a medida que te vas acercando al centro, la
cosa cambia: hay hoteles por doquier, hoteles con bastante encanto, nada de edificios masivos, sino
con estilo de palacetes o de chalet alpino, con bonitos jardines y muchas, muchas estrellas en su
entrada. No vemos ninguno de cuatro estrellas, ni qué decir de tres… son todos de cinco. En las
inmediaciones, coches aparcados, pero prácticamente ningún Renault, ningún Ford, ningún Peugeot…
son BMWs descapotables, Porsches, Hummers… Sí, aquí hay dinero, mucho.

El casco antiguo de Megève aún tiene cierto encanto, pero sobre todo tiene centenares de tiendas:
galerías de arte, joyerías… No busques un todo a cien, no. En las calles, muchas terracitas y mucho
ambiente, mucha gente paseando. Sobre todo, familias muy acomodadas de origen indio y árabe,
fundamentalmente. Luego, americanos. Bueno, y cuatro españolitos, mezclados entre ellos.

Megève nos resulta curioso. Pese a lo que pudiera parecer, es un sitio agradable. Se mezcla el lujo, un
urbanismo cuidado y respetuoso con la tradición, y mucho ambiente en sus calles. También hay
tiendas que llaman la atención, aunque solo sea para mirar y no tocar: entramos a una galería de arte
con esculturas vanguardistas preciosas. En fin, que no nos arrepentimos de haber ido.

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Tras un tranquilo paseo por el centro, que tampoco es
muy grande, nos vamos volviendo. Hoy volveremos a
dormir en el área de Saint Gervais, que está cerca y nos
resultó bastante agradable. Lástima que tampoco
podamos cenar la fondue por ser domingo…

                                        Aunque no era el
                                        propósito de la foto,
                                        creemos haber captado
                                        una instantánea de las
                                        últimas vacaciones de la
                                        reina Isabel II. God Save
                                        the Queen…

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Día 10. Yvoire y Annecy. 160 km.
Hoy empezamos a dejar los Alpes. Cuando planificamos el viaje en casa habíamos considerado la
posibilidad de entrar algunos días en Suiza, pero al final decidimos que para ver Ginebra y un par de
pueblos cerca de la frontera, no merece la pena: los Alpes nos han gustado tanto que decidimos que
Suiza merece unas vacaciones dedicadas en breve. Así que nuestro próximo destino es Annecy, una
de las principales ciudades de la Alta Saboya, todavía teóricamente en la región de los Alpes, aunque
ya algo lejos de las montañas. Por el camino, nos desviaremos a visitar Yvoire, un pueblecillo medieval
a orillas del lago Léman.

De Saint Gervais a Yvoire son solo 80 km, que se hacen cortos. Por el camino paramos en Bonneville
al ver un Lidl (siempre atrae ver un sitio que conoces, aunque luego muchos productos sean
diferentes), donde nos sorprende encontrar melones españoles más baratos que en España, donde
este año ha sido noticia a comienzos del verano el exagerado precio que tenían las sandías y melones.

De Yvoire sabemos poco, pero cuando llegamos descubrimos que debe ser tremendamente turístico,
si tenemos en cuenta la cantidad de enormes parkings (de pago) habilitados a la entrada del pueblo.

Y, efectivamente, el pueblo está hasta arriba de turistas, y eso que los parkings estaban prácticamente
vacíos. No me quiero imaginar cómo se pondrá esto cuando los parkings estén llenos…

La verdad es que el pueblo es muy chulo por sí solo, un pueblo medieval muy bien conservado; y si le
sumamos su ubicación junto al lago, ya lo tiene todo. Lástima que tenga tantos turistas, pero es lo que
hay: también lo somos nosotros.

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Paseamos por el pueblo y nos sentamos un rato al borde del lago, que casi parece un mar, mientras
contemplamos Suiza, en la orilla opuesta. No llegamos a ver Ginebra porque el lago gira a la izquierda
y nos la tapa una colina y unos árboles, pero tiene que estar ahí al lado… Lo que sí se ve es Lausanne,
en frente a lo lejos…

Siguiente destino, Annecy, a otros 80 km. Comemos antes, y llegamos por la tarde tempranito.

Tenemos grandes expectativas puestas en Annecy, que parece una ciudad medieval preciosa, por lo
que hemos visto al documentarnos para el viaje. Pero sus afueras tienen poco de bonito, la verdad:
una ciudad enorme, con un tráfico bastante caótico.

Annecy tiene un área de autocaravanas pequeña que al parecer siempre está llena. Pero lógicamente,
tenemos que probar. Entre atascos y semáforos, nos parece que tardamos una eternidad en cruzar la
ciudad hasta salir junto al lago, en la zona donde está el área. No sé, será el contraste de venir del
entorno rural y las montañas, pero este tráfico es insoportable.

El área, como era de esperar, está hasta arriba, pero es que además es fea. Así que volvemos hacia
donde hemos venido, buscando algún sitio donde aparcar para visitar la ciudad. Ya veremos luego
dónde dormimos…

Varios semáforos y atascos después, aparcamos en una avenida no demasiado alejada del centro, a
unos 10-15 minutos andando. Aunque en Yvoire hacía un día espléndido, aquí está nublado, y hace un
bochorno espantoso. Creíamos que en los Alpes habíamos tenido calor, pero ahora vemos que
estábamos casi fresquitos. Aquí estamos a unos 35-36º, y debe haber mucha humedad. Es agobiante.

Llegamos a la zona antigua. Muy medieval. Muy bonita. Pero a reventar de turistas. Entre la gente y
el bochorno, no se disfruta de la ciudad. Foto por aquí, foto por allá, y abrirse paso entre la gente.
Agobio. Para comprar unos simples helados toca hacer cola. No estamos disfrutando de Annecy.

Recorremos una calle corta y se acaba el centro. Volvemos por la paralela y ya está visto. Sí, hay un
trocito en el centro de Annecy muy bonito. Pero ya está. Eso es todo, lo que sale siempre en las fotos.
Y lleno de gente. Y calor, mucho calor. Un americano se mete al canal remangándose los pantalones.

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La gente mira. Parece que baja a coger algo que se ha caído. Lo levanta como un trofeo. La gente
aplaude. El americano sale, empapado hasta las ingles, pero supongo que algo más fresquito que el
resto…

Nos vamos al parque, en parte por acercarnos a ver el lago, y en parte por buscar algo más de fresco
a la sombra, aunque el cielo ya está parcialmente cubierto. Nos sentamos en un banco y decidimos
qué hacer: no nos ha gustado Annecy. Sí, tiene un par de fotos muy bonitas, pero ya está, y hay
demasiada gente, y hace demasiado calor, es todo muy agobiante. Supongo que tener las expectativas
altas tampoco ha ayudado, pero el calor y la gente es lo peor. Y el tráfico, y los atascos… Decidimos
irnos, esto ya está visto.

                                                       El caso es que Annecy es chulo… Pena de
                                                       calor, de atascos… y de turistas

                                                                                                  29

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Buscamos un área cercana, preferiblemente con cierto atractivo, donde pasar la tarde-noche. A solo
13 km de Annecy hay una de pago junto a un laguito, parece chulo. Allá que vamos.

Mientras volvemos a pie hacia donde hemos aparcado, podemos contemplar el caos del tráfico en
esta ciudad: una ambulancia con su sirena intenta llegar a alguna parte, pero está encallada en medio
de una fila inmensa de vehículos, todos parados. Horrible.

Estamos solo a 13 km del área, pero tardamos casi una hora en llegar: primero, atravesar Annecy, que
no tiene ni una triste circunvalación, y luego, diversas carreteras en obras que nos obligan a desviarnos
dos o tres veces, aparte de algún que otro atasco en la carretera, también por obras.

Cuando finalmente llegamos al área, estamos tan cansados (en buena parte por el calorazo que hemos
soportado y la hartura de los atascos) que ni siquiera nos acercamos a ver el lago, que está a doscientos
metros: nos damos una buena ducha, sacamos nuestras sillas y mesas, y hacemos tiempo leyendo
hasta la cena.

Pensábamos que estaríamos al menos un día más por Annecy, pero entre el calor y la muchedumbre
salimos prácticamente espantados. Debatimos qué hacer: ¿subir hasta Dijon, que parece chulo? Es un
rodeo muy grande ¿Aumentar el tiempo previsto para los días de playa, en las Landas? Demasiada
playa. Solo tenemos claro que queremos volver a España con escala final en Las Landas, y que
pararemos en Saint Emilion y en Burdeos, que son dos sitios por los que hemos pasado varias veces
pero no hemos parado nunca. Pero necesitamos algo más por el camino entre los Alpes y el Atlántico.
Mirando el mapa, vemos Vichy a una distancia razonable de nuestra ruta. No parece ser un destino
especialmente maravilloso, pero sí parece tener cierto encanto, así que decidimos que será nuestra
siguiente etapa.

Día 11. Día de ruta. Annecy-Noirétable con escala en Pérouges. 230
km.
Vamos hacia Vichy “con la mente abierta” y en plan relajado, sin prisas. Seguramente hoy pasaremos
la tarde tranquila a las afueras de Vichy y lo visitaremos mañana. La etapa es corta, pero hay que
cruzar Lyon, donde es fácil encontrar algún atasco.

Acercándonos a Lyon vemos un letrero en la autopista que indica “Pérouges-Cité medieval”.
¿Paramos? No da tiempo a pensarlo, decido coger la salida: paramos. Total, ayer mismo no sabíamos
ni a dónde ir, ¿por qué no?

La ciudad medieval es peatonal, y está en lo alto de un cerro. Hay que aparcar en un parking de pago
situado un poco más abajo.

El pueblo es mono en general, con una plaza especialmente bonita. Todo de piedra, con algunas casas
con entramado de madera… Muy chulo. Pequeñito y parece prácticamente deshabitado, excepto por
algún bar y alguna tiendecilla, pero muy cuidado, muy mono. Tampoco tiene apenas visitantes, al
menos hoy, lo cual se agradece. Es posible que en fin de semana la cosa cambie, porque el parking era
grande, aunque hoy estaba bastante vacío.

Dedicamos más o menos una hora a deambular tranquilamente por el pueblo y comprar una galette
de Pérouges, que no se parece en nada a las galettes de Bretaña. Probamos la versión dulce, que no
está mal (cualquier cosa con azúcar está buena), pero que perfectamente podríamos haber seguido

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viviendo sin descubrirla; como una torta de anís, sin anís. Volvemos al parking, que curiosamente hoy
es gratis (la barrera de salida está levantada) y seguimos nuestra ruta.

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“Sólo te marcaré la hora de los días
                                                             que haga bueno”, dice el cachondo
                                                             del reloj de sol

En Lyon perdemos al menos media hora o más por el atasco de rigor en la circunvalación, y entre eso
y parar a comer, va siendo hora de buscar un área en el que pasar la tarde-noche. En Vichy no hay
área, así que buscamos algo por el entorno que resulte agradable.

Lo encontramos en Noirétable: un pequeño área junto a un lago, cerca de Vichy, y cerca de la carretera
de nuestra ruta. Así que allá vamos.

El sitio es tremendamente agradable: unas parcelitas delimitadas bajo unos árboles, con tu espacio
más que de sobra para sacar sillas, mesas y lo que te plazca, a cien metros de un estanque que parece
artificial pero habilitado para el baño, donde hay grupos de chicos del pueblo refrescándose. Hace un
día muy agradable, soleado pero sin calor. También es cierto que hemos elegido venir hacia Vichy tras
haber visto que por aquí mejoraban las temperaturas. Ya tuvimos bastante con el calorazo sufrido
ayer en Annecy, así que mirar el pronóstico del tiempo también ha sido un factor a tener en cuenta al
buscar destino intermedio…

En el área estamos solos, aunque a medida que transcurre la tarde llegan otro par de autocaravanas.
Nosotros pasamos otra tarde de relax, leyendo a la sombra de los árboles, y la verdad es que nos
sentimos muy a gusto en este sitio. Ya podían copiar en nuestro país y hacer áreas de autocaravanas
que no fueran simples parkings…

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Día 12. Noirétable-Vichy-La Tour d’Auvergne. 200 km.
Desayunamos tranquilamente y nos vamos a Vichy. No hay prisa.

Vichy parece una capital de provincia coqueta y agradable. Aparcamos muy cerca del centro, justo al
otro lado del río, a apenas 5 minutos de la zona de interés. Que tampoco es que tenga mucho interés,
pero de alguna forma hay que llamarla…

El paseo es muy agradable: un gran río, el Allier, un gran parque, muchos árboles… Calles y avenidas
tranquilas, con muy poco tráfico, con edificios de porte aristocrático y algunos palacetes, aunque se
ve claramente que la época de esplendor de esta ciudad ya pasó hace tiempo…

Vichy es una ciudad mediana que prosperó en el siglo XIX gracias a sus manantiales de aguas
carbonatadas y los distintos balnearios que se construyeron alrededor de ellos. Eran tiempos en los
que la aristocracia venía a “tomar las aguas”, algo que fue cayendo en desuso con los años, cayendo
con ello la prosperidad de la ciudad, que hoy se ve claramente venida a menos, aunque sus parques y
bulevares arbolados aún la hagan muy agradable para pasear.

Entramos a la oficina de turismo para que nos digan qué hay que ver aquí… La chica del mostrador
lleva una chapita de identificación con la bandera española y la inglesa, es decir, que habla español e
inglés. No obstante, más por educación que por otra cosa, le pregunto “Parlez vous espagnol?”, y la
respuesta es “Non”. Parece que esta chica mintió un poco en su curriculum...

En fin, por las indicaciones que nos da (finalmente en un inglés bastante deslucido) deducimos que
realmente hay muy poco que ver, y la mitad ya lo hemos visto por el camino. Cuando lo que te dicen
es que te recorras una calle para ir viendo los edificios, o que pruebes el agua en tal sitio, o que pasees
por el parque… es que no hay mucho más que ofrecer.

El único edificio singular de la ciudad es la ópera-casino, un bonito edificio con elementos de “art
nouveau” que puede visitarse previo pago. Pero al ver que realmente solo visitas el hall del teatro-
ópera, y no el resto del edificio, y que además ya lo estamos viendo en una foto que muestran a la
entrada, pues decidimos que no merece la pena el dispendio.

Este edificio de la ópera, que en sus tiempos de esplendor fue casino, se utilizó también como sede
del gobierno del mariscal Pétain durante la ocupación alemana. Una etapa de la que claramente no se

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sienten orgullosos en la ciudad, y que han intentado compensar dedicando avenidas al general De
Gaulle o poniendo grandes placas dedicadas a los (pocos) diputados que votaron en contra de la
proclamación del régimen de Vichy, por ejemplo…

Aparte de eso, paseamos un poco, probamos el agua en los dos manantiales principales (asquerosa
en ambos desde nuestro punto de vista, aunque había gente que llenaba cantimploras y garrafas, y
de uno de ellos se exportan millones de botellas a todo el mundo; cogerla allí es gratis), y tras un par
de horas como mucho, tirando por lo alto, dimos la visita por terminada, porque tampoco había más
que ver allí. Volvimos a la AC y, a la salida, paramos para comprar en un Lidl. Y como enfrente había
un Burger King y los chicos dijeron que les apetecía comer hamburguesa, pues comimos allí,
justamente en la Avenida del General De Gaulle. De Pétain no vimos ni un triste callejón…

                                                                    Bebiendo agua con sabor a pedo

Aprovechando la wifi del Burger, vamos buscando un sitio agradable en nuestra ruta para pasar la
tarde-noche a una distancia de un par de horas como máximo, y lo encontramos algo más allá de
Clermont-Ferrand, en la Auvernia, en medio del parque natural de los volcanes y cerca del Puy de
Dôme, que a mí me suena por el Tour de Francia. Busco ahora en Google a ver si de verdad tiene

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alguna relación o me lo estoy inventando, y encuentro un artículo titulado (literalmente): “Sólo los
muy viejos recuerdan el Puy de Dôme”, y dice que el Tour no pasa por allí desde 1988. Me cago en el
millenial que lo habrá escrito…

En fin, como iba diciendo: hacemos escala en La Tour d’Auvergne, un precioso pueblo a orillas de un
lago rodeado de montes llenos de bosques. Una estampa idílica. Y el área de autocaravanas, enorme,
está justo a orillas del lago.

Enorme, pero encontramos sitio casi de casualidad. Aquí puede haber fácilmente un centenar de
autocaravanas, si no son más. En realidad es como un camping, con sus calles y su arbolado, aunque
sin barrera de entrada y sin delimitar parcelas. Y está claro que aquí la gente viene a pasar el verano,
o al menos largas temporadas: es la primera vez que veo un área de autocaravanas llena de “fijos”. El
95% son franceses, exceptuando algún belga aislado y unos españoles llegados de casualidad
(nosotros). Y tienen plantados toldos, suelos... como un camping.

La verdad es que el área en sí misma, tan enorme y con tanta gente, a pesar de que tenemos nuestro
espacio de sobra para mesas y sillas, no nos resulta especialmente atractiva, pero a veinte metros el
paisaje es idílico. No hay más que dar unos pasos y estás al borde del lago, con el pueblo al fondo. El
lago tiene incluso bandera azul de la UE en su zona de baño, bastante concurrida. Y por los alrededores
debe haber rutas de bicicleta y senderismo, según vemos en diversos carteles, y hasta alguna pequeña
cascada entre bosques. Parece un sitio muy agradable para pasar unos días tranquilos.

Mientras los chicos se quedan en “la
parcela” mirando sus móviles, mi mujer y
yo nos vamos a dar una vuelta alrededor
del lago, un paseo de una media horita. Y
nos gusta tanto, que a la vuelta cogemos
un libro y volvemos junto al lago para
sentarnos en un banco a la sombra y
pasar la tarde con vistas a esa bonita
estampa. Qué sitio más bonito…

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Día 13. La Tour d’Auvergne-Saint Émilion. 300 km.
Al día siguiente partimos casi con pena de este bonito sitio. La verdad, si no fuera porque para los
chicos es aburrido estar aquí sin hacer nada, nosotros probablemente nos habríamos quedado al
menos un día más, aunque solo fuera para pasear por los bosques y disfrutar de las vistas. La zona nos
deja un muy buen sabor de boca: una región sin grandes atractivos turísticos, pero tremendamente
agradable para una estancia tranquila. Lástima que no pille a mano para un fin de semana…

Se va terminando el tiempo de visitas. Hoy veremos Saint Émilion, el pueblo de los grandes vinos de
Burdeos. Y mañana, la propia Burdeos. A partir de ahí, terminaremos nuestras tres semanas de
vacaciones con sol y playa.

Llegamos a Saint Émilion poco después de comer. Los parkings a la entrada del pueblo están a tope,
pero tenemos la suerte de encontrar sitio en uno de ellos, casi de casualidad. El pueblo está a tope
también, americanos sobre todo. Hay que ver cómo les gusta Francia a los yanquis…

Yo ya sabía que este pueblo era en buena medida una tienda continua de vinos… pero no sabía hasta
qué punto. Prácticamente no hay otra cosa: vinotecas y americanos comprando vino. Letreros
anunciando envíos a cualquier parte del mundo. Vino, vino y más vino, y americanos, americanos y
más americanos. Es el primer sitio que vemos donde prácticamente todo el mundo habla inglés: viven
de ello. Incluso en la oficina de turismo, me sorprende encontrar a la primera francesa del viaje que
escucho hablar un inglés fluido y con buen acento…

La verdad es que con tanta tienda y tanta gente, Saint Émilion nos defrauda bastante. El pueblo es
mono, todo de piedra, pero queda totalmente eclipsado por el parque temático del vino de Burdeos
en el que lo han convertido. Y mira que a mí me gusta el vino, pero este rollo no va conmigo. Total,
que en cosa de una hora como mucho, ya nos hemos visto el pueblo y estamos de vuelta en la
autocaravana.

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Aunque es bastante temprano, decidimos tomarnos la tarde de relax. En Saint Émilion no hay área de
ACs, pero hay una muy cercana, a 5 km, en Saint Sulpice de Faylerens, y por los comentarios no tiene
mala pinta. Allá vamos.

El área es pequeñita pero apañada, a las afueras del pueblo y alejada de la carretera, con grandes
parcelas de césped delimitadas, y pegada al cementerio. Pero pegada significa pegada: junto a la valla.
Y la valla es un murete de un metro de altura, al que puedes asomarte como apoyado en un balcón,
por lo que tenemos unas magníficas vistas del arte funerario de la región: losas y mausoleos a tutiplén.
La verdad es que no nos importa lo más mínimo, y hasta tiene su gracia. Además, los muertos suelen
ser unos vecinos bastante tranquilos…

cementerio
                                                                                El área y sus bonitas vistas

Pasamos la tarde en la parcela leyendo, jugando al parchís, tomando una cervecita con unas patatas
fritas, dando un paseo por el exiguo pueblo (más muerto que su cementerio), y finalmente dándonos
un paseo turístico por el interior del camposanto, que resulta ser lo más entretenido. Nos llama la
atención la costumbre de llenar las tumbas con plaquitas de recuerdo por parte de familiares y amigos
(en lugar de nuestras típicas coronas) en las que suele representarse alguna afición del finado.
Descubrimos que en ese pueblo casi todos los varones practican la caza con entusiasmo; unos pocos,
la pesca; y ya una pequeña minoría son músicos, moteros, o tienen otras aficiones no cinegéticas.
También, cómo no, varios muertos eran dueños de bodegas, y a otros, sin serlo, les apasionaba ese
mundillo del vino y la viña. Las mujeres, en general, son más de lectura o de cultivar plantas, con
alguna aficionada a la repostería. Un tour funerario muy instructivo…

Día 14. Burdeos… y la playa. 180 km.
Creo que fue a las 7 de la mañana: las campanadas del reloj de la iglesia (junto al cementerio) suenan
a todo trapo. Ya las habíamos sufrido la tarde anterior sonando cada media hora, pero el
ayuntamiento, o el cura, o quien fuese, había tenido el buen gusto de programar el sistema para que
se desactivara sobre las 9 de la noche, por lo que habíamos dormido perfectamente. Pero se ve que a
las 7 ya es hora de levantarse.

El caso es que suenan las siete campanadas, se para, y a los pocos segundos vuelven a sonar. Se para
otro breve rato, y vuelven a sonar de nuevo, muchas más que siete. Está claro, no están dando la hora:
se están encargando de despertar a todo el pueblo sin permitir que nadie se dé la vuelta y siga

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durmiendo. La cosa se repite 3 o 4 veces, insistentemente. A lo mejor se trata de “dar salida” ahora a
todas las campanadas acumuladas durante la noche…

Pues nada, a levantarse. Desayunamos, cambiamos aguas, y a Burdeos.

Hemos debatido largamente si parar o no en Burdeos. Por un lado, han sido ya varias las veces que
hemos pasado por sus inmediaciones sin parar, y este año, con todavía varios días de vacaciones por
delante y ya sin planes claros para gastarlos, parece el momento ideal para descubrir la ciudad. Pero
por otro lado, de lo que hemos visto por internet deducimos que esta ciudad realmente tiene poco de
interés (por eso nunca hemos parado antes), y es lo suficientemente grande como para tener todos
los inconvenientes de una gran ciudad: dificultad de aparcamiento, demasiado tráfico, poco cómoda
para pateársela tranquilamente… El desempate lo pone nuestra hija, que tiene interés en conocerla.
Pues hala, a ver Burdeos.

En Burdeos no hay área de autocaravanas, así que la opción es buscar aparcamiento gratuito fuera de
la almendra central (restringida), o un parking de pago en el que quepamos. Empezamos por buscar
en una zona residencial que no parece demasiado alejada del centro, y tras unas vueltas encontramos
aparcamiento en una calle de apariencia tranquila.

Tenemos una caminata de una media hora hasta alcanzar la zona centro. Llevamos bicis, y
probablemente sería una buena opción cogerlas, pero nos da un poco de cosa movernos en bici entre
los coches. Luego nos arrepentimos, vemos a un montón de gente haciéndolo.

Pasamos la mañana paseando por la ciudad. Realmente es como habíamos supuesto: excepto por un
par de edificios aislados, no hay gran cosa de interés. Pero, por otro lado, no nos arrepentimos: es una
ciudad muy viva, muy animada en el centro, con multitud de bares, terracitas y tiendecillas agradables.
También tiene algún que otro rincón mono, pero incluso las zonas sin mayor interés tienen una
arquitectura cuidada, muy “parisina”. Hay zonas más cutres, por supuesto, y también callejones y
zonas con pinta más insegura, pero en general nos pareció una ciudad bastante agradable, que superó
nuestras escasas expectativas. Es la ventaja de llevarlas por los suelos…

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Como curiosidad, en el puerto estaba amarrado el Rainbow Warrior, de Greenpeace, y anunciaban día
de puertas abiertas para visitar el barco. Lamentablemente, lo anunciaban para mañana. Aunque
tampoco creo que el interior del barco tenga mayor interés, la verdad… Pero bueno, nos hacemos una
foto junto a este icono de la lucha medioambiental, comentando lo irónico de verlo amarrado en un
puerto del país que echó a pique al Rainbow Warrior original en 1985, matando a uno de sus
tripulantes en la operación. Un atentado de estado en toda regla…

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Burdeos está visto, así que nos vamos hacia las Landas. Llegan nuestros días de playa. Hemos
considerado la posibilidad de parar antes para ver la duna de Pilat (que también hemos pasado de
largo en otras ocasiones), pero sabemos que ha habido incendios por las inmediaciones y que se
cortaron accesos a la zona. Sabemos que no han llegado a la zona de playa en la que prevemos
quedarnos, situada bastante más al sur, pero la duna queda prácticamente en la zona cero, así que
consultamos internet a ver cómo está el tema.

Vemos que justamente acaban de reabrir los accesos a la duna de Pilat, una vez que el incendio ya se
ha extinguido del todo, pero por lo que seguimos leyendo, y viendo en algunas fotos, el estado de la
zona es desolador: las llamas han debido llegar prácticamente hasta el borde de la duna, y no solo los
alrededores parecen calcinados, sino que también buena parte de la arena de la duna está cubierta
de cenizas. No parece ni mucho menos el mejor momento para disfrutar del paisaje. Lo dejaremos
para otra ocasión.

Salimos de Burdeos a primera hora de la tarde, un viernes. No podíamos haberlo elegido peor. No sólo
vamos a pillar atasco de salida, sino que vamos a coincidir con miles de franceses que deciden también
ir a las Landas a la playa. Encima, no es un viernes cualquiera: ¡el lunes es 1 de agosto, hoy comienzan
las vacaciones para millones de personas!

No habíamos contado con esto, es lo malo de estar de vacaciones, que te olvidas del día en el que
vives. Pese a todo, nos sorprende no encontrar grandes atascos a la salida de Burdeos. Suponemos
que es porque hemos conseguido salir bastante temprano…

Nuestro destino elegido es Labenne, a 170 km de Burdeos, cerca de Biarritz. Tiene un área de
autocaravanas (de pago, por supuesto, como todas en esta zona de playa) que parece agradable y que
hemos visto muy recomendada. Y en la que, además, podemos reservar plaza incluso con algunos días
de antelación. ¡Lástima que lo supiera pero no me haya acordado de ello hasta que ya estamos en
camino!

Entramos en la aplicación, intentamos reservar… y ya no recuerdo si es que no permitía reservar ya
para el día actual, o si es que estaba completa. El caso es que, lamentándonos por mi mala cabeza,
que me ha hecho olvidar la posibilidad de reservar con antelación, decidimos buscar otras opciones.
Y tiene que ser rápido: con suerte, habiendo salido de Burdeos muy temprano, llegaremos antes que
las primeras hordas de franceses hambrientos de sol y playa. Por esta misma razón, vamos dando
prioridad a los destinos más cercanos, para no perder más tiempo, aunque por otro lado decidimos
que estén lo suficientemente alejados de la zona afectada por el incendio.

Mirando opciones y opiniones sobre la marcha, mientras avanzamos por la autopista en dirección a
España, nos decidimos por la playa de Contis, 50 km más cercana que la originalmente prevista de
Labenne. A ver si hay suerte… por si acaso, tenemos otras dos opciones en la recámara. Contis es la
primera, desde allí probaríamos a ir bajando por la costa, si no pillamos sitio. En el peor de los casos,
tendremos que pasar el fin de semana por el interior y probar de nuevo el lunes, que será más fácil.

Llegamos al área de Contis justo antes de las cuatro de la tarde (la cronología de Google permite
recordar estos detalles, el señor Google lo sabe todo de nosotros, es el verdadero Dios). Nos
acercamos a la barrera con un nudo en la garganta, leo las instrucciones, me pregunta cuántos días
quiero estar, me pide la tarjeta… y voilà, ¡estamos dentro!

Pero ahora viene la segunda preocupación: ¿encontraremos realmente sitio? Una cosa es que el
sistema crea que hay sitio, y otra que todo el mundo haya aparcado bien. No sería la primera vez que

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algunos terminan ocupando más plazas de las que les corresponden, de modo que si esto está muy
lleno, podríamos encontrarnos en la situación de haber pagado y no tener dónde ponernos…

Pues casi, pero no. El área es grande y está a tope, pero afortunadamente, al fondo hay dos o tres
plazas libres. Incluso podemos elegir, que ya es más de lo que esperábamos un viernes por la tarde en
el que empiezan las vacaciones de agosto. Aunque en realidad simplemente ha sido que hemos sido
tempraneros: pocas horas después, el área estará al 100%, y con gente esperando fuera a ver si se
marcha alguien.

Nos instalamos, nos ponemos los bañadores, y nos vamos a la playa.

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Días 15 a 20. Contis, Vitoria y Madrid. 540 km en total.
En Contis pasamos la tarde de ese primer viernes, y cuatro días más. Playa, comer, algún paseo, más
playa, seguir comiendo… Ya se sabe, la playa es la playa, no hay mucho que contar. Bueno, si acaso, la
caminata de 9 km que nos tuvimos que dar desde un pueblo del interior al que llegamos en un autobús
gratuito que nos dejó tirados a la vuelta, sin medio de transporte alternativo ni forma alguna de
encontrar algún taxi ni buscando por internet… Al final, una anécdota más.

La vuelta a Madrid decidimos hacerla en dos etapas para no darnos la paliza, saliendo de Contis un día
después de comer, para llegar a Vitoria a cenar de tapas y pernoctar allí, y al día siguiente ya llegar a
casa. Aún nos quedarían tres días más para deshacer maletas y readaptarnos a la vida real antes de la
vuelta al trabajo, que volver sin al menos unos días de transición se nos hace demasiado duro.

Y en fin, éste ha sido el relato de nuestras vacaciones francesas de 2022, el primer verano post-
pandemia. Unas vacaciones variadas, que empezaron por los Alpes y terminaron en la playa con un
recorrido intermedio por la Francia profunda. La verdad es que las disfrutamos bastante. Y para el año
que viene ya tenemos un objetivo claro: Suiza. Y es que los Alpes nos han enamorado…

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ANEXO. GASTOS DEL VIAJE

Curiosamente, estas vacaciones hemos gastado bastante menos de lo habitual, a pesar de haber ido
a una zona especialmente cara (Chamonix). Sin proponérnoslo, y de hecho esperando lo contrario,
han sido unas vacaciones muy baratas.

Las razones son principalmente tres:

    1. Viajar con autocaravana por Francia es un chollo, ya que está llena de áreas de autocaravanas
       magníficas y en gran parte de los casos gratuitas. Así que el ahorro en alojamiento (campings,
       etc) es muy considerable.
    2. Aunque tuvimos un gran gasto en los forfaits de Chamonix, éste ha sido el único gasto en
       entradas de todo el viaje. Debido a los destinos que hemos frecuentado, el resto de gastos en
       entradas, museos, etc, ha sido exactamente 0.
    3. También hemos gastado especialmente poco en comer fuera, y no por haberlo evitado
       expresamente, sino porque ha salido así. No hemos encontrado demasiados sitios
       especialmente atractivos en los que nos apeteciera comer o cenar, y en ocasiones, cuando sí
       los hemos encontrado, o estaban llenos o cerrados. Así que al final hemos comido casero casi
       todos los días, sin buscarlo expresamente, aunque sin evitarlo tampoco (nos gusta comer
       fuera de vez en cuando, pero mucho nos cansa). Tampoco hemos gastado apenas en tomar
       algo en bares: donde más apetecía hacerlo era en la playa, pero, al contrario de lo que ocurre
       en España, allí apenas había bares, y en los pocos que había era imposible pillar sitio libre.

Así que, al final, solamente hemos gastado exactamente 1600 € en estas 3 semanas de vacaciones por
Francia, sin contar comidas caseras. El gasto en supermercados nunca lo contamos, porque,
diferencias de precio aparte, en casa lo hubiéramos hecho igualmente (sí, en casa también comemos,
no vayáis a creer…). Es cierto que en este grupo ha habido ciertas compras “especiales”, como vinos
o quesos, que han sido más capricho que compras habituales, y que no se han contabilizado, pero
tampoco es muy significativo; y en casa a veces también se compran “caprichos” de ese estilo…

El desglose de gastos es el siguiente:

Gasoil                              662 €
Peajes                              217 €
Alojamiento (Áreas de pago)         145 €
Entradas/Forfait                    353 €
Restaurantes/Comidas fuera          164 €
Cañas, helados, etc                   59 €
Compras en supermercados No contabilizado

TOTAL: 1600 € (no está redondeado, es casualidad)

En resumen, creo poder decir que estas vacaciones hemos ahorrado dinero: en España habríamos
gastado más. Lo guardaremos para Suiza, que eso será otro cantar…

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