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AMANECER EN EL DESIERTO
LA SEMANA SANTA MÁS ESPECIAL
La maravillosa idea de esta aventura surge a raíz de la quedada
que webcampista organiza en Córdoba. Allí nos volvemos a
encontrar con Lucía y Jerónimo y conocemos a Paqui y Sebastián.
Lucía y Jerónimo ya habían recorrido una buena parte de Marruecos
y nos enseñan muchas fotos...
“AMANECER EN EL DESIERTO”
MARRUECOS’2005
Protagonistas de esta aventura
Lucía y Jerónimo, sus hijos Antonio y Andrés y su autocaravana
Moncayo desde Sevilla.
Paqui y Sebastián, sus hijos Sandra, Ismael y Carlos y su caravana
Sterckeman desde Jerez de los Caballeros, Badajoz.
Mónica y Antonio, sus hijas Ana y Sara y su autocaravana
Challenger desde Estepona, Málaga.
Prólogo
La maravillosa idea de esta aventura surge a raíz de la
quedada que webcampista organiza en Córdoba. Allí nos volvemos
a encontrar con Lucía y Jerónimo y conocemos a Paqui y Sebastián.
Lucía y Jerónimo ya habían recorrido una buena parte de Marruecos
y nos enseñan muchas fotos mientras nos hablan del viaje al
Desierto que van a realizar en Semana Santa. A todos se nos ponen
los dientes largos mirando las hermosas imágenes y escuchando
hablar a Lucía, con su característica forma de transmitirte
emociones y sentimientos. Así empieza a entrar en nosotros el
gusanillo de la aventura…
Yo me animo enseguida pero mi marido es reacio, aunque
accede porque sabe la ilusión que me hace. Sebastián tiene dudas
ya que él tiene caravana y piensa que podría ralentizar la ruta pero
todos le animamos para que se decida. Nos despedimos ilusionados
con las posibles expectativas y nos llamamos el lunes siguiente
para confirmar que viajaremos juntos, después de haber pedido en
los trabajos los permisos necesarios. A partir de aquí todos son
nervios, llamadas continuas animándonos los unos a los otros,
confección de distintas rutas, lecturas de guías y recopilación de
información por Internet, etc.
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Desde ese instante todos entramos en la magia de Marruecos
sin darnos cuenta.
Viernes, 18 de marzo
Casi habíamos estado a punto de echarnos atrás porque las
previsiones meteorológicas no eran nada halagüeñas y el temporal
había provocado el cierre del puerto de Algeciras en varias
ocasiones durante todo el día. Al final, inyectados con el positivismo
de Lucía y la energía de Sebastián, nos decidimos a salir de casa.
Llegamos al Supermercado Lidl de Algeciras donde ya nos
esperaban nuestros amigos sevillanos. Después de algunos
achuchones, besos y contagio de nervios, nos disponemos a sacar
los billetes mientras esperamos la llegada de Paqui y Sebastián. La
señorita de la agencia de viajes se porta de maravilla y nos da
billetes abiertos para intentar coger el primer barco que salga, ya
sea lento o rápido, a primera hora de la mañana. Cuando llegan
nuestros compañeros de viaje cenamos rápidamente y nos
encaminamos al Puerto de Algeciras para dormir en la cola y no
perder tiempo al día siguiente. Estamos todos un poco nerviosos
con la angustia de que no salga ningún barco pero … Marruecos nos
espera.
Sábado, 19 de marzo
El despertador suena a las 5,45 de la madrugada. Habíamos
quedado temprano para intentar coger el primer barco. Sólo salían
los lentos pero nosotros estábamos tan contentos que no nos
importó ya que, en breve, pisaríamos suelo musulmán.
Salimos de Algeciras a las ocho de la mañana y llegamos a Tánger
a las 10,15 horas. El barco nos gustó mucho y resultó un trayecto
cómodo, sin incidencias. En cuanto al papeleo que hay que entregar
en el barco, quisiera aclarar que las fichas blancas son para la
entrada a Marruecos y las amarillas para la salida. Hay que rellenar
una ficha por cada pasaporte que presentéis, incluidos los de los
niños. En la aduana del Puerto de Tánger todo parece un poco
caótico pero no tuvimos problemas.
Tánger nos saluda con el alminar octogonal característico de la
mezquita de la kasba al fondo. El día está nublado y algo fresco.
Nos faltan 35 km. para Asilah y empezamos nuestra ruta por una
carretera bordeada por el Océano Atlántico. A la derecha, vemos
una manada de camellos comiendo de unos árboles a la orilla del
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mar e inevitablemente empezamos a saborear la magia de esa
postal. Nos instalamos en una explanada que sirve de parking para
las cientos de autocaravanas y caravanas que nos encontramos allí.
Una imagen que, personalmente, me da seguridad ya que no
somos los únicos “locos” (esto me lo dijo mucha gente cuando
preparábamos el viaje) que estamos aquí.
Asilah es una tranquila ciudad costera muy similar a las
andaluzas, aunque rodeada por murallas, que se puede visitar
paseando agradablemente en dos horas. Sus casas blancas y con
diferentes tonalidades de azules y verdes nos recuerdan a
Santorini. Las pequeñas tiendecitas con zapatillas, vestidos y dulces
pasteles son un efectivo reclamo para el divertido arte del regateo,
en el que ya hacemos nuestros primeros pinitos.
En ningún momento nos sentimos inseguros y nuestros
recelos primerizos empiezan a disiparse con total naturalidad.
Después de un breve paseo, volvemos para almorzar y dejar que
los conductores echen una siestecita porque nos queda un largo
camino por recorrer. Nosotras, con los niños, nos vamos a echar un
último vistazo a este agradable rincón de Marruecos. Una vez más
comprobamos y, porqué no decirlo, nos asombramos, con la
amabilidad de la gente y la especial atención que dedican a los
niños más pequeños. Nuestros absurdos temores tercermundistas
se caen poco a poco. Es nuestro primer día aquí y Antonio, mi
marido y “hueso duro de roer”, ya se siente como en casa (eso sí
que es un milagro! ¿De Alá?) A las 16,45 h. cogemos la autopista
tras haber pagado 10 dh. (aprox. 1 euro) por el estacionamiento de
los tres durante tres horas.
Una observación curiosa, supongo: durante todo nuestro
paseo por el pueblo vemos a muchos hombres (no mujeres)
sentados, sin hacer nada, sólo allí, mirando. No les vemos trabajar
o hacer algo en particular, sólo están ahí. Más adelante
comprobaremos que esta estampa se repetiría más veces durante
el viaje. Sobre todo en las zonas rurales es frecuente ver a
muchísimos más hombres que mujeres en la calle.
Durante el trayecto por carretera, vemos muchos niños que
sonríen y nos saludan. El tiempo empieza a empeorar y la lluvia nos
acompaña débilmente. Decidimos parar a las 21,45 h. junto a un
bar a la salida del pueblo El Hajeb. La cena se convierte en uno de
los momentos más esperados del día, comentando nuestras
impresiones y constatando, sin lugar a dudas, que hacemos todos
una buena combinación. Pasamos la noche sin ningún problema.
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Domingo, 20 de marzo
Salimos a las 9,15 h. La carretera es secundaria y el paisaje
que nos acompaña es llano. Vemos campesinos trabajando la tierra
con sus propias manos, nada de máquinas; muchachos
transportando agua en cántaros amarrados a un burro y todos nos
sonríen y nos saludan ¡vaya gente! Hacemos una brevísima parada
para apreciar las vistas desde un mirador precioso, donde hay
varios puestos de fósiles y minerales. Seguimos camino al Bosque
de los Cedros por una carretera de montaña estrecha y en
regulares condiciones. “El Bosque de los Cien Acres” (el de Winnie
the Pool; lo siento, es que mis hijas están en esa edad) como
acabamos de bautizar a este precioso lugar nos renueva a todos la
energía para proseguir el viaje. La temperatura es excelente y
bajamos dispuestos a dar un buen paseo para estirar las piernas y
disfrutar del entorno. A la entrada del bosque está el Cedro
Milenario, cuyo tronco acoge a todos nuestros hijos en una foto
preciosa, al que rodean puestos de venta de fósiles, cerámica, etc.
Ninguna nos resistimos y Paqui y yo empezamos a practicar el
regateo y el trueque más auténtico de la mano de nuestra
compañera Lucía, la maestra en este arte. Cogemos un camino de
tierra que se adentra en el bosque y por fin les vemos, familias
enteras de macacos en libertad. Habíamos comprado cacahuetes y
les dimos de comer. Todos lo pasamos de maravilla, pequeños y
mayores, disfrutando del momento.
Por todo el camino nos hemos encontrado niños y niñas
haciéndonos señales para que paremos. Van descalzos y vestidos
con harapos. Esa es la parte de Marruecos que más nos entristece y
ese sentimiento junto con la impotencia que sentimos nos
acompaña siempre. Todos nosotros llevamos sacos con ropa,
zapatos, juguetes, bolígrafos, etc. y no podemos si no hacer breves
paradas para intentar paliar la situación dentro de nuestras
posibilidades que son pequeñas, minúsculas e insignificantes pero
son las que tenemos. Durante las cenas y tertulias tras las comidas,
planteábamos nuestras inquietudes al respecto: si estábamos
haciendo algo correcto, si realmente lo hacíamos pensando en ellos
o sólo para acallar nuestras conciencias; ambas cosas,
seguramente, pero era nuestra única manera de colaborar, no
hacíamos daño a nadie y, en cambio, conseguimos muchas
sonrisas.
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Atravesamos las montañas del Atlas Medio, todavía nevadas,
adentrándonos cada vez más en la pobreza de este lugar. Las casas
son del color de la tierra y se confunden con ella, formando un
todo. El paisaje se vuelve árido y amarillo conforme vamos
acortando kilómetros.
A las 14,15 h. paramos a comprar fruta y carne en Zaida, una
pequeña población a pie de carretera llena de tiendas. Huele
estupendamente, a mezcla de distintas comidas con olores fuertes
muy apetitosos. No me veo capaz de bajar de la auto porque
estamos rodeados de niños que te piden de todo y da mucha pena.
A Paqui le pasa lo mismo. Les miramos, les sonreímos, les damos lo
que podemos pero ellos siguen ahí. Lucía nos advierte que será así
todo el camino y que debemos aprender a mirar de otra manera.
Los demás compran aceitunas, pinchitos de cordero y fruta;
almorzamos juntos en un tramo de carretera rodeados de tierras
desérticas. Nuestros niños vuelan una cometa aprovechando la
brisa que corre. Otros niños esperan apartados de nosotros pero sin
dejar de mirarnos (se hace difícil acostumbrarte, de verdad) y les
damos macarrones con tomate. También se comen los plátanos
recién comprados. La comida no nos ha sentado muy bien, esto
resulta difícil. Continuamos nuestro camino, rumbo a las Dunas de
Erg Chebbi a las 16,15 h.
Desde que pisamos Marruecos he tenido que usar las gafas de
sol, y esto puede parecer una tontería porque seguramente la
mayoría de las personas lo hacen continuamente pero no es mi
caso, porque la luminosidad es tan brillante que resulta cegadora.
Una vez más puedo comprobarlo cuando continuamos camino y nos
rodea tierra amarilla/ocre y una luz fuerte, aunque haya neblina.
Empezamos a pasar por pequeños pueblos que vemos desde la
carretera y por mencionar alguno, me llamó la atención Zibzate,
emergido de la misma tierra confundiéndose con su color.
Continuamos rumbo a Erfoud y vamos observando como todos los
pueblos se asemejan unos a otros, surgidos de la tierra (ladrillos de
adobe), las edificaciones son iguales: ocres, planas, sencillas, con
pequeñas y escasas ventanas y alturas similares. Cruzamos el
Túnel del Legionario y se nos abre ante nosotros un paisaje
espectacular: La Garganta del Ziz, Paramos para admirar este
precioso paraje de la Naturaleza.
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Dejando atrás la Garganta, pasamos por los palmerales del
Ziz, que forman un oasis de película en los que no falta la Kasba
dominando la postal. El río Ziz baña en sus orillas pequeños y
bonitos pueblos rodeados de palmerales.
Er-Rachidia es la población que nos encontramos a
continuación y nos llama la atención el color teja en la mayoría de
sus casas y la cantidad de personas en la calle: en bici, en burro,
andando, corriendo, en carro…lo que nos hace mantenernos más
alerta para no enturbiar demasiado el trasiego de la misma con
nuestras autos. Sigue pareciéndome curioso y después lo
comentaríamos en varias ocasiones, cómo en cualquier rincón, en
todas partes (incluso en la oscuridad de la noche sólo iluminada por
la Luna) siempre aparece alguien. Aquí, Er-Rachidia, hay grupos de
personas sentadas en la tierra, a ambos lados de la carretera,
pasando la tarde del domingo: jugando, charlando, simplemente
allí, mirando la carretera.
Era ya noche cerrada y estábamos a punto de entrar en
Merzouga cuando nos encontramos a nuestros amigos, Piki y
Enrique (más conocidos como Abueletes) que nos hacen luces para
que paremos al borde la carretera. Los demás no se dan cuenta y
siguen el camino. Nosotros compartimos un rato de animada charla
con estos viajeros todo terreno que nos regalan espárragos de
Marruecos y nos indican algunas cosillas que no debemos perdernos
durante el viaje. Nos despedimos de ellos y un poco más adelante,
nos encontramos con nuestros compañeros que, paralelamente,
habían conocido a Mohamed.
Mohamed, según nos contaron, surgió de la oscuridad (ya no
nos parece raro) cuando nuestros amigos habían parado para
esperarnos, ofreciéndoles alojamiento en el Albergue Erg-Chabbi, a
pie de duna. Prometió cena, música y buen té, lo que resultó
imposible de rechazar no sólo por nuestro cansancio sino también
por lo atractivo de la oferta. Guiados por Mohamed, a pocos metros
nos encontramos con el Albergue que, de noche, nos resultó
encantador, con su tenue iluminación y la decoración que pudimos
observar. Dejamos las autos en la puerta y nos acompañaron al
salón comedor, donde cenamos sopa (Harira), guisado de pollo y
patatas, guisado de huevo y pescado, postre (rodajas de naranja
con canela, aderezadas con azahar y azúcar) y té; amenizaron la
velada con música y pasamos un rato muy agradable. Nos pusimos
de acuerdo, tras un largo regateo con el dueño del albergue, y
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mañana a las 5,30 horas de la madrugada nos recogerían en
camello para ver amanecer en el desierto.
Debo decir que el albergue estuvo bien para los que llevamos
autocaravana porque no necesitamos electricidad, ni duchas ni
servicios, a cambio disfrutamos del maravilloso entorno que nos
rodeaba, la comida, la música, etc. pero no para nuestros amigos
Sebastián y Paqui, que llevaban caravana. El dueño del albergue,
consciente de la diferencia y tras una breve pero fructífera charla
con Sebastián, les facilitó una habitación para que pudieran
ducharse cómodamente. Así todos contentos.
Nos acostamos tarde y cansados pero felices, soñando con el
desierto.
Lunes, 21 de marzo
Me levanto sin necesidad de despertador. Antonio y Sara se
quedan en la auto y yo despierto a Ana que rápidamente está
preparada para nuestra aventura juntas. Salimos intentando hacer
el mínimo ruido y vemos a Mendoza, que se acerca con una linterna
y nos avisa de que los camellos ya están esperando. Es totalmente
de noche y aún no apreciamos la belleza del paisaje que nos rodea.
Subimos a los camellos (cada adulto con un niño) y emprendemos
la marcha, ilusionados, expectantes al amanecer, cumpliendo el
reto del viaje.
Amanece lentamente y poco a poco tomamos conciencia de la
inmensidad ocre-naranja que nos envuelve. Subimos y bajamos
dunas durante cuarenta y cinco minutos en los que no podemos
dejar de admirar el paisaje y sentirnos privilegiados por pertenecer
un poco a él durante este breve espacio de tiempo. Tras subir una
duna más alta y grande que las demás, se abre ante nosotros un
precioso valle anaranjado. Allí, bajo esa placidez, permanecemos
una hora jugando con los niños, disfrutando de la salida del sol
poco a poco. Mendoza, el compañero más atrevido, sube una duna
muy alta, aún más alta que la que nos acoge. Desde ella el valle se
hace interminable. Todos disfrutamos de lo perfecto y limpio del
paisaje.
El sol aprieta y la brisa que hacía por la mañana deja paso a
una temperatura de pleno verano. Todos empezamos a tener buen
color en las mejillas. Iniciamos el regreso al albergue, que ahora sí
divisamos muy bien desde los camellos conforme nos vamos
acercando y comentamos lo bonito y pintoresco que resulta el
lugar; del mismísimo color de las dunas se eleva imitando a una
Kasba en la inmensidad de la nada y a la vez del todo.
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Nos despedimos después de tomar un té y charlar
animadamente con todo el personal que trabaja en el albergue.
Lucía y Jerónimo se comprometen con un chico joven a preguntar
por una beca que según les informó había pedido en Barcelona. Las
personas son muy amables, juegan y bromean continuamente con
las niñas. Pagamos 405 dh. por los servicios que he comentado
entre las tres familias. Nos vamos con una felicidad absoluta en
nuestros corazones.
Después de poco más de dos horas de haber emprendido el
camino, paramos a comer a un lado de la carretera que parece
desértico porque no divisamos ni casas ni persona alguna. Sacamos
nuestras mesas y de forma que aún no nos explicamos, pero que
no será la única vez que experimentemos en el viaje, aparecen
varios chavales de distintas edades. El número de chicos va
aumentando y a nosotros nos vuelve a resultar incómodo almorzar
delante de ellos, que nos piden con sus gestos y sus ojos. Les
damos sándwiches, zumos, panecillos y sacamos ropa y zapatos
para repartir. Aún así no se iban y seguían pidiéndonos, así que
incómodos, de verdad, nos metemos en nuestras autos para
descansar un poco y proseguir el viaje. Mientras los demás
duermen, Lucía y yo nos quedamos tomando un último té en mi
auto. No pasan ni dos minutos cuando vemos aparecer a una
señora con una bandeja grande y plateada que sostiene varios
vasos y una tetera. Lo coloca todo en la mesa que hemos dejado
fuera y sirve té, que nos ofrece con gestos amables. Lucía y yo no
olvidaremos jamás lo que vivimos a continuación porque,
realmente, fue toda una experiencia. Las dos nos mirábamos entre
sorprendidas y conscientes de la hospitalidad de esta señora que
nos ofrecía lo que tenía, suponíamos que en agradecimiento por la
ropa y el calzado o la comida que habíamos repartido a los
chiquillos. Sin mediar palabra pero a través de sonrisas y miradas
le agradecemos sinceramente el exquisito té que había compartido
con nosotras (exquisito de verdad, el mejor que he probado en
Marruecos). Lucía le da un vestido y la señora la toma de la mano,
haciéndonos gestos para que la acompañásemos (¿a dónde, si no
vemos nada, ni una casa ni nada?) Volvemos a mirarnos y
estábamos tan contentas de que nos estuviese pasando esto que
no tuvimos dudas y seguimos a la señora a través de la tierra
amarilla. Llegamos a una edificación plana, típica del lugar, que no
habíamos visto antes, la señora abrió la puerta y lo que pasó
dentro de esa casa fue la experiencia que más nos acercó a
Marruecos y a sus gentes de todo el viaje. Cuando entramos, nos
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acompañaba también el hijo mayor de la señora, que hablaba un
poco español. Salieron a recibirnos dos muchachas jóvenes que se
alegraban como si fuésemos familiares que hacía tiempo no vieran.
Las chicas nos tocaban, nos cogían de las manos, se reían y nos
enseñaron las habitaciones de la casa. En el “salón” (lo que
nosotros conocemos como tal) estaban apiñadas las camas y en el
suelo había muchas alfombras descoloridas y cojines que nos
ofrecieron para volver a servirnos té (cada vez me gustaba más y
no nos planteamos en ningún momento cómo lo estaban haciendo
ni el agua que usaban). Tras muchas risas con las chicas que eran
muy simpáticas y se hacían entender con gestos, la señora nos
enseña el pequeño huerto, donde tenían los animales, la “cocina”
(sólo había un horno hecho de piedra y adobe) y la habitación de la
chica recién casada que era su nuera. La muchacha, muy feliz, nos
muestra su álbum con las fotos de la boda, el mueble donde guarda
la dote (¡Dios mío! Eran vasos, platos, flores de plástico, cucharas,
tenedores, cosas que normalmente nosotros no valoraríamos) y sus
vestidos. La habitación tiene dos camas y en ella viven los recién
casados. Nos cuenta que antes iba a la escuela y nos muestra su
libreta con escritura árabe, pegatinas y dibujos. El tiempo pasaba
rápido y la compañía era muy agradable, debíamos irnos pero nos
vuelven a servir té y ahora la buena señora lo acompaña con un
trozo de kesra (pan achatado que se hace en las casas. El pan es
casi sagrado y se ofrece con generosidad, como símbolo de
convivencia y solidaridad) hecho por ella. Después de comer y
beber (ahora también nos acompañaba nuestra compañera Paqui
que se había unido al grupo) y disculparnos varias veces por tener
que marcharnos, por fin conseguimos levantarnos del suelo y
vemos cómo en la puerta nos están esperando, impacientes,
nuestros maridos. La chica recién casada me pide acompañarme
para ver la auto y así hacemos. La señora acompaña a Lucía a
quien ha regalado varias objetos personales, entre ellos un vestido
precioso (imaginaos! Un vestido suyo! Me parece lo más en cuanto
a generosidad) Después de muchos besos y abrazos nos vamos con
la adrenalina al máximo.
Nuestros respectivos maridos nos cuentan que la situación con
los chavales fuera de las caravanas se hizo muy incómoda porque a
Mendoza intentaron abrirle la puerta, pegaban en las ventanas,
daban toques para llamar la atención, etc. Nosotras, sin embargo,
habíamos vivido una experiencia inolvidable.
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Llegamos a Tinerhir, un pueblo que enseguida consideramos
prósperamente turístico por el aspecto de sus casas y sus gentes.
Realmente encantador, aparece erigido en alto lindando con un
frondoso palmeral. Llegamos al Camping Le Soleil y ubicamos la
caravana de Sebastián. El camping nos ha parecido bonito, con
piscina (no muy grande), baños limpios, parcelas amplias y rodeado
por un jardín que visitaremos la mañana siguiente. Decidimos,
aunque está oscurecido, echar un vistazo a la Garganta del Todra
para comprobar que merece la pena repetir a la mañana siguiente
con la luz del día ¡ESPECTACULAR! A la entrada de la Garganta
vemos un hotel cuidadosamente iluminado con aspecto romántico y
una terraza preciosa que disfruta de privilegiadas vistas.
Martes, 22 de marzo
Nos despertamos con la llamada a oración que,
personalmente, me encanta. Salimos para la Garganta y ahora sí
nos empapamos del paisaje. El palmeral nos acompaña todo el
camino, dejándonos ver cómo trabajan la tierra los lugareños. Los
almendros tienen preciosas flores rosadas que destacan entre el
verdor que los rodea. Las casas del pueblo forman una paleta de
naranjas, rojizos y colores tierra. Las paredes rocosas de la
Garganta se estrechan resultando una visión espectacular. Dejamos
las autos a la entrada, en la explanada de tierra y la recorremos
andando recreando nuestra vista por esta magnífica obra de arte.
Los niños hacen el camino montados en burro. El barranco se
ensancha poco después y da paso a una zona con algunas palmeras
y un camino que conduce al pueblo de Tamtattouchte, a 22 kms.
A la entrada de la Garganta vemos muchas autos que,
posiblemente, han pasado la noche a sus pies, lo cual nos resulta
muy tentador porque debe ser maravilloso amanecer en aquel lugar
y ver las imágenes que proyecta el sol sobre las paredes rocosas.
Después de algunas fotos y disfrutar del paisaje, volvemos al
camping para abonar los 60 dh. que nos cobran por las tres
parcelas, electricidad y agua. Queremos visitar el pueblo porque
nos han dicho que trabajan muy bien la plata y nos apetece verlo.
Un chico nos pide que le acerquemos al pueblo para ver a unos
amigos (después nos dimos cuenta de que había sido una excusa
para acompañarnos) y así hacemos. Aparcamos en una plaza frente
al Banco Populaire. El chico se ofrece a acompañarnos en
“agradecimiento” por haberle bajado. No queríamos guía pero
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tardaríamos más en disuadirle que en aceptar su ofrecimiento así
que … allá vamos tras él. No nos arrepentimos de su compañía
porque nos explicó muchísimas cosas interesantes sobre la vida de
los árabes y los bereberes, las costumbres, las edificaciones, etc.
Nos muestra las calles que son sólo de hombres y las que son sólo
de mujeres, nos lleva a la casa de una familia nómada que hace
alfombras y nos explica cómo funcionan aquí los “Tribunales”. Lo
único que existe es la figura del Juez de Paz, señor respetado y
venerable cuya palabra es ley. También nos lleva al lugar donde se
celebran las bodas y nos explica que las chicas deben casarse antes
de los 18 años, si no ya no lo harán porque nadie las querría. La
obligación de una buena esposa es saber cocinar y hacer labores
artesanales, como alfombras u otros objetos. Aunque nos ha
parecido muy instructivo el paseo que nos ha dado nuestro guía
personal no nos ha gustado especialmente la medina de Tinerhir y
tenemos muchísimo apetito, así que salimos del pueblo a las 14
horas.
Hacemos una breve pero intensa parada en El Kelaa M’Gouna.
Esta ciudad está en pleno corazón de la comarca de las rosas. En
ella se cultiva la rosa damascena y entramos en una pequeña pero
bien aprovechada tiendecita donde nos abastecemos de todos los
productos que se fabrican con estas flores (crema hidratante, gel
de baño, champú, incienso, colonia, jabones, etc.). Más adelante
paramos también en una tienda a pie de carretera donde Lucía y
Sebastián compran minerales y fósiles y algunos regalos más.
Llegamos al camping municipal de Ouarzazate sobre las 20,30
horas.
Allí nos volvemos a encontrar con Abueletes y charlamos con
ellos un buen rato. Prolongamos la velada tras la cena hasta las
doce de la noche intentando no hacer demasiado ruido; fallamos en
el intento (eran las diez de la noche) y una vecina francesa se
quejó de forma bastante maleducada sobre los españoles.
Miércoles, 23 de marzo
El despertador suena a las 7,30 y tras un desayuno copioso
nos ponemos en camino ya que, siguiendo las indicaciones de
Abueletes, deseamos visitar la Kasba de Tiffoultoute. No nos
podemos marchar sin contemplar el exterior de la Kasba de
Taourirt, único edificio histórico de Ouarzazate. Su exterior resulta
muy llamativo y aparentemente bien conservado. Llegamos a
Tiffoultoute y entramos en ella con unas expectativas que no
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quedan en absoluto cubiertas. La kasba alberga un hotel y lo único
que te dejan visitar es el salón de abajo, donde te sirven té.
También subimos a su terraza pero no nos pareció nada del otro
mundo, excepto por la vista del valle que la rodea. Lo que más nos
gustó de esta parada fueron las alfombras que conseguimos
adquirir en la tienda que hay junto a la Kasba.
Continuamos ruta y la carretera es regular.Vemos las
montañas nevadas y el paisaje deja de ser tan llano. Paramos en el
pintoresco pueblo de Aït Benhaddou, escenario de numerosas
películas. Aquí, además de aprovechar para hacer compras y
disfrutar de las preciosas vistas del pueblo y las murallas, también
hacemos el almuerzo. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la
UNESCO, el pueblo no deja de recibir turistas durante el tiempo que
permanecemos en él, presentando una imagen cuidada y muy
hermosa.
Después de una laboriosa mañana regateando en las compras
y alguna que otra anécdota como la pulsera que me regaló mi
marido, partimos rumbo a Marrakech. A todos nos apetece llegar a
esta ciudad que consideramos imprescindible en nuestro periplo por
el país.
La carretera sigue siendo regular: estrecha y sin arcenes. Los
Abueletes ya nos habían advertido de la particularidad de la misma
y de un detalle que comprobamos in situ; durante todo el camino
ves cómo pequeños y mayores muestran a los coches minerales
misteriosamente brillantes y de vivos colores, rojos, azules,
naranjas, lilas, rosas… Lucía para y coge uno, se chupa el dedo y lo
pasa por la zona brillante del mineral; todos nos echamos a reír
(incluso el vendedor) cuando comprobamos que se trata de
mercromina, tal como nos habían contado los Abueletes. Tened
cuidado porque son bonitos pero no reales!
La carretera es de montaña y tiene muchas curvas; la
recorren numerosos pueblos rojizos y varias veces hacemos
paradas para repartir ropa, zapatos, comida y juguetes. No nos
deja de sorprender la miseria que se ve en algunos lugares y cómo
los niños cuando nos ven parados corren desde todos los rincones
para acercarse. Siempre, aunque te rodee la nada, aparece alguien.
Llegamos a Marraquech cansados y después de dar varias
vueltas, pedimos a un taxista que nos lleve al parking frente a la
Mezquita Koutoubia, donde dejamos las autos encaminándonos a la
Place Jamma el –Fna. Marraquech es una ciudad como otra
cualquiera con ruido de coches, gente por todas partes y semáforos
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que casi no se respetan. Cruzando la Mezquita y la carretera,
llegamos a la Jamma y aquí sí, aquí Marraquech es donde se
muestra en todo su esplendor, convirtiéndose en visita obligada. El
olor a comida envuelve todo y la música hace el resto, tomando al
visitante como uno más, comprobando in situ la magia de la que ya
nos habían hablado nuestros compañeros Lucía y Jerónimo; esta
plaza tiene vida propia, transmite vida en cada rincón y es una
gozada disfrutar de ella por la noche. El espacio es muy grande,
acogiendo a músicos, bailarines, cuentacuentos, artistas, sacadores
de muelas, adivinos y encantadores de serpientes, todo ello
alrededor de decenas de pequeños restaurantes o puestos de
comida que ofrecen toda clase de especialidades (incluso hay uno
que nos llama especialmente la atención donde se venden sólo
huevos cocidos que la gente se come metidos en pan). Estamos
alucinados, la verdad, maravillados por el ambiente, felices de estar
aquí. De pronto, un chico nos reconoce y nos hace señas para que
nos acerquemos a su restaurante. Es un chico que conocimos en las
Dunas. Sus compañeros salen a nuestro encuentro y forman tal
fiesta para que nos quedemos a cenar que es imposible negarse. Se
ríen, cuentan chistes, hacen gracias, nos abrazan, nos cantan, los
mejores showmans que he visto jamás. Nos sentamos todos y
compartimos una abundante cena de cus-cus, calamares, patatas,
pinchitos de cordero, pollo y pastela. Ahora, después de la cena,
empezamos a notar el cansancio acumulado por los kilómetros del
día, así que tras un breve vistazo a las tiendecitas decidimos
dedicar a la Medina el día siguiente completo y quedarnos a pasar
las dos noches en el parking donde estábamos.
Jueves, 24 de marzo
Nos levantamos dispuestos a perdernos en la Medina de
Marraquech y eso es literalmente lo que hicimos. Durante toda la
mañana paseamos por un laberinto de colores, olores y sabores
(qué buenos están los pastelitos!), disfrutando de las minúsculas y
estrechas callejuelas que se cruzan unas a otras. Estábamos
maravillados ante tal exposición de artesanía: zapatillas, vestidos,
cerámica, metales, objetos de madera pintados con vivos colores y
joyas. Ni que decir tiene que fue inevitable no caer en la tentación
de realizar algunas compras mientras la mañana pasaba
rápidamente admirando la belleza de la Plaza de la Brujería, La
Puerta de Oro, los colores de las especias en pirámide, el olor de
los dátiles, etc. Nos divertimos muchísimo hablando con todo el
mundo, regateando, comiendo y probándonos gorros y zapatillas.
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Nuestros agotados pies nos avisaron de que llegaba la hora de un
merecido descanso y nuestros estómagos de que debíamos
reunirnos con Lucía y Jerónimo para almorzar. Volvimos a las autos
y quedamos para regresar a la Plaza por la tarde. Aconsejo que
toméis un zumo de naranja de cualquiera de los puestos que hay
en la Plaza durante todo el día porque sólo cuestan 30 céntimos y
están realmente ricos, sobre todo si pedís que os pongan unas
gotitas de Azahar (gracias, Lucía, por compartir este secretillo con
nosotros); también me gustó especialmente el m’seme (misimmi),
una tortita que se rellena con miel o azúcar y que está muy buena.
Durante el descanso, conocimos a nuestros vecinos del parking,
viajeros franceses que llevaban tres meses con sus autos
recorriendo Marruecos y Argelia. Compartimos una animada charla
y pestiños de nuestra compañera Paqui, que ella misma había
hecho (aprovechando todos los momentos para dar publicidad de
nuestra tierra) contando anécdotas y curiosidades.
Volvimos a la Medina para ver el zoco de los tintoreros y tomar un
té en la terraza de la cafetería, deseando culminar el día con la
vista nocturna de la plaza. Aunque llegamos un poco tarde al zoco
de los tintoreros, pudimos ver las lanas de colores colgando para su
secado y cómo la trabajaban gracias a la amabilidad de un señor al
que preguntamos. Nos llevó a ver la maquinaria y nos hizo una
interesante y amena demostración de “la magia de los colores”:
cómo un color se transforma de tonalidad al dibujar o tintar con él
papel o lana. El anochecer en la terraza de la cafetería fue, sin
duda, un momento mágico. La plaza, a nuestros pies, tenía más
vida que nunca y un encanto que no pasaba desapercibido por
ninguno de nosotros. Fue un día completo.
Viernes, 25 de marzo
Nuestra intención es hacer una breve parada en Casablanca
para visitar la Mezquita de Hassan II y, de camino, comprar
anchoas en el mercado (baratísimas y de una calidad excelente).
Aparcamos las autos frente a la Mezquita y realmente la vista de la
misma nos deja boquiabiertos por su grandiosidad y opulencia.
Después de haber visto tanta pobreza es una imagen que nos
transmite sentimientos contradictorios pero sin poder dejar de
admirar su extraordinaria belleza. Paseamos para mirarla con
detalle y observamos que el mosaico artesanal de su alminar es
realmente hermoso, cortado a mano y colocado formando
complicados dibujos geométricos.
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Es el segundo edificio religioso más grande del mundo tras la
mezquita de La Meca, pudiendo acoger a 25.000 personas. No
entramos porque es viernes y está prohibido para los no
musulmanes. Cogemos un taxi (en él vamos nueve personas) y,
milagrosamente con vida, llegamos al mercado donde nos
abastecemos de anchoas a un precio de 8 euros el kilo. Marruecos,
exagerando, podría ser el país de los extremos: frío-calor, desierto-
valles verdes y fructíferos, pobreza-riqueza y mini taxis (sólo para 3
personas) y taxis en los que pueden ir todos los que entren en él y
no pierdan la respiración en el intento. Casablanca no nos llama la
atención especialmente si no es por su caótico tráfico y las ganas
que teníamos de salir de ella. Aquí, desde luego, tendrían que tener
más en mente la frase berebere que escuchamos cientos de veces
durante nuestro viaje “La prisa mata”.
Llegamos al Camping municipal de Mequinez de noche y
acabamos el día con una cena todos juntos y conversación sobre la
ruta del día siguiente.
Sábado, 26 de marzo
A las 8,30 ya estábamos saliendo del camping para llegar a
Volúbilis cuanto antes y aprovechar el camino de vuelta. La
carretera que lleva a la Ciudad Romana está acompañada de un
paisaje verde y Moulay Idriss se divisa desde lejos destacando con
sus casas encaladas.
Durante dos horas un guía nos enseña Volúbilis explicándonos
con todo lujo de detalles curiosidades de la misma y poniéndonos a
las mujeres coronas de flores (campanillas) en las cabezas
(Volúbilis significa campanilla). La visita mereció la pena y nos
gustó mucho a todos, ya que la Ciudad está bien conservada en un
entorno precioso, desde donde se podía ver perfectamente la forma
de camello de Moulay Idriss.
Ponemos rumbo a nuestra última visita: Chechaouen.
Llegamos después del almuerzo y el tiempo se puso feo.
Cuando dejó de llover, dimos un paseo por este bonito y agradable
pueblo. Estaba lleno de turistas, como nosotros, pero disfrutamos
paseando por sus estrechas y empinadas calles con casas blancas,
azules y añiles. Cruzando el puente sobre el Río Laou, nos
acercamos hasta la fuente y seguimos el ritual de lavarnos la cara
tres veces (el agua estaba bastante fría) y pedir un deseo. Desde el
río pudimos ver a las mujeres lavando la ropa en los lavaderos y
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poniéndola a secar encima de las piedras o los arbustos. Había una
vista muy bonita desde aquí y el campo se veía más hermoso aún
tras la lluvia. Se hacía tarde y queríamos intentar llegar a Tánger
para coger el último barco de hoy o el primero de mañana, así que
nos despedimos de Lucía y Jerónimo que se quedaban un día más.
Habíamos formado un buen equipo durante todo el viaje y nos dio
pena que se hubiera hecho tan corto. Nos prometimos volver el año
que viene en Semana Santa y bordear la costa.
El camino a Tánger se hizo pesado porque la carretera es
bastante mala. Llegamos al Puerto a las 23 horas y tuvimos suerte
porque pudimos tomar el barco. Aquí termina nuestro viaje.
En el recuerdo están los preciosos días que hemos pasado
juntos y las experiencias vividas; en nuestros sueños está la
Semana Santa del año que viene…
Ha sido un viaje precioso y Marruecos un país que nos ha
dejado absolutamente sorprendidos y maravillados. Volveremos,
seguro.