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Pinceladas de Escandinavia

por monica
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Junio-Julio 2006

                        PINCELADAS DE ESCANDINAVIA
                              por Mónica Torres

         “Noruega es uno de los países más hermosos del Mundo”; así reza la guía que
llevamos en este viaje. No conozco el Mundo pero tengo la suerte de haber visitado
Noruega.
        Nuestro destino no era Cabo Norte ya que la aventura que comenzó hace un año,
preparando el que sería para nosotros EL VIAJE, haría realidad mi sueño de conocer un
poquito del país de Las Lofoten y el Geiranger. Estuvimos dudando mucho si llegar o
no a Cabo Norte ya que no significaba para nosotros una meta o un lugar simbólico, así
que este viaje no lo enfocamos desde el inicio como tal, dejando la decisión final para
tomar sobre la marcha. Mi sueño era tocar Noruega, vivirla -como ellos la publicitan-,
fotografiarla y ahora es una realidad que voy a compartir con vosotros.
        Doy las gracias a todos los compañeros que han escrito relatos sobre sus viajes,
los cuales espero siempre con impaciencia a sus regresos. Especialmente conté con la
inestimable ayuda de Toni de Ros, Jotahoyas y Eva V que contestaron pacientemente a
mis preguntas y disiparon cada una de mis dudas. Leí todo lo que cayó en mis manos y
recomiendo absolutamente el relato de Pepe Hermo, que considero una auténtica Guía
del viaje a Cabo Norte. Pedí a las Oficinas de Turismo de cada país información y recibí
muchísima de Noruega y Dinamarca, no tanto de los otros dos. Incluso me enviaron un
mapa de Noruega que nos sirvió de cabecera durante el recorrido por el país.
        Llevábamos mapas de cada región de Noruega y generales de Suecia, Finlandia
y Dinamarca. También llevábamos otro de Europa y toda la documentación que
recopilamos. Por supuesto, también nos acompañaba nuestro GPS que, aunque fue de
gran ayuda en prácticamente todo el viaje, también debo advertir que con tanto túnel se
perdía a veces por Noruega.
        Preparar un viaje tan largo resulta sumamente divertido y enriquecedor ya que
leí por Internet todo lo que encontré de cada país, devoré la guía del Trotamundos de
Dinamarca, Suecia y Noruega -está bien para información general: gracias Evelyn por
dejármela- y también la Guía Visual de Noruega, que me encantó.
        Tuve muchas dudas sobre qué ropa llevarme ya que no sabíamos qué tiempo nos
encontraríamos así que metí un poco de todo: un par de jerséis de lana y cuello alto -que
nos sirvieron en dos ocasiones-, muchas camisetas de manga larga y otras tantas de
manga corta, impermeables y un abrigo más fuerte por si acaso; gorros, guantes y
bufandas, además de paraguas para todos. En cuestión de zapatos sólo nos llevamos
unas deportivas y unas sandalias de verano para los mejores días. Llevé ropa suficiente
como para no tener que lavar durante el viaje y así fue.
        El apartado de la comida sin duda requirió de una buena preparación previa,
haciendo la compra en distintos establecimientos para llevar la mayor variedad posible.
No voy a aburrir con una lista de la compra pero sí diré que en el Makro encontramos
tetra briks de natillas, arroz con leche, chocolate y paquetes de mus de distintos sabores
que no tenían fecha de caducidad inminente y que nos encantaron a todos cuando se
acabaron los yogures de casa. También llevamos tortitas mexicanas y salsas para
rellenarlas con pollo ¡buenísimas, rápidas y sencillas!.
        Finlandia fue el único país en el que nos sentimos, en cuestión de precios, más
cerca de España y Noruega el más lejano de “nuestros precios Mercadona, por
ejemplo”. En Finlandia compramos en un Lidl pero en Noruega los supermercados eran

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Rema 1000 o Coop Prix con precios que sólo te daban margen para las “urgencias”. En
Suecia apenas tuvimos que hacer compra pero lo que vimos nos resultó más o menos
“asequible”.
        Ni que decir tiene que el agua que bebíamos era de la que cogíamos en las
diferentes áreas y gasolineras con un sabor que ya quisiéramos nosotros aquí. En cuanto
a la pernocta, no tuvimos problemas ya que antes de pisar Dinamarca siempre nos
quedamos en pueblecitos fuera de las autopistas y una vez llegamos a Escandinavia, se
abrió ante nosotros el verdadero lujo de la acampada libre. Aunque pasamos por
campings con unos emplazamientos maravillosos, nosotros no hemos entrado a ninguno
porque los rincones para pasar la noche eran tantos y tan hermosos que, sin tener
necesidad respecto a baterías o ropa, no lo consideramos necesario.
        Vimos muchísimas autocaravanas y menos caravanas, aunque supongo que fue
casualidad ya que no pasamos por ningún lugar que fuera imposible para una caravana
¡adelante!.
        Nuestras hijas están acostumbradas a los viajes largos y a “los empachos de
kilómetros” así que nunca tenemos problemas con ellas, pero en este viaje iban
especialmente motivadas porque deseaban conocer a Papá Noel personalmente. De
cualquier manera, siempre llevamos juegos, colores, plastilina, muñecas, puzzles y
películas para el camino.
        Yo, para las etapas largas de carretera en autopistas donde el paisaje es
prácticamente nulo, me he acostumbrado a leer mientras Antonio conduce y en este
viaje han sido siete los libros que he tenido la suerte de “empaparme”. Es algo que me
encanta porque en el día a día apenas tengo tiempo de poder dedicar a mi gran afición.
        En mi relato no doy una descripción detallada ni de monumentos ni de
itinerarios a seguir, ya que éstos los podéis conseguir fácilmente en las guías o por
Internet, pero comparto con vosotros mis pensamientos y sensaciones que, espero,
despierten vuestra imaginación y os transporten un poquito a los maravillosos lugares
que hemos tenido la suerte de tener ante nuestros ojos.
        En fin, sólo resta decir que aunque sin duda es un viaje largo y de muchos
kilómetros, a nosotros no nos ha parecido tan cansado como esperábamos y animo a
todos a realizarlo porque hemos disfrutado muchísimo y compartido momentos
maravillosos que revivo cada vez que veo las fotos.
        Vivir en la autocaravana durante un mes ha resultado magnífico y sobre todo,
tener a mi familia para mi solita durante todos esos días y “sus noches” me ha recargado
las pilas para volver a la rutina laboral con una sonrisa.

1er. día. 9 de junio de 2006
       Es viernes y decidimos salir hoy para hacer los primeros 500 kms. que nos
vendrán muy bien para dividir España en dos. A las cuatro de la tarde estamos en
camino y paramos a las doce de la noche en una estación de servicio que ya
conocíamos, La Guardia.
       Hemos hecho 535 kms.

2º día. 10 de junio de 2006
        Aunque el plan era despertarnos pronto y salir cuanto antes, mi hija Sara
también se desvela con lo cual tardamos un poco más en ponernos en marcha. Nos
ponemos en camino y el reloj marca las 7.40 horas. Cogemos la autopista dirección
Madrid, del que nos separan 61 kms. El día está espléndido aunque anoche chispeó un
poco pero eso ayudó a que durmiéramos estupendamente agradeciendo el fresquito.
Continuamos por la R-4, M-50, dirección Madrid. Seguimos las indicaciones de la A1

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(Zaragoza-Burgos) y el tráfico sigue fluido. No abandonamos la A1 dirección Irún y
antes de llegar a este punto que nos separa de Francia, tomamos la A8 para Bordeaux.
Paramos a comer en un área con columpios -en todos nuestros viajes son paradas
obligadas cada uno de los parques que nos cruzamos-. El calor es insoportable.
        Después de almorzar y echar la siesta -Antonio es inflexible en esto-, volvemos
a la carretera. A las 18 horas el tráfico cambia y se vuelve más denso; estamos
prácticamente parados pero dura poco porque el motivo era un accidente -creemos que
no hay heridos- así que volvemos pronto a tomar una velocidad efectiva. Pasamos
Bordeaux y continuamos por la E5 dirección París. Paramos a dormir en el Aire de
Fenioux con columpios de madera, mucho césped, árboles por todas partes, Carrefour
(con pan caliente!) y zona de autos para vaciar y llenar: un paraíso, vaya. Nos damos
una buena ducha aprovechando que podemos volver a llenar y cenamos tranquilamente.
        Hemos hecho 947 kms.

3er. día. 11 de junio de 2006
        Vuelve a amanecer un día soleado y nos levantamos a las siete para tomar la
carretera cuanto antes. Teníamos un plan de kilómetros diarios que debemos respetar
porque no sabemos cómo serán los días cuando estemos más cansados, así que somos
bastante disciplinados a la hora de afrontar estos primeros días.
        Seguimos por la misma autopista A10 E5 dirección París. Ya hemos pasado esta
bonita ciudad muchas veces pero siempre resulta un poco estresante este tramo ya que
suele haber bastante tráfico. A las 13,30 horas habíamos conseguido salir de París y
andamos un poco más hasta encontrar un área que nos gustase. Al final almorzamos en
una que tenía una tirolina y que hizo las delicias de las niñas mientras Antonio se
echaba su siesta. A las 16,15 continuamos camino hasta tomar el desvío hacia Bélgica
dirección Liege, Charleroi.
        En Alemania tenemos un error y perdemos 40 minutos dando vueltas antes de
poner el rumbo correcto hacia Dusseldorf; después la A1 a Bremen.
        Cansados, pasamos la noche en una tranquila calle de un pueblecito alemán, al
lado de un supermercado, a 494 kms. de Puttgarden.
        Hemos hecho 1.023 kms.

4º día. 12 de junio de 2006
        Nos despertamos a las 6,30 y es de día ¡¿a qué hora amanece?! El día está
soleado y caluroso y aunque las carreteras alemanas están llenas de camiones no
tenemos ningún problema y las pasamos casi sin darnos cuenta.
        Continuamos por la A1 y yo sigo disfrutando de mi afición: en lo que llevamos
de viaje ya me he leído dos libros así que no sé si me habré traído suficientes.
        Paramos a almorzar a 60 kms. de Puttgarden y aprovechamos para echar una
buena siesta antes de tomar el primer ferry, que nos acercará de forma palpable a
nuestro destino y nos hará sentir que estamos muy lejos de casa. Hace mucho calor y
Antonio no disfruta la siesta como debiera así que continuamos camino después de una
ducha reparadora. A 20 kms. de Puttgarden vemos muchas embarcaciones de recreo
que, disfrutando del buen tiempo, navegan por el Mar Báltico, apacible y tranquilo con
un color azul intenso envidiable. A lo lejos también divisamos el Puente Fehmarn, que
atravesaremos camino del ferry y nos ofrece una visión impresionante.
        Cuando lo atravesamos, me siento realmente dichosa porque la vista desde él es
de postal: casitas a pie de playa con embarcaderos propios, familias disfrutando del día
en la arena -nadie se está bañando: el agua debe estar helada según el intenso azul que
ofrece-. Continuamos por la B207, de una vía en cada sentido, y los últimos 15 kms. se

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hacen largos por la lentitud que llevamos debido a los camiones –la sensación es que se
nos hace más largo porque tenemos muchísimas ganas de tomar nuestro primer ferry
hacia Escandinavia y las niñas están muy emocionadas-.
        Llegamos al mostrador de embarque y estamos solos. No hay ninguna cola. Nos
ponemos en el carril núm. 14, donde nos indica el señor del mostrador, tras pagar el
ferry (a driver, a adult, two childrens: 71 euros). En el carril hay un semáforo en rojo y
debemos esperar hasta que se ponga en verde. Por prevención, les doy a las niñas media
ampollita para el mareo y yo me tomo una biodramina (es la única vez que tuve que
hacerlo porque ni las niñas ni yo nos mareamos jamás en ninguno de los barcos que
tomamos posteriormente, pero esta primera vez no quería sorpresas desagradables así
que previne, por si acaso)
        Subimos a la cubierta del barco y disfrutamos de una más que agradable
travesía, abrigados por el espléndido sol que lucía y acompañados por las gaviotas a las
que dimos de comer galletas. Llegamos a Rodbyhavn a las 18,05 minutos.
        La salida es aún más rápida que la entrada y ponemos rumbo a Copenhague, de
la que nos separan 160 kms, por la E47. No hay pérdida, ya que nada más salir del ferry
vemos la indicación hacia Kovenhav (Copenhague).
        El paisaje que nos acompaña es llano y muy verde, salpicado de vez en cuando
con algún tejado que rompe la planicie.
        Pasamos por el espléndido Puente de Faro y paramos en el área de descanso al
pie del mismo para pedir información turística en la oficina que allí se encuentra. No
está abierta pero la parada merece la pena porque la vista del puente desde el área es
magnífica. Allí se encuentran varias autocaravanas que pensamos van a pasar la noche
por el despliegue de mobiliario que ofrecen.
        Cuando llegamos a Copenhague nos dirigimos al área que teníamos prevista
frente al Hotel Marriot y, para nuestra sorpresa, ya no está. Damos algunas vueltas y al
final encontramos la nueva área para autocaravanas cuya dirección es C/ Vasbygade,
junto al Centro Comercial Fisterkorvet. Tiene un gran cartel amarillo señalando
CAMPING y muchas banderas amarillas que no dan lugar a pérdida. El área está
vallada y es muy grande. Está prácticamente vacía -con nosotros, somos seis
autocaravanas- y cuenta con todos los servicios necesarios, incluso duchas y baños
impecablemente limpios y muy amplios -con zona de vestidor y todo-; la regenta un
holandés amabilísimo que nos da detallada información no sólo de Copenhague sino de
nuestro viaje: carreteras noruegas, lugares de interés en Suecia, mapa y guía de
actividades de la ciudad, etc.; incluso nos da vales descuento para el próximo ferry
Helsingorg-Helsinborg! El área se encuentra bien situada del centro y pagamos 25 euros
con la luz incluida. Con nosotros llega también un matrimonio navarro y una familia
italiana con una niña de la edad de nuestra hija mayor, con lo cual la diversión y los
ratos de charla estuvieron garantizados. El matrimonio navarro va a hacer el mismo
itinerario que nosotros, aunque ellos tienen dos meses y medio para realizarlo con lo
cual su ritmo nos resulta envidiable. La familia italiana ya hizo Noruega el año pasado y
nos dan algunas recomendaciones. Aunque es tarde, damos un paseo para ver qué nos
rodea pero no encontramos ningún sitio donde comprar pan o poder tomar algo rápido,
así que volvemos a la auto para descansar y prepararnos para lo que nos espera mañana.
Después de una ducha y una cena rápida, nos metemos en la cama a las doce, cuando
todavía no es noche cerrada.

5º día. 13 de junio de 2006
        Me despierto a media noche por la luz del sol que se filtra en la capuchina, miro
la hora y son las cuatro de la madrugada!! Por supuesto aunque me encanta la sensación

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del día eterno, tras disfrutar de ella durante unos breves pero intensos instantes, decido
que cerrar las ventanas es lo mejor y vuelvo a dormirme hasta las ocho de la mañana. El
sol sigue acompañándonos y el día se presenta caluroso -ya tengo ganas de pasar frío, la
verdad- Las niñas también se despiertan pronto y a las 9,30 ya estábamos los cuatro
subidos en nuestras bicis dispuestos a sumergirnos en la ciudad. Lo primero que
visitamos es el Castillo Rosenborg y sus jardines –soy apasionada de los Castillos y a
las niñas también les atraen así que aprovecho este interés que ellas muestran-. No es
muy grande y lo único interesante es la exposición de joyas que alberga en sus sótanos
pero a nosotros nos gustó la visita. Les habíamos hablado a las niñas de la Sirenita, así
que nuestra próxima parada debía ser junto a ella para hacernos la consabida foto. Como
esperábamos, tuvimos que hacer cola para sacar la deseada imagen -no porque sea
espectacular ni mucho menos sino por su carácter simbólico- y lo que realmente nos
gustó fue el perrito caliente que disfrutamos en el paseo marítimo y el camino que nos
condujo a la zona del Kastellet, una antigua fortaleza militar por la que paseamos
tranquilamente. Subimos a una colina sin las bicicletas y nos encontramos, para nuestra
sorpresa, en un gran prado verde con un molino rojo en el centro, donde disfrutamos de
la bella estampa un buen rato.

      También nos gustó mucho la espléndida fuente al lado de la iglesia que se
encuentra en una de las puertas de la zona del Kastellet y donde vimos a una persona
bañándose tranquilamente en sus aguas.

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Las bicicletas nos permiten mezclarnos con los demás y disfrutar de una visión
global de la ciudad además de ser, ellas mismas, una diversión para las niñas que se lo
pasan en grande mientras nosotros nos llevamos la parte más dura: pedalear. Tras comer
y sestear en un inmenso parque de la C/ Kronprinsessegade, mientras las niñas ven un
teatro de marionetas al aire libre, proseguimos hacia la Stroget, la calle peatonal por
excelencia. Dejamos las bicicletas en la Plaza de las Cigüeñas, llamada así por su fuente
central, un auténtico espacio escénico al aire libre donde presenciamos toda clase de
manifestaciones artísticas: teatro, música, baile, mimo y, a última hora, un espectáculo
único que nos alejó de Copenhague con una sonrisa de oreja a oreja -lo contaré más
adelante-. La Stroget nos resulta demasiado multitudinaria pero disfrutamos entre sus
callejuelas perpendiculares y compramos chuches para las niñas en una de sus
numerosas tiendas, hasta que llegamos a la Radhuspladsen, donde se encuentran el
Tívoli y el magnífico edificio del Ayuntamiento. Muy cerca, el bonito edificio de la
Estación Central. Tras la plaza Kongens Nytorv, nos encontramos con mi rincón
preferido: el Nyhavn o Puerto Nuevo; un pequeño canal donde se encuentran preciosas
fachadas de colores y terrazas turísticas donde “clavan” a los turistas pero te alegran la
vista y el alma con los bonitos barcos y el arco iris de las casas.

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Pasamos un buen rato disfrutando del ambiente y de la bella estampa, hasta que
pusimos de nuevo camino hacia la Plaza de las Cigüeñas. Me hubiera encantado

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conocer el barrio de Christianshavn del que había leído sobre su aire hippy pero como
no teníamos tiempo desistí, ¡cuál fue mi sorpresa cuando Christianshavn vino hacia
nosotros! De regreso, como digo hacia la Plaza, empezamos a oír la melodía de la serie
Pippi Calzaslargas y vemos mucha gente que miran algo entretenidas, así que curiosos
nos acercamos a ver qué pasa. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, desnudos –
totalmente -lo prometo- bailan, comen y conversan alrededor de una mesa alargada,
dispuesta como en un banquete de bodas, tan tranquilos, mientras reparten a los mirones
como nosotros, publicidad sobre el barrio de Christianshavn. No os podéis imaginar las
caras de mis hijas que estaban encantadas oyendo a Pippi y admirando “el paisaje”; por
supuesto, después tuvimos que responder muchas preguntas que nos hizo mi hija mayor,
Ana (como comprenderéis, no puedo poner ninguna imagen de este “especáculo”). En
fin, que nos pareció una forma graciosa y francamente original de despedirnos de
Copenhague. ¿Alguien da más?
        Volvemos al área a las ocho de la tarde y como no andamos demasiado
cansados, decidimos poner rumbo a Helsingorg. Tomamos el ferry de la Compañía HH
Ferries y nos hacen el 30% de descuento con los vales que nos había dado el Sr.
Holandés del Camping, así que pagamos 29 euros solamente. Me gusta especialmente la
salida de este ferry ya que contemplamos un bello atardecer y el imponente Castillo de
Kronborg. El trayecto es corto, dura unos 20 minutos, así que ponemos dirección
Estocolmo. Nos sigue la pareja de navarros que también se han despedido de
Copenhague y se encaminan hacia Suecia.

       La verdad es que al alargarse tanto el día el cuerpo no te pide sueño tan pronto y
aprovechando esta circunstancia y que la carretera es fantástica, no nos cuesta nada
proseguir la marcha. Vemos las primeras indicaciones de precaución con los renos ¡las
niñas se vuelven locas! pero no tenemos la suerte de encontrarnos con alguno. Todo el

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camino discurre a través de un frondoso bosque a ambos lados de la carretera y como el
Sr. del Camping nos había recomendado no parar en ninguna área de la misma, por los
posibles robos, decidimos proseguir hasta que nos sintiéramos cansados. La carretera
nos desvía por obras y para retomar la E4 pasamos por una pequeña aldea de
pintorescas casas de madera multicolores, nada pretenciosas pero realmente
encantadoras. Las carreteras suecas son muy buenas: están bien señalizadas y su firme
es magnífico. A las 23 horas, con noche clara, paramos en Ljungby y dormimos en una
zona de aparcamiento gratuita al lado de varios concesionarios. Con nosotros también se
encuentra la pareja navarra con la que compartimos rato de charla y una competición a
ver quién mataba más aviones; ah, perdón, quería decir mosquitos! Debo hacer de
abogado del diablo y daros un dato que he tenido oportunidad de ratificar durante mi
incursión en Escandinavia: los mosquitos escandinavos son más grandes que los
nuestros pero muchísimo más torpes y tontos; me explico: son enormes, como aviones,
con lo cual resultan fácilmente visibles y son tontos de verdad, se dejan matar con
extrema facilidad. No hemos tenido serios problemas con ellos y aunque llevábamos
artillería para batallar con estos peligrosos chupasangres casi no tuvimos que utilizarla.
A las 24 horas, no nos acompaña la noche oscura pero nosotros estamos ya cansados y
nos quedamos fritos como lirones. Me encanta esto del día eterno!!

6º día. 14 de junio de 2006
        Nos despertamos a las siete y el día se dibuja soleado. Ponemos rumbo a
Estocolmo. Aunque no lo llevábamos en nuestro diario de ruta inicial, decidimos hacer
dos paradas que leemos sobre la marcha en la Guía del Trotamundos: Granna y
Vadstena. Para eso están los diarios de ruta, para saltárselos.
        Según leemos, Granna es un dulce pueblo, literalmente hablando, donde se
descubrió el azúcar de cebada en 1859 y en él podremos comprar los famosos
caramelos. Además de azucarado, también resultó encantador: bonitas casas de colores,
iglesia blanca de madera y gentes afables. Está en la costa este del Lago Vattern y
vemos un camping muy bien situado junto al mismo.

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Nosotros aparcamos, sin problemas, en la calle principal del pueblo; es la
carretera que lo atraviesa y no hay ningún parquímetro ni nada, sólo sitio libre para
estacionar. Cambiamos dinero en un banco acogidos con amabilidad por la paciente
cajera y un cliente que nos ayudó en nuestro “pobre sueco” y entramos en una pequeña
cafetería con vistas al mar, donde degustamos repostería de la buena. El establecimiento
estaba decorado con motivos cinéfilos y tras pagar la consumición podías servirte todo
el café que desearas. Además de ricos pasteles también probamos la típica “tosta” de
pan con gambas, huevo, lechuga y salsa. No somos mucho de “cultura gastronómica”,
pero de lo que siempre podemos informar con detalle es de la “cultura pastelera” de
cada país que visitamos –no hemos criado estos cuerpos para abandonarlos a cualquier
cosa- y podemos asegurar que la sueca es muy pero que muy buena. El pueblo está lleno
de tiendas curiosas y en las que venden caramelos podemos ver en directo, a través de
un gran ventanal de cristal, cómo los fabrican y les dan distintas formas y colores.

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Salimos del pueblo con “la miel en los labios” y siguiendo la E4, nos desviamos
después de Mjolby hacia la 206, carretera comarcal que nos llevará a Vadstena, pueblo
medieval que nos apetece mucho ver. La carretera es “contemplativa” y nos ofrece
bonitas vistas de casitas rodeadas de praderas verdes. Los valles en flor se suceden tras
nuestra ventana y las zonas de cultivo también, llamándonos la atención la presencia de
pájaros que no se asustan ni de los muñecotes que ponen los agricultores. No hay vallas
en el campo y da gusto verlo abierto, invitándote a disfrutar de él con su extenso manto
verde salpicado de lilas, rojos y blancos. Sólo nos quedan 7 kms. para Vadstena y tras
una Iglesia blanca típica de estas zonas, se abre ante nosotros una preciosa postal de
flores amarillas.
        Desde lejos, lo primero que se divisa es el Castillo de la localidad, ya estamos en
Vadstena, un encantador pueblo medieval que nos encantaría. Aparcamos junto al
Castillo y su pequeño puerto. El Castillo fue un proyecto familiar de los primeros reyes
Vasa y alberga en sus aposentos superiores algunas piezas de mobiliario y pinturas de la
época, entre las que se incluye un Van Dyck. Atravesamos el puente que nos lleva al
patio del Castillo y aunque no vemos su interior porque está cerrado nos gusta su
aspecto exterior, su sensación de aplomo.

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Paseamos por los jardines y el paseo de la ciudad que mira al mar, llegando a La
Klosterkyrkan, abadía construida en el siglo XV, igualmente impresionante y que
también combina elementos góticos y renacentistas. En su interior permanecen las
reliquias de Santa Brígida y esculturas del tardo medioevo, entre las que figura una
representación de la santa durante una revelación. Nos adentramos en el pueblo y
hacemos muchas fotos de sus bonitos rincones, con casas acogedoras de suaves colores
pastel rivalizando en el arte de la jardinería y ventanas que te invitan a mirar en su
interior -no, no lo hacemos, por supuesto, pero no por falta de ganas-.

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Nos quedamos a descansar un buen rato tras el almuerzo y la siesta, mientras las
niñas juegan en los columpios del parque que tenemos al lado. Junto a nosotros está la
autocaravana de la pareja navarra y charlamos con ellos, que se quedan a pasar la noche
en Vadstena para disfrutar de la paz que se respira en esta bella localidad. Nos ha
gustado muchísimo este desvío en nuestro viaje ¡viva la improvisación! A la salida del
pueblo, dirección Motala por la 50, hay un camping que tenía buen aspecto.

        Nos ponemos de nuevo en carretera y, siguiendo la recomendación del Sr.
Holandés, decidimos no tomar el camino más rápido sino el más bonito y por eso
tomamos la 50; resulta un acierto porque continuamente nos admiramos ante un lago,
un valle, unas casitas. Llegamos a Estocolmo a las 21,30 horas y encontramos sin
problemas el área para autocaravanas que habíamos leído en el relato de Pepe Hermo,
aquí tenéis los datos que saqué de su relato “Area de Långholmens
Husbilscamping/Autocamper, situada en la isla de Långholmen en el suroeste de
Estocolmo. La ruta de acceso es: E4 dirección Södermalm; salida dirección Centrum
hasta después del puente de Liljeholmsbrön; nos desviaremos a la derecha antes de
pasar el puente de espléndidos arcos de Västerbron, siguiendo las indicaciones de
Långholmen . Sólo somos siete instalaciones y no vemos a nadie que se encargue del
lugar así que preguntamos a los compañeros y nos dicen que hasta julio no se abre el
área como tal; es decir, ahora nos podemos quedar a dormir en ella pero no ofrece
ningún servicio. Damos un largo paseo en auto por Estocolmo para situarnos -siempre
hacemos esto- y ver la ciudad iluminada. Nos damos cuenta de que no es fácil hacerse
con las múltiples carreteras y túneles que tiene la capital y a ratos nos recuerda a un
circuito de juguete. Decidimos quedarnos en el área que está muy bien situada, a 5 min.
de la estación de metro que te lleva al centro.

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7º día. 15 de junio de 2006
        Yo me despierto a las 3 de la madrugada y es completamente de día; un día
soleado y caluroso. Nos duchamos y salimos del área a las 11 dirección a la estación de
metro de Hornstull. Paramos antes de llegar a la estación en una especie de estanco y
compramos 20 billetes a 145 coronas que sirven para todos los transportes. Sin ningún
problema, tomamos la línea 2 roja y paramos en T-Centralem, en el corazón de la
ciudad. También podríamos haber parado en la anterior estación, la Gamla Stan, pero
una chica que hablaba español nos recomendó la anterior. El metro nos deja en la
Sergels Torg, donde convergen las calles más comerciales de la ciudad. Paseamos por
Kungsgatan hasta llegar a la Plaza Gustav Adolfs Torg, continuando para cruzar el
puente que nos introduciría de lleno en el Gamla Stan. Nos da la bienvenida el Palacio
Real donde tenemos la suerte de presenciar el espectáculo del cambio de guardia, a las
12,15 horas. No os podéis imaginar “el ritual” que se organiza: presencia de mandos
superiores, cambio de armas, desfiles ¡una maravilla que nos encantó! Las calles están
muy animadas y nos sentimos agradecidos por la amabilidad de los suecos que siempre
nos ayudan cuando lo solicitamos. Después de disfrutar paseando durante varias horas y
contemplando los bellos edificios de esta preciosa ciudad, nos vamos al Ayuntamiento
donde subo a su Torre para poder verla a vista de pájaro. A los pies del mismo, en sus
jardines y con la privilegiada vista del Gamla Stan, almorzamos las delicias que traemos
de la auto.

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Jugamos con las niñas en el césped y descansamos antes de seguir con la visita
turística. Tomamos el bus 47 para ir al Museo VASA. Como llegamos a la hora de
merendar, les compramos a las niñas unos perritos en un puesto que hay a la entrada del
recinto y nos sentamos en el gigantesco parque que rodea a la zona de los Museos. El
lugar es magnífico! Imaginaos un valle verde enorme con algunos árboles que te dan
una sombra estupenda -hoy, con el calor que hace, se agradece-; al frente, la vista del
puerto y sus pequeños y grandes barcos surcando las aguas, los patos andando

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libremente a tu alrededor, sin inmutarse de tu presencia -tú sí te sorprendes por la suya-
y, a la espalda, los impresionantes perfiles del Museo Vasa y el Museo Nórdico.
         Mucha gente se reúne en este parque para celebrar cumpleaños, fiestas,
reuniones, etc. y a estas horas está concurrido sin llegar a ser bullicioso.
         Entramos al Museo VASA y no puedo más que recomendaros su visita. No os lo
perdáis. A las niñas les encantó porque está muy enfocado para ellas, de manera
didáctica, llamativa y nada aburrida. Impresionante la visión del barco nada más entrar,
ocupando su zona centro. MAGNÍFICO! Si queréis hacer fotos -seguro que queréis- os
aconsejo que llevéis trípode.
         Tomamos el bus de vuelta a T-Centralem y de ahí de nuevo el metro hasta
Hornstull, donde nos espera nuestra casita después de un agotador día de paseo. Como
sabéis, las ciudades dan para muchísimo y Estocolmo es una joya cuidada y mimada
que te ofrece infinitas posibilidades, pero para una visita de lo más interesante -a juzgar
por cada uno- nos bastamos con el mapa que sacamos de Internet y los planos que trae
la Guía del Trotamundos, así como el libro fotográfico de la ciudad que adquirimos en
el centro; casi siempre compro estos libros porque me encantan sus fotos y la breve pero
concisa información que te dan de la ruta turística a seguir.
         Acabamos agotados y aunque nos resulta difícil acostarnos pronto -no antes de
las doce o la una- agradecemos el rato de charla dentro de casa.

8º día. 16 de junio de 2006
        Para variar, el día amanece soleado y mucho más caluroso que ayer ¡estamos
teniendo mucha suerte con la lluvia! Esta noche ha sido movidita porque Sara se ha
despertado varias veces y al final, la pasamos a dormir con nosotros. A las 10,30 horas,
ya estábamos camino de la estación de metro, que nos llevaría a Skansen. No voy a
aburriros con datos que se pueden sacar perfectamente de Internet o de una guía pero os
puedo decir que el Parque merece una visita. Resulta muy entretenido para los niños y
enriquecedor para los adultos que vemos ante nuestros ojos las variadas construcciones
suecas a lo largo de las distintas épocas; también merece la pena porque se ven personas
realizando labores artesanales: la más llamativa para nosotros, el soplador de cristal.
        El Parque, además, cuenta con un zoológico donde vemos osos, renos, focas y
todos los animales propios de las latitudes árticas. En su interior almorzamos
tranquilamente -cuidado con las gaviotas que se pelean por comer de las sobras y a
veces pueden resultar, sin broma alguna, un tanto agresivas- los bocadillos y nuggets
que traíamos de casa.
        Volvemos a T-Centralem -nada más salir veréis el Tapas Bar Barcelona- para
continuar disfrutando de la ciudad y empaparnos bien de cada detalle. Así, visitamos
una tienda de brujas y duendes donde pudimos ver cómo la señora los fabrica de forma
totalmente artesanal; descubrimos callejones estrechísimos, fuentes y esculturas
curiosas y fachadas elegantes muy bien cuidadas. La calle sigue siendo bulliciosa a
cualquier hora y vemos a mimos, jóvenes haciendo globoflexia, fisioterapeutas que te
dan masajes en unas sillas que nunca había visto antes, pintores, cantantes, etc. Un no
parar de mirar de lado a lado. Pero lo mejor, para nosotros, es pasear esta ciudad y las
calles con más encanto, tras cruzar el puente. Ah, se me olvidaba deciros que Suecia nos
parece “El país del McDonalds” ya que encuentras uno de ellos en cualquier rincón y,
aunque soy andaluza, prometo que no exagero; ahí, queda el dato para los amantes de la
comida rápida.
        Aunque hasta las 8 de la tarde no llegamos a la auto, decidimos hacer unos
cuantos kilómetros aprovechando que no estamos muy cansados, poniendo rumbo a
Finlandia.

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El sol luce con ganas y, tras tomar la E4, disfrutamos con la sucesión de bosques
a través de nuestra ventana.
        Sin haber encontrado una gasolinera abierta -esto es importante porque todas
cierran como muy tarde a las seis y si necesitas combustible debes utilizar la tarjeta de
crédito-, pasamos la noche en un área de descanso que cuenta con servicios y letrina,
donde vaciamos el WC. Nos instalamos al lado de una caravana alemana y compartimos
con el matrimonio que la ocupa un vaso de gazpacho y una tanda de fotografías de
Noruega donde estuvieron el año pasado. A las doce y media aún luce la claridad de la
noche, así que pensamos que no llegará a anochecer nunca sino que atardece y vuelve a
amanecer.

9º día. 17 de junio de 2006
        A las diez salimos dirección Rovaniemi. Ya, desde Sundsvall, nos guiamos por
la señal que anuncia Haparanda (E4). Hoy el día se resume en kilómetros y paramos a
pasar la noche en un área a 300 kms. de Haparanda.

10º día. 18 de junio de 2006
        Nos despiertan unos italianos que hablan tan alto como solemos hacerlo los
españoles, así que no nos queda otra que ponernos en camino a las ocho de la mañana.
La carretera por la que continuamos, la E4, sigue estando en perfecto estado y la
circulación es prácticamente inexistente. Paramos en Lulea para ducharnos y hacer
compra en un supermercado grande -abierto los domingos de 9 a 23 h.- junto a una
gasolinera. Nos entretenemos un rato viendo a los animales de un circo muy cercano a
nosotros. Después de una larga parada volvemos a la carretera sobre las 12,15 h. A las
13,45 h. cruzamos la frontera y pisamos suelo finlandés, ya estamos más cerca de
nuestro primer destino, Santa Village.
        Paramos para repostar gasolina y junto al establecimiento vemos un Kotti Pizza
que decidimos probar. Está lleno de gente joven y parece un lugar agradable y con
buena comida, así que pedimos dos raciones de patatas, cuatro colas (puedes echarte
tantas veces quieras) y dos pizzas, todo ello por 24,80 euros ¡no está mal! Las pizzas
estaban riquísimas.
        Continuamos camino y llegamos al Santa Village cuando ya Papá Noel no
estaba visible, con lo cual nos entretenemos recorriendo el lugar y haciendo las típicas
fotos. Bueno, no sé si el Santa Park será mucho mejor que el Village pero puedo decir
que, a mi parecer, éste es simplemente un gran centro comercial donde ni siquiera había
cosas bonitas. Imaginaba que sería mucho más navideño, más cuidado en su decoración
y más fantasioso para los niños. En fin, lo único que valió la pena es la cara de mis hijas
cuando vieron a Papá Noel y hablaron con él pero eso sucedió al día siguiente. Allí nos
encontramos con Lino y su mujer, Meli, que van camino de Cabo Norte. Les
exponemos nuestra duda sobre si llegar o no al mítico lugar y Lino nos anima con la
consabida y efectiva frase “... ya que estáis aquí”. Ellos continúan camino pero nosotros
pasamos la noche en la zona de aparcamiento del Village -gratuita- para mañana ver a
Papá Noel a primera hora. Por supuesto, no acabamos el día sin sacarnos el Certificado
por haber llegado al Círculo Polar Ártico en este punto. Damos una vuelta por
Rovaniemi y buscamos el área que teníamos apuntada para vaciar grises pero no la
encontramos. Pasamos por el puente y vemos el bonito camping de la ciudad con un
emplazamiento magnífico junto al río, llegando a la zona deportiva “SantaSport”,
donde vaciamos en una alcantarilla y jugamos con las niñas en los columpios. El tiempo
sigue siendo estupendo y la manga larga aún no ha aparecido con lo que no nos
sorprende tanto ver a algunos valiente disfrutando de las frescas aguas. Miramos por

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Internet el Artikum para decidir si visitarlo o no porque no queremos aburrir demasiado
a las niñas. Mañana veremos. Volvemos al Santa Village para dormir y vivimos un
momento único con mi hija Sara que, de repente, nos explica con todo lujo de detalles
prácticos cómo se da un beso de amor. Cómo las quiero!

11º día. 19 de junio de 2006
        Por la noche ha llovido un poquito pero esta mañana “amanece” soleada y
calurosa. Nos despertamos y directamente vamos a ver a Papá Noel que, por supuesto,
no puede ser fotografiado de forma particular, así que no nos queda otra que posar para
la foto –carísimas! 25 € una grande y 19 € cuatro pequeñas-. Papá Noel es muy
simpático y sabe idiomas con lo cual habla con las niñas y les pregunta sus nombres, si
son buenas, etc. A nosotros se nos cae la baba con la carita de nuestras hijas! Enviamos
postales a la familia y encargamos unas cartas muy especiales que recibirán nuestras
hijas en Navidad. Aunque el montaje es un poco caro, ha merecido la pena por ellas.
Cuando terminamos de hacer fotos en todos los rincones que las niñas eligieron, nos
vamos directos al Artikum.
        Aunque tuvimos dudas sobre si venir o no, al final resulta un acierto hacer la
visita porque está muy enfocada a los niños y resulta didáctica y entretenida. Pagamos
20 euros (ticket familiar válido para dos adultos y dos niños menores de 16 años).

       Ponemos dirección hacia Karasjok y por el camino paramos en un Lidl donde
compro una manta para usar en el campo, huevos, cerezas (buenísimas!) y algunas cosas
más a precios normales. La carretera es muy bonita y continuamente nos regala postales
preciosas de verde y azul. Pasamos varios lugares que serían buenamente vendidos en
cualquier catálogo de “rincones con encanto” pero no paramos a comer hasta encontrar

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nuestro propio rincón. Desde la carretera vemos un rellano, a la orilla de un lago y lo
que parece ser un camino de tierra que conduce a él. Efectivamente, el lugar es ideal y
estamos solos. Almorzamos merluza frita con fuet pero cuando estábamos
tranquilamente en el sofá escuchamos voces a lo lejos. Mientras Antonio se echa la
siesta, las niñas y yo hacemos lo que se está convirtiendo en algo habitual –explorar el
terreno-. Así, bordeando la orilla, nos encontramos con una pareja al otro lado con su
tienda montada y pescando tranquilamente. Cuando llegamos, ella acaba de sacar una
pieza y tras hacerle una señal solicitando su permiso, nos acercamos para que las niñas
lo vean. No es muy grande pero la señora se siente muy orgullosa a juzgar por su amplia
sonrisa! De regreso a la auto el cielo se va cubriendo cada vez más y aunque intento que
las niñas se den prisa, ellas están muy entretenidas dando de comer a los peces.
También yo estoy disfrutando y hago fotos del islote que vemos desde la orilla, un
bosque en miniatura. Toco el agua helada y no imagino siquiera pasear con los pies
descalzos. De repente, empieza a llover y en cuestión de segundos corremos como para
ganar una carrera, pero entre las risas y el terreno llegamos a la auto empapadas y, por
supuesto, muertas de la risa. La lluvia no dura más que diez o quince minutos pero el
cielo se queda cubierto incluso cuando sale el brillante sol que nosotros llamamos “sol
gitano” porque viene del agua y anuncia agua.

        Continuamos camino y a 210 kms. de Karasjok, y justo a las 18,40, hora
finlandesa, tiene lugar el suceso más aplaudido y esperado por todos nosotros:
NUESTRO PRIMER RENO!!!!!! El buen animal va por medio de la carretera con toda
la parsimonia del mundo así que nos da tiempo a verlo y fotografiarlo bien. No se asusta
de los coches y éstos tampoco de él, con lo cual se hace cola. De repente ¡DOS MÁS
ENTRE LA MALEZA! Ahora sí que estamos lejos de casa...

       La carretera 4-E75 está prácticamente despoblada y disfrutamos contemplando
el bosque que nos acompaña a ambos lados. En Finlandia el territorio es de todos y el
respeto a la naturaleza es máximo; hacer fuego y acampar está permitido casi en cada
rincón, por lo que vemos continuos restos de hogueras a los pies de lagos y ríos. La
gente pesca y se come al instante el pescado, disfrutando de las magníficas vistas que te
obsequia cualquiera de los lagos o rincones de este verde país.

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A partir de aquí los renos nos acompañaron todo el camino y no nos cansamos
de admirar sus bellas cornamentas y sus grandes cuerpos. Aunque hasta el momento los
habíamos visto aislados, a las 19,08, hora finlandesa, vemos nuestra primera manada.
Todos juntos, por la carretera -que, sin duda, es su territorio- disfrutando del buen clima
reinante, ya que estamos a 17º. Después de pasar por Ivalo, con muchos más comercios
de los que habíamos visto hasta ahora juntos en estas latitudes, empieza a llover de
verdad y me da mucha rabia porque deseaba fotografiar este tramo a conciencia.
Hubiéramos entrado al Museo Saami de haberlo encontrado abierto –cerraban a las
ocho- pero no fue así y nos dio pena ... será en la próxima ocasión.

        Cogemos la desviación hacia Nordkapp y la carretera se convierte en una
atracción de feria con continuas subidas y bajadas, una auténtica montaña rusa. A unos
20 kms. de Karasjok paramos a repostar y en la estación de servicio también hay un
Koti-Pizza, exactamente igual que cuando por primera vez pisamos suelo finlandés sólo
que ahora ... a la salida.
        Karasjok tiene una entrada muy bonita con sus casas de colores aunque su
aspecto, al menos cuando llegamos nosotros, parece deshabitado; no encontramos un
alma en las calles. Vamos a la gasolinera Shell situada nada más cruzar el puente y que
tiene servicio de vaciado y llenado para autocaravanas y recargamos. Nos acercamos al
Sami Park para ver el horario (de 9 a 19 h.) y también al Parlamento Sami. Decidimos
pasar la noche en la zona de aparcamiento, junto a la Iglesia de madera sami, donde
también había tres autocaravanas más. Otra zona que observamos adecuada para
quedarnos es a la orilla del río. Cenamos y nos vamos a la cama.

12º día. 20 de junio de 2006
        Amanece lloviendo. Nos preparamos con paraguas y chubasqueros para visitar el
interior de la Iglesia Sami. Carece de imágenes y más bien la describiría como un

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amplio espacio resuelto de forma práctica para reuniones. Es toda de madera con techos
muy altos. Está dividida en estancias de diferentes tamaños alrededor de la zona central
en la que se celebra la misa; esta zona es grande, sencilla y funcional con muchas sillas.
También hay una gran aula donde se imparten clases de religión para niños (había
dibujos y las mesas y sillas eran de alegres colores). A la derecha de la entrada hay una
zona con sillones y cojines, mesas y bolígrafos cuyo principal foco de atención es la
gran chimenea blanca en la pared frontal. Los cuartos pequeños son para la oración
individual y también hay un pasillo que lleva a un colegio. El exterior es bonito, aunque
no especialmente llamativo, pero el interior, bueno, más bien el concepto de iglesia que
se respira dentro, me gusta mucho y a las niñas también. Una iglesia de todos y para
todos (incluso había colores, libretas, biblias, cuentos y juegos). Mi hija mayor firma en
el libro de visitas que hay a tal efecto.

        Nos dirigimos al Parlamento Sami. Su exterior sí que es, cuanto menos original
y curioso, con esa cúpula puntiaguda con forma de tienda sami. Entramos y nos
sorprende lo moderno y funcional del espacio, inmaculadamente ordenado. Todo es de
madera y piedra con amplios ventanales y, lo que más me gustó, sus bombillas. Todas
ellas colgaban de finos hilos que se sujetaban al alto techo, lo que daba a la estancia un
aire acogedor, como si lo alumbraran velas. Hay una cafetería y una biblioteca pero
vemos muy poca gente, la verdad.

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El Sapmi Park abre a las 9 y vamos a visitarlo tras nuestra incursión por la
Iglesia y el Parlamento. Nos cuesta 270 coronas noruegas. Bueno, tengo una opinión
encontrada respecto a recomendar esta visita o no hacerlo. El parque muestra los
diferentes campamentos samis según la época –verano e invierno-. Puedes entrar en las
tiendas y hay personas con vestidos típicos de los samis que se fotografían con los
visitantes y explican curiosidades sobre la vida de los samis. Lo que más me gustó fue
el restaurante que, aunque no disfrutamos, me llamó la atención porque resultaba muy
acogedor y romántico. Estaba en el interior de unos túmulos que sobresalen de la tierra.
Dividido en espacios individuales iluminados con hogueras en el centro y luz de velas,
los comensales se sientan alrededor del fuego en bancos de madera cubiertos con pieles
de animales –supongo que sintéticas-. Todas las especialidades que se sirven son samis.
No miramos los precios pero su aspecto no dejaba lugar a dudas, debe ser carísimo.
También hay una cafetería y una tienda de caros souvenirs. Al entrar te dan un plano en
español del parque -como si éste fuera enorme- y te citan a las 11 para ver el Teatro
Mágico en español. Bueno, imaginé que la visión de la historia y costumbres samis
contada en español me resultaría muy interesante y cambiaría mi opinión sobre la
entrada al parque, así que esperé ansiosa el inicio del Teatro. A las once en punto
estábamos solos en una pequeña sala de madera con una pantalla frontal y un holograma
de una hoguera. La película que vimos me pareció más una oda a la Madre Tierra –
conexión entre humanos, animales y tierra- que un documental sobre la historia sami,
así que, aunque las imágenes eran bonitas y la música cautivadora, me quedé un poco
decepcionada.

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Ha dejado de llover y cogemos la carretera E6 camino de NordKapp. Es
estrecha, con un carril para cada sentido –como todas las carreteras noruegas- y no tiene
arcenes pero el paisaje merece la pena. Paramos en un área junto al fiordo Porsangen.
Este fiordo es grande y muy ancho y en este momento lo cubre una fina neblina que le
da un aspecto evocador. El agua está en calma y su color es grisáceo. A pie del fiordo,
junto al área, hay montadas dos tiendas samis que dan al momento un toque muy
auténtico.

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Seguramente este fiordo no es el más bonito que vamos a ver pero a nosotros nos
está encantando tenerlo como compañero de viaje. Las aguas tan calmadas, el reflejo de
las montañas e islotes en él, la quietud del paisaje, el sonido de las gaviotas, las casitas
rojas en su orilla, las modestas embarcaciones invitándote a perderte en sus aguas, la luz
con el cielo claro, todo resulta ideal en este cuadro.

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A la entrada de Suordi, una pequeña aldea camino de Cabo Norte, hay un
supermercado e intento comprar pan pero lo único que encuentro es una especie de pan
de molde que tampoco sabía muy bien. El aire es fresco, no frío, y al respirar puedo
aseguraros que se nota su pureza. Huele a mar y a pescado. Huele a naturaleza. Desde
que comenzamos a rondar por estos lugares, nos llama la atención que el ganado pasta
libremente así como los renos viven en terreno propio; forman parte de la película que
nos ofrece el otro lado de la ventana.
        Paramos a comer en un área de la carretera y a las 5 de la tarde reanudamos la
marcha. Nos quedan 144 kms. El sol ha salido con alegría y nos ofrece una luz
fantástica. Las aguas del fiordo agradecen esta fiesta y deslumbran con estrellas de
plata. Pasamos el primer túnel hacia Cabo Norte, de poco menos que 3 kms. de largo;
por dentro está tenuemente iluminado y Antonio y yo bromeamos con la película
“Pánico en el Túnel”. Cuando pasamos el que da entrada a Nordkapp, con más de 7
kms. de largo, ya estamos curados de espanto -¡qué grande nos pareció en aquel
momento!- (pagamos 514 coronas por dos adultos, dos niños y la auto de 7 m.).
        Honningsvag es el pueblo más cercano al mítico lugar y como vemos a su
entrada una señal de servicio para autocaravanas nos adentramos en él, pero no tenemos
suerte y lo único que agradecemos es disfrutar de la vista que el pueblo ofrece. A partir
de aquí ver renos es como la carretera, parte del camino, y ya no vemos uno sino
manadas enteras descansando, comiendo o paseando.
        En este punto quiero decir que doy las gracias a los viajeros que nos dieron el
último empujoncito para decidir subir a Cabo Norte, porque realmente estos kilómetros
merecen por ellos mismos la pena. Cuando nos quedan 13 kms. para llegar, empieza la
niebla y tenemos que prestar mucha atención por la presencia de los renos. Para entrar
en la plataforma nos cobran 390 coronas (ticket familiar válido para 48 horas) –es
carísimo sin duda-. No puedo decir que mi primera impresión del lugar fuera mágica ni

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nada por el estilo ya que la niebla lo cubría absolutamente todo y casi ni podemos ver
para poder aparcar en condiciones ¡qué desilusión!. Al final, sin ver un carajo y por pura
intuición estacionamos en un rincón entre la espesura. Todo está lleno de autos pero
sólo vemos a una pareja catalana que se acerca a saludarnos amablemente y a
comunicarnos que llevan todo el día entre tinieblas, con lo cual nuestra esperanza de
que mejorara significaría algo así como un milagro. Contrariamente a lo que habíamos
hablado por el camino, Antonio está muy emocionado por encontrarse aquí y
rápidamente nos preparamos para reconocer el terreno. Entramos en el edificio y vemos
la película -no os la perdáis, muy, muy bonita-, “El Bar de la Gruta”, la tienda donde
compramos el Certificado por haber llegado, el monumento de Los Niños, La Bola, etc.
En fin, lo que hacemos todos los visitantes del lugar sin faltar, por supuesto, los
“obligados” castillos de piedra que se encuentran esparcidos a cientos por la llanura.
Antonio, siempre optimista, me dice que ve cómo la niebla está remitiendo ¡anda ya! -le
digo-, pero cuál es mi sorpresa -y os prometo que no miento, amigos- cuando
rápidamente nuestra vista alcanza a tener una visión general de donde estamos y en
menos de una hora vemos con absoluta claridad todo lo que nos rodea ¡EL MILAGRO!
Una vez más me siento tan afortunada ...
        Hacemos tortilla de patatas y después de cenar tranquilamente, colocamos la
manta que habíamos comprado en el suelo, junto a la barandilla y allí pasamos las
próximas cuatro horas, mirando al Cielo, descubriendo las mil formas del sol, sus
infinitos colores, las nubes ... Se unen a nosotros, además de la pareja catalana, una
familia también catalana que había llegado al mismo tiempo, pero no habíamos
encontrado hasta ahora “la familia del puro” como la bautizamos nosotros. Con ellos
compartimos estas cuatro horas, hablando y, simplemente, sintiéndonos agradecidos.
Coloqué el trípode y tengo muchísimas fotos de cómo el Sol fue bajando hasta que
volvió a subir sin haberse escondido en ningún momento pero sin duda las mejores
imágenes están grabadas en nuestras retinas. ¿Cómo pudimos dudar si venir o no?, nos
preguntamos Antonio y yo ¡Qué suerte; una vez más, viva la improvisación!
        Ahora son las 3 de la madrugada del miércoles, 21 de junio. He visto el Sol de
Medianoche completo y estoy emocionada y satisfecha, tanto que no puedo dormir.
Agradecida por el espléndido espectáculo que hemos vivido junto a las dos únicas
familias españolas que estaban aquí, me quedo dormida.

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13º día. 21 de junio de 2006
        A las seis nos despertamos y no sólo ha regresado la niebla sino que, además,
viene acompañada de lluvia y viento. Antonio se despierta temprano y viendo el
panorama, decidimos poner rumbo a Alta ya que, de todas maneras, no pensábamos
quedarnos más tiempo aquí. Nos vamos mucho más que satisfechos.
        Ayer cuando hicimos este camino hacia Nordkapp no pudimos admirar el paisaje
pero hoy vemos el terreno árido y pedregoso; llano y sin vegetación, húmedo y cubierto
de un manto fino de musgo. Conforme nos vamos alejando, el cielo se va aclarando
aunque nos acompaña una fina lluvia. Volvemos a pagar -¿para salir de Nordkapp? Y si
me niego, ¿me dejarán aquí para siempre? Esto es un robo, en serio!- 491 coronas.
Tomamos la E6 dirección Alta y casi todos los vehículos que nos encontramos son
autocaravanas. Paramos a almorzar y a ducharnos cuando nos quedan 50 kms. para
llegar, en un área junto a un río. Hoy nuestro ritmo es más relajado y estamos completos
por lo que presenciamos ayer, así que hacemos una larga parada y reanudamos el
camino cuando vemos que el tiempo mejora un poquito. Aparcamos en la zona de
parking del Museo y como ha dejado de llover aprovechamos para visitarlo porque la
luz es fantástica para las fotos. A las niñas les hemos dado algunas explicaciones de lo
que íbamos a ver así que, al menos, despertamos su curiosidad. El paseo resulta de lo
más agradable con la vista del fiordo acompañándonos y, además, tenemos la suerte de
encontrarnos con “la familia del puro” los cuales agradecen doblemente nuestra
presencia ya que una nube juguetona está encima de sus cabezas y nosotros llevamos
paraguas ... ellos no. Como nos quedamos un buen rato en el parking merendando y
jugando con las niñas, hablamos con ellos y decidimos pasar la noche juntos para
alargar la velada, así que ambas proseguimos juntas el camino.
        Ellos son los guías y durante una hora recorremos el precioso fiordo de Alta ¡qué
bonito! Alguien puede pensar que tan sólo es el Mar pero no, no es sólo eso. Es una

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perfecta combinación de todo: el azul del cielo, los rayos del sol filtrándose por las
nubes y bañando el fiordo, las casitas de colores y la montaña nevada como telón de
fondo. El agua del fiordo es transparente, clarísima y mucho más eficaz que cualquier
espejo de nuestras casas porque refleja la inmensidad del cielo y su perfección.
Cogemos un camino que señala una aldea y nos quedamos a la entrada, frente a una
auto alemana cuyos ocupantes están fuera, con sus sillas, en silencio, degustando una
copa de vino -imaginaos cómo debe ser lo que les mantiene tan absortos-. Hay una
explanada, lo bastante lejos de las casas, y nos acoplamos sin querer enturbiar “el
momento alemán”; también hay un camino de tierra que me apresuro en explorar,
cámara en mano; me lleva a un embarcadero y a un par de casas que no parecen
habitadas aunque la falta de movimiento quizá se deba a que son las once de la noche.
La vista es inmaculada. Después de cenar y acostar a las niñas, vuelvo a bajar el camino
acompañada de Ingrid, Oscar y Roser -familia catalana-.
        Es la 1,30 de la madrugada y el Sol está bailando de nuevo; en esta ocasión ha
adquirido un tono anaranjado y celeste que te hipnotiza, obligándote a admirarle como
sólo él consigue. Los destellos del sol en el agua y el baño de luz que ofrece el cielo me
llaman irremediablemente a la vida contemplativa. Siempre me he sentido atraída por el
horizonte infinito del mar pero contemplarlo custodiado entre montañas crea estampas
de belleza sin igual. Pienso que tengo que volver a hacer este viaje pero con tiempo, sin
prisas, con el único propósito de coleccionar puestas de sol. Rápidamente regresamos a
las autos porque, como ya hemos visto que es normal en estas tierras, la lluvia aparece
de repente.

14º día. 22 de junio de 2006
       El día está soleado y tras desayunar y arreglarnos, ponemos rumbo al glaciar
Jokelddalsbreen. No nos cuesta encontrar el acceso –sobre todo gracias a Juan- y

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mientras los catalanes se preparan concienzudamente para hacer el camino hasta la
lengua de hielo, nosotros hacemos tiempo con las niñas porque sabemos que sólo nos
quedaremos con una buena vista de él ya que el trayecto es de 7 kms. y medio: excesivo
para las niñas. Ellos se adelantan y nos despedimos con las rutas de cada uno en mente
por si volvemos a encontrarnos. El camino es pedregoso y está lleno de fango. A tramos
resulta fácil pero éstos son escasos, así que cuando llevamos una hora andando paramos
en la orilla del fiordo desde donde tenemos una magnífica vista del glaciar. Las niñas se
entretienen un rato tirando piedras al agua y yo hago lo mío, fotografiar cada detalle.
Con el objetivo de la cámara puedo ver claramente el color azul del hielo. Las niñas no
se quejan y hacen el camino divertidas porque les hemos nombrado “Guía”, a la mayor,
y “Ayudadora” a la pequeña -ella nos coge de la mano para saltar los tramos en los que
cruzamos el río-. Justo cuando llegamos a la auto empieza a lloviznar y nos acordamos
de nuestros amigos que ya deben estar muy lejos. Nos ponemos en camino y pasamos
por Sorstraumen donde hacemos uso del área para autocaravanas que allí se encuentra;
no tiene pérdida, está justo a la entrada y las autos y caravanas se ven de lejos. Está
junto al mar y mientras Antonio hace sus labores yo inmortalizo el hermoso lugar.
        El camino que hacemos durante todo el día es una sorpresa tras otra. Nos
adentramos en montañas donde el deshielo ha creado innumerables ríos que la surcan y
recorren creando hilos de diferentes grosores. Todavía hay bastante nieve y el sol
brillando sobre ella la hace aún más hermosa -de nuevo pienso en lo afortunada que soy
por estar aquí-. Un reno se cruza en la carretera y agradecemos a la Providencia que
saliera corriendo porque lo que es a nosotros casi no nos da tiempo de parar. Tras el
susto, seguimos nuestro camino y yo sigo entretenida con “el mejor libro de postales de
mi vida”; la montaña tiene un color oscuro, casi parece negro, lo que la hace destacar
más entre el cielo y el mar. La nieve, sobre ella, la decora magistralmente y bajo la
mole, el bosque verde y frondoso rivaliza para extenderse y llegar a su cima.

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Cogemos el ferry de Olderdalen – Lyngseide (288 coronas) donde damos cuenta de
unos buenos gofres con dulce de leche y luego el Lyngseide-Breivikeidet (222 coronas).
Son rápidos y no tenemos que hacer cola, “llegar y besar el santo”. Con nosotros suben
también varios autobuses de españoles y cuando estamos en la cafetería del barco una
señora me pregunta cómo viajamos nosotros; al responderle que en autocaravana la
pobre señora pone cara de pena y me dice -lo habréis pasado mal en Cabo Norte con el
frío...- Casi le doy un meeting sobre lo que es viajar en autocaravana pero el ferry es de
trayecto corto; seguro que la señora no se olvida de mi.
         Me gusta subir a cubierta cuando el tiempo lo permite y ver la llegada a puerto;
cómo el paisaje va tomando nitidez y el barco se va haciendo cada vez más grande hasta
atracar.
         Llegamos a Tromso y, además del puente que une las dos orillas de la ciudad, lo
que llama la atención desde lejos es la Catedral del Ártico. Aparcamos en una explanada
frente a ella y la recorremos por fuera. Tras el primer momento de curiosidad no me
llama mucho más la atención, aunque no le quito mérito a la imaginación de quien la
diseñó, y nos vamos a un parque cercano para que las niñas descarguen adrenalina.
Como empieza a llover, volvemos a la auto y nos vamos al puerto de la ciudad donde
pensamos que podremos pasar la noche. Mientras esperamos a ver si deja de llover y las
niñas juegan en la capuchina, aprovecho para hacer limpieza a fondo de la auto. Como
la lluvia no cesa y el lugar tampoco nos parece apropiado para dormir –ni bonito ni
tranquilo-, damos una vuelta por la ciudad con la auto y nos encaminamos a buscar un
lugar más adecuado. Aunque no le dedicamos a esta ciudad el tiempo que seguro se
merece, comprobamos que desde la carretera se observa una bonita panorámica de la
misma. Desde el puerto, además, también se obtiene una imagen imponente de la
Catedral y el largo puente. Me han gustado, además, sus casas de colores, la Plaza frente
al Puerto y su calle peatonal llena de tiendas. Al final nos quedamos en una tranquila
zona de descanso, fuera ya de la ciudad.

15º día. 23 de junio de 2006
        Nos cuesta despegar los cuerpos de las sábanas y nos hacemos los remolones un
ratito. Al final, salimos sobre las once, dirección a las deseadas Lofoten. El cielo está
claro y bonito aunque ya hemos comprobado que los paraguas deben estar siempre a la
orden del día.
        Antes de llegar al Supermercado Rimi donde paramos a comprar pan y dos
sencillas cañas de pescar para las niñas (179 coronas cada una), he visto un pequeño
zorro tumbado al borde la carretera ¡qué bonito! En el mismo centro comercial
adquirimos “la carná” para pescar. Las niñas y Antonio están encantados y ya hablan de
kilos de pescado congelado y de hacer hueco en la nevera. En fin ...
        Está lloviendo y los kilómetros por esta carretera se hacen pesados ya que la
única vista es la de la montaña y el bosque a ambos lados. Al ser de un solo carril para
cada sentido la conducción, además, es lenta. En Bjerkvik paramos a repostar en la
segunda gasolinera Shell a la entrada del pueblo y, para quien necesite saberlo, al lado
hay un Supermercado Rema 1000.
        Después de esta parada la carretera sigue siendo lenta pero empieza a ser mucho
más entretenida para nuestros ojos que vuelven a centellear con casitas de colores y el
apacible mar.
        Paramos a comer a 155 kms. de Melbu, a un lado de la carretera con una
hermosa panorámica de pantalla fija. Pasamos el enorme puente que conduce a las
Vesteralen y el paisaje es muy hermoso. Estamos en la Isla de Hinnoya. Seguimos

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viendo nieve en la cima de las montañas aunque las laderas están verdes. Las casas
siguen presumiendo de vivos colores pero para mí, lo más atractivo, es el color
esmeralda-turquesa de la orilla del mar y los recortes de la costa.
        El nivel del mar está bajo y se ven las rocas cubiertas de musgo y algas. La orilla
no es como nosotros la conocemos sino un prado verde, salpicado de flores blancas y
amarillas que se abre paso al mar. Barcos y casas se suceden completando la perfecta
postal. Estamos teniendo la suerte de contemplar esta belleza con el cielo claro; gracias!
        Muchas familias están disfrutando de la Festividad de San Juan y hacen
hogueras, junto al mar o en el campo, donde asan salchichas y carne. Pasamos el puente
que cruza de Strand a Sortland, una mole gigante que impresiona por su subida y bajada
tan pronunciadas. Llegamos a la cola del ferry Melbu-Fiskebor (268 coronas) y no
tardamos ni media hora en pisar por primera vez Las Lofoten. Nada más bajar y
emprender el camino, vemos en la playa a una pareja que ha montado su tienda y
charlan alrededor de una hoguera ¡qué envidia! -¿por qué esta imagen es imposible en
España?- El día ha empeorado bastante y el cielo está cubierto con nubes amenazantes,
cubriendo las cimas de las montañas.
        Durante el trayecto, las numerosas cascadas siguen maravillándonos y no
podemos más que alabar su belleza salvaje. Pasamos un túnel y se anuncia un área de
descanso. Es tarde y necesitamos parar pero queremos buscar un sitio bonito. Antes de
llegar a la entrada del área, divisamos varias autos aparcadas en una zona con una vista
privilegiada del mar, resultando que ésta es el área. Aparcamos y subimos unas
escaleras de madera que te llevan a un mirador desde donde divisamos el bonito pueblo
de Vestpollen con su pintoresca iglesia blanca. Las escaleras resultan un acierto porque,
además de las vistas, ofrecen la mejor de las mesas en el mejor restaurante de cinco
tenedores -mesa de madera y banco a ambos lados-. Estamos rodeados de mar y
pequeños islotes sólo habitados por la densa vegetación. El horizonte se divisa nublado.
y el mar está en calma. De no haber sido porque el tiempo no acompañaba, hubiéramos
aprovechado este ofrecimiento sin igual pero la lluvia y un frío que cortaba la
respiración nos hacen volver al calor de nuestra casita. Nos duchamos, cenamos y
Antonio y las niñas preparan las cañas para mañana. Tengo sueño y el cuerpo me pide
cama.

16º día. 24 de junio de 2006
       A las diez estamos en marcha, preparados y desayunados. El día está antipático:
nublado y con viento, sin contar con el frío que hiela la sangre. Me da mucha pena
encontrarme aquí por fin y que haga este clima porque las fotos no salen tan bonitas a
mi parecer y la cámara puede mojarse, con lo cual tengo bastante cuidado.

        Paramos en Svolvaer a comprar pan en un Rema 1000. Vamos también a la
Oficina de Correos pero nos dicen que sólo podemos cambiar en los bancos –también
podemos hacerlo en las Oficinas de Correos donde esté indicado “Bank”- y hoy están
cerrados, así que sacamos dinero con la tarjeta. Aprovechando que la lluvia nos ha dado
una tregua vamos paseando a la plaza del pueblo donde se está celebrando un mercado
de flores, fruta, chuches y charcutería. Compramos salami de reno y alguna cosa más
que nos llama la atención.
       Continuamos camino y nos paramos para fotografiar la bella iglesia de Kavelbag
que es conocida como la Catedral ya que tiene cabida para 1.200 feligreses. Resulta
llamativa por su color ocre y su bonito entramado de madera.

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Para llegar a Henningsvaer la carretera es estrecha pero “absolutamente
contemplativa”; pasamos varios puentes que unen islotes habitados únicamente por una
o dos casas. Desde el último puente hay una fotografía preciosa del pueblo. Aquí la
cámara no descansa ya que cualquier rincón te ofrece infinitas posibilidades. Todos los
pueblos son pequeños y giran fundamentalmente alrededor del puerto con lo cual si,
además, eres marinero, te encantará. Aparcamos en la zona que se encuentra a la entrada
de Henningsvaer, dispuesta para ello. Somos muy pocos los turistas que nos
encontramos en él y disfrutamos muchísimo paseando por el puerto y admirando sus
coquetas casas. Vemos un termómetro que indica 10º con lo que podéis imaginar el frío
que tenemos contando con el grado de humedad que hay aquí; menos mal que ahora no
llueve. Llegando al pueblo, hemos visto muchas tiendas montadas entre las rocas y
jóvenes preparándose para hacer escalada. Este pueblo no sólo por su magnífico
emplazamiento, rodeado de mar, sino también por el camino que se ha de hacer para
llegar a él y por ese puente que te ofrece una vista magnífica de la aldea si lo cruzas a
pie, me ha gustado mucho más que cualquier otro. Lo dicho, tengo que volver.

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(Henningsvaer)

(Bacalao seco en Henningsvaer)

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Llegamos al Museo Vikingo de Borg y como no cierra hasta las 19 horas,
aprovechamos para almorzar y echar una siesta antes de entrar. Nos cuesta 250 coronas
pero las damos por bien aprovechadas ya que el Museo nos resulta entretenido y muy
didáctico. Hay personas dentro realizando oficios artesanos y explicando cómo era la
vida del jefe vikingo que vivía allí. Conocemos a una familia con la que charlamos
durante cerca de una hora; la mujer es navarra y él es sueco así que les preguntamos
muchísimas cosas sobre la vida aquí, los precios, el carácter, etc. Fueron muy
agradables y pasamos un buen rato con ellos; ah, por cierto, aquí no se besa a las
personas cuando te las presentan sino que se las abraza.

       Ponemos camino a Eggum donde nos gustaría pasar la noche en la explanada
que hemos leído en el relato de Toni de Ros. El trayecto sigue siendo delicioso y sólo
por él merece la pena estar aquí. Aunque damos muchas vueltas no encontramos la
explanada y como el cielo se está cerrando por segundos, decidimos visitar Nusfjord.
Llegamos al pueblo y el tiempo ha empeorado muchísimo así que las niñas se quedan en
la auto con Antonio y yo me dispongo, cámara resguardada, a intentar fotografiar el
pueblo. En el puerto todo está cerrado pero el entorno es una maravilla. Aparcamos en
una zona indicada para ello, tras subir una cuesta muy pronunciada. Qué decir de este
pueblo, sólo VISITADLO!!!

(Camino de Eggum)

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(Vikten)

(Nusfjord)

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Vikten es un bonito pueblo con una playa de arena blanca que ofrece una linda
postal. Cogemos la desviación hacia Nusfjord y el tiempo ha empeorado muchísimo así
que las niñas se quedan en la auto con Antonio y yo me dispongo, cámara resguardada,
a intentar fotografiar el pueblo. En el puerto todo está cerrado pero el entorno es una
maravilla. Aparcamos en una zona indicada para ello, tras subir una pendiente muy
pronunciada -un consejo: aseguraos de que hay sitio arriba antes de subir porque dar la
vuelta os puede resultar complicado-. El encanto de este pueblo es indiscutible desde
que te vas acercando por la carretera. Qué decir de este pueblo, sólo VISITADLO!!!
        Antes de llegar a Nusfjord pero ya habiendo cogido la carretera que te lleva al
pueblo, nos quedamos admirados por la montaña en forma de Batman que nos recibe,
aquí tenéis la foto:

(Batman)
        Es increíble pero aunque llueve a cántaros instantes sí instantes no, disfrutamos
muchísimo de este paseo por Las Lofoten que, aunque rápido, está resultando intenso y
va dejando una huella imborrable en nuestros corazones. Cada pueblo ofrece algo
característico: Kavelbag y su iglesia, Henningsvaer y su bello emplazamiento, Vikten y
su playa, Ramber y su entorno caribeño, la bonita fotografía de Reine, Nusfjord... ¡He
estado a punto de caerme por la ventana intentando fotografiar la playa! Eso es locura
fotográfica!!!
        Cuando vamos llegando a Ramberg ya vemos pequeñas playas de arena blanca
pero cuando el horizonte se abre deja al descubierto la inmensa playa de Ramberg,
auténticamente “caribeña” en estas latitudes; la única diferencia con las otras es que ésta
está vacía pero eso le da todavía más encanto. La vista es impresionante y la orilla de
arena blanca se extiende a lo largo invitándote a pasear -si no fuera por este frío...- ¡Qué
delicia poder contemplarla!

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Ya la lluvia no descansa y el tiempo empeora aún mucho más. Cuando
pasamos por la preciosa aldea de Reine no podemos casi ni sacar la cabeza de la auto;
aún así el pueblo es precioso y nos da muchísima pena no poder pasearlo. Nos llegamos
al embarcadero para comprobar a qué hora sale el barco Mosquenes – Bodo y resulta
que el último está a punto de embarcar ... discusión familiar! Yo quiero quedarme para
visitar A y llegar a ver los pueblos que nos quedan pero Antonio no piensa así; son las 9
y media, el tiempo está fatal y ver, lo que se dice ver, no vamos a poder ver mucho con
esta lluvia; también es verdad que no sabemos cómo iremos de tiempo en lo que nos
queda de viaje y hemos tenido la suerte de estar aquí, así que ... me subo a ese barco
haciéndole prometer que este viaje tenemos que repetirlo!!! Me consuela todo lo que he
visto pero me entristece un poco marcharme ... quisiera empaparme de estas islas y sus
gentes, descubrirlas poco a poco.
           El barco está muy bien y la travesía, aunque un poco movidita, resulta
reparadora ya que dura tres horas y media y nos da tiempo a descansar e incluso, en mi
caso, echar una cabezadita. Sueño con playas de arena blanca, casitas de colores,
puertos pesqueros y el mar... También cenamos perritos y helados con lo que las niñas
están encantadas ya que, para más perfección, el barco cuenta con zona de juegos
infantiles. Llegamos al puerto de Bodo a las 12,40 de la noche.
          Siento que empieza el regreso, mi verdadero punto de regreso. Durante mucho
tiempo albergué la esperanza de conocer estas Islas y ahora, mi corazón, sueña con
volver a ellas algún día ... Soñar es gratis y enriquecedor!
          Dormimos en un parking, cansados pero satisfechos.

17º día. 25 de junio de 2006
          Salimos dirección a Saltstraumen sin prisas porque nos entretenemos en
asearnos y tomar un buen desayuno. Dirección Fauske, por la 80, vemos la indicación al
famoso remolino y tomamos la carretera 17. Llegamos a la zona para autocaravanas y
aparcamos sin problemas. Bajamos por un senderito que nos conduce a una zona de
rocas junto al mar donde vamos a hacer nuestro primer intento de pesca. Antonio no
está muy convencido del sitio pero las niñas insisten y él inicia los preparativos. Yo me
siento para contemplar los pequeños remolinos que forma la marea. Hay varios barcos
pescando y conforme van pasando los minutos veo cómo el más grande -no mucho más
que los otros, un barco pesquero particular- se deja arrastrar por la corriente o eso
supongo por sus movimientos circulares alrededor de los remolinos que están creciendo.
Estamos presenciando el cambio de la marea; no sé si en todo su esplendor pero, a
nuestros ojos, no deja desperdicio. Como imagináis, no pescamos nada de nada. La
verdad es que tenemos dudas sobre la carná que hemos comprado ya que había varias
pero todo estaba en noruego y cogimos la primera que nos pareció. En fin... excusas!
          A mediodía salimos del área y cogemos la 80 dirección Fauske. Almorzamos
con el Saltfjorden a los pies, en una zona junto a la carretera.

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El lugar es hermosísimo. Tras un breve descanso, continuamos por la E6 entre bosques
y montañas apenas con restos de nieve. Aunque nublado, el día parece que está
aguantando bastante bien. Pasamos el pueblo de Misvae con su bonita iglesia blanca -a
la entrada hay un camping-. La carretera es lenta y pesada. El firme no es demasiado
bueno y hay malas curvas, típica carretera de montaña. A ambos lados nos acompaña el
frondoso bosque sólo interrumpido, de vez en cuando, por la vista del río Londsdalen
que nos asombra y maravilla por la fuerza que llevan sus aguas. Conforme nos
adentramos en el Parque Nacional de Saltejellet, el cielo se encapota y empieza a llover.
Estamos a más altitud y la temperatura ha bajado; ahora vemos la nieve al alcance de
nuestra mano. La montaña que divisamos entre la niebla está prácticamente cubierta del,
para nosotros, tan atractivo manto blanco. Paramos en el Círculo Polar Ártico para la
típica foto al lado del símbolo y entramos en la cafetería donde compramos gofres con
chocolate. La tienda tiene más de lo mismo: souvenirs y recuerdos. El día en este punto
es de puro invierno: niebla, frío, lluvia y nieve ¡vaya cambio!

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Un poco antes de llegar a Mo i Rana sale el sol y parece que nos acompaña
durante un rato que agradecemos. Vemos sus rayos entre las nubes y cómo reflejan
bonitas formas en el mar, haciéndolo brillar como destellos de plata.
           Pasamos un túnel de 8,6 kms. de largo que nos parece muy, muy largo (¿qué
sabríamos nosotros lo que aún nos esperaba?) aunque este trayecto está lleno de ellos.
           Nos desviamos para ver el pueblo de Mosjoen. Vamos a la calle Sjogata para
ver el conjunto de casas de madera, uno de los mejores conservados de Noruega. El
pueblo es muy bonito y merece la pena pararse porque se ve en media hora como mucho
y es un buen alto en el camino. Como nos viene pasando, no encontramos a nadie por
las calles.
           Las famosas Cataratas Laksforsen se divisan desde la carretera y son
sorprendentes, espectaculares. Nos encantan! Decidimos dormir en el parking de las
mismas y disfrutar de su sonido -que no ruido-. El caudal de agua es demasiado y cae de
forma violenta y salvaje. Las niñas están boquiabiertas.

18º día. 26 de junio de 2006
          Las cataratas han sido una buena compañía nocturna; Antonio y yo nos
despertamos prontito para continuar camino hacia Trodheim. Desayunamos en el área
que tiene un letrero muy grande anunciando Trondelag y hasta las once y media no nos
ponemos en marcha de nuevo. Paramos en otra de las áreas que encontramos en la
carretera y nos entretenemos un buen rato celebrando el séptimo cumpleaños de mi hija
mayor y jugando a la pelota. Estamos a 150 kms. de Trondheim. El cielo está claro y no
llueve, la temperatura es buena pero, aún así, llevo un suéter de cuello alto y no siento
calor. El paisaje siempre es bonito: bosques, praderas verdes, casitas de colores...

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A 24 kms. de Trondheim pagamos 10 coronas. Paramos para vaciar y llenar
antes de entrar en la ciudad siguiendo una indicación de área para autocaravanas. Ya, en
la entrada de la ciudad, volvemos a pagar 25 coronas. Aparcamos en una calle del barrio
Bakklandet, rodeados de bonitas casas bajas con colores llamativos. Nos acompaña un
espléndido día así que no tardamos ni diez minutos en prepararnos para salir a pasear la
ciudad. Estamos justo en el centro, en el Midtbyen, y la calle que atravesamos es
peatonal. A ambos lados hay comercios de ropa y cafeterías con muchísimo encanto,
cuidados hasta en el más mínimo detalle. Las fachadas rivalizan en belleza con sus
colores y sus flores. Cruzamos el famoso Puente Rojo que tantas veces había visto en
fotos y de nuevo me siento dichosa por estar aquí y disfrutar con tan buen tiempo de
este paseo. Desde el puente la imagen que se obtiene de los almacenes que flanquean el
río Nidelva es preciosa. Llegamos a la impresionante Catedral de Nídaros de estilo
gótico y la admiramos detenidamente; de allí pasamos a ver el Palacio Arzobispal y
subimos por el puente que cruza a la otra orilla de la ciudad, llena de modernos
comercios y no tan acogedora. Nos entretenemos con las niñas en un jardín con mucho
césped y una pendiente pronunciada que ellas utilizan de tobogán improvisado. Como
habíamos leído que el único lugar donde podíamos comer “sin tener que fregar platos
para pagar la cuenta” era el Peppe Pizza nos encaminamos a probar suerte.
Sinceramente, para una urgencia, anda que anda porque las pizzas estaban buenas (un
poco picantes) pero ir por ir pues como que no, la verdad; juzgad vosotros mismos: una
pizza familiar y tres coca-colas de barril, 300 coronas. A las niñas las llevamos al Mc
Donalds que vimos en la Plaza del Mercado donde estaban preparando los puestos para
el día siguiente, ya que las pizzas no les han gustado. Allí nos encontramos con dos
parejas españolas de recién casados e intercambiamos impresiones sobre el viaje que
ellos están haciendo con una Agencia -no diré cuál pero no estaban muy contentos-. A
la una de la madrugada cruzábamos de regreso el Puente Rojo y las únicas voces que
oíamos son las nuestras.

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19º día. 27 de junio de 2006
          Cometemos el error de no fijarnos en el parquímetro que había al final de
nuestra calle y cuál es nuestra sorpresa cuando despertamos a la mañana siguiente y
vemos la multa de 40 euros que nos han puesto. En fin, todo no puede ser perfecto.
          Volvemos a la Plaza Principal para perdernos en el mercado donde venden
absolutamente de todo: muebles, cosas antiguas, flores, comida preparada asiática -muy
común por aquí-, ropa, chuches, pasteles -de éstos, como bien sabéis, dimos cuenta-,
sillones relajantes, libros, artículos de tupperware e, incluso, animales. Fue muy
entretenido y no nos perdimos detalle.
          Sobre las dos ponemos rumbo a Andalsnes. Paramos en un área y proseguimos
sobre las cuatro y media. La carretera discurre a lo largo de un río y todo está verde. Las
montañas siguen teniendo zonas nevadas que crean hilos de agua, miremos donde
miremos, vemos pequeñas cascadas. Aunque ahora llovizna, el paisaje no deja de ser
muy bonito y las nubes también le dan un toque especial. Ahora las casas son de madera
oscura, casi negras y es común ver sus tejados cubiertos de hierba para no perderse con
el entorno; el resultado no deja de ser, como menos, curioso. 45 kms. antes de
Andalsnes sale el sol y cesa la lluvia con lo que el paisaje brilla en todo su esplendor.
Paramos en el área que tiene la entrada a Trollvegem para cenar y que las niñas
disfruten en el parque. Estamos a 12ºC y, la verdad, el frío es helado. Cenamos rápido y
seguimos dirección Andelsnes para buscar una gasolinera y un lugar donde pasar la
noche. Creo que este tramo de carretera sólo ha sido un aperitivo de lo que nos espera
en los dos próximos días ¡ya tengo ganas! Dormimos en una explanada, junto a un
centro deportivo de la ciudad. Ah, a la entrada de la misma vemos un camping que está
muy bien situado.

20º día. 28 de junio de 2006
          Nos despertamos demasiado temprano y el día, para variar, está nublado.
Estamos ansiosos, así que no nos entretenemos mucho y con las niñas aún durmiendo,
ponemos rumbo a la Carretera de los Trolls.
          La carretera es una maravilla, las montañas están cubiertas de hielo y las
cascadas se suceden continuamente ¡esto es precioso! La primera caída de agua que se
ve desde abajo, donde se cruza el puente de la típica foto, es la envidia de todas las
demás. Aunque esta carretera tiene muchísima fama, no debe ser por su peligrosidad
sino más bien por la belleza que esconde. Sólo tiene tres o cuatro ensanchamientos
donde puedes parar a hacer fotos pero la experiencia es fantástica, merece mucho la
pena (vemos a una caravana en ella, así que ya sabéis).
          Ahora entramos en la zona de cultivos de fresas y los lugares donde
comprarlas son muy numerosos, así como las extensas tierras donde crecen. Paramos a
desayunar y a arreglar a las niñas junto a la zona de embarque de Linge. Cogemos el
ferry para Eidsdal a las 11,45 horas (pagamos 167,60 coronas).
          El trayecto es un abrir y cerrar de ojos y queremos aprovechar la buena
temperatura que tenemos y el sol tan espléndido para subir al mirador de Dalsnibba,
desde donde divisaremos Gieranger en las alturas. Si el día sigue así de bueno también
cogeremos el ferry para Geiranger, ya veremos.
          El trayecto con el ferry no dura ni diez minutos y cuando salimos del barco un
montón de gente está pescando en el embarcadero. A Antonio vuelven a entrarle ganas
de probar de nuevo y nos paramos en un valle precioso junto a un río, pero no tenemos
éxito. La postal es, simplemente, embriagadora.

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Cuando ya vemos que lo nuestro no es la pesca, al menos aquí en Noruega,
nos encaminamos hacia Geiranger. Había visto millones de fotos del famosísimo fiordo
pero estar aquí me puso “los pelos de punta”; me sentía transportada a todos los
catálogos de viajes, a todas esas imágenes en mi cabeza que tenia de él. Aunque parezca
exagerada no lo soy, de verdad, es que lo viví así realmente. Para ser totalmente sincera
y lo más objetiva posible, había visto desde el principio de este viaje preciosas imágenes
que tenía grabadas en mi cabeza y que representarían magníficamente al país, así que
aunque Geiranger es un fiordo magnífico, a mi parecer tiene muchísima fama por ser
imagen publicitaria pero no por ser más bonito que otras muchas postales que nos
hemos dejado atrás; esto es lo más objetivo que puedo deciros pero, por supuesto, su
contemplación, desde el mirador que hay antes de llegar al pueblo, es puro placer; la
estampa la completan los barquitos que lo surcan. Mientras Antonio y yo estábamos
extasiados ante tanta belleza, las niñas se refrescaban en la cascada que había junto a
nosotros -¿no es deliciosamente ideal?-. El pueblo de Geiranger no tiene en mi opinión
demasiado interés en sí mismo sino fuera por su emplazamiento, ya que básicamente es
comercial y turístico; su camping sí es muy recomendable. Como he dicho, el sol sigue
brillando y el día está totalmente claro, así que aprovechamos para subir a Danilsba.
          La carretera para subir al mirador merece la pena por sí misma ya que ofrece
una vistas impresionantes de lagos helados, montañas nevadas y paisajes maravillosos
pero cuando estás arriba -antes tienes que pagar 65 coronas- es realmente sobrecogedor.
No tengo palabras -esto lo he dicho ya muchas veces en el relato pero es que no se
puede describir tanta perfección; una imagen vale más que mil palabras- así que os
recomiendo encarecidamente que subáis para comprobarlo in situ. Las niñas se lo
pasaron en grande jugando con la nieve y explorando el terreno, siempre teniendo
cuidado porque las zonas de nieve eran profundas nada superficiales. Almorzamos en
este precioso lugar y después de la siesta, nos despedimos con alegría por haber subido.

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Cuando llegamos al ferry que nos llevará a Hellesylt y con el que tendremos la
suerte de navegar por el Geiranger no tenemos que esperar nada, tal como nos viene
pasando con todos los que hemos cogido. Hace un día tan claro que vemos con total
nitidez las cimas de las montañas y disfrutamos del sol como lagartos. El trayecto en
ferry lo hacemos con la compañía de “la familia del puro” con los que intercambiamos
información de lo que hemos hecho en los días anteriores. El ferry nos cuesta 538
coronas pero merece la pena aunque sólo sea para poder dar tu opinión después. El
trayecto dura poco más de una hora y nos van indicando dónde mirar para ver lo más
interesante.
          Todos juntos hacemos el camino hasta Stryn entre montañas y bosques. El día
ha sido perfecto en todos los sentidos y para más inri, el sol sigue luciendo en un cielo
celeste totalmente limpio. Sólo tenemos 50 kms. a Stryn y los hacemos disfrutando de
lo que nos ofrece. Paramos en un área con servicio de vaciado y llenado ¡ojalá en
España también lleguemos a esto algún día!.
          Un poco después de Loen, paramos en una zona de descanso con vistas al
fiordo, mesas de madera, bancos y un césped verde y mullido invitándote al “tumbing”
–hay que ser educados y no desperdiciamos esta oportunidad-. Cenamos con nuestros
amigos y aunque siempre se muestran interesados por nuestro siguiente destino,
nosotros no queremos que su marcha se vea afectada por nuestro ritmo que, con dos
niñas, siempre es más lento así que les insistimos para que ellos vayan delante.

21º día. 29 de junio de 2006
          Nos levantamos temprano porque estamos muy ilusionados por ver el glaciar y
nos ponemos en marcha enseguida. Atravesamos el hermoso Valle de Olden, un
verdadero paraíso que tenemos la suerte de contemplar con rayos de sol brillando fuerte.

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Las montañas se miran en el perfecto espejo que forma el fiordo y no podemos dejar de
sentirnos admirados y agradecidos por poder contemplar tanta belleza.

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La carretera que lleva al glaciar es estrecha pero antes de llegar, desde un
mirador, ya se obtiene una imagen de él, surcando dos montañas y formando una
perfecta composición que una vez más las aguas del fiordo duplican.
        Dejamos la auto en el parking del glaciar, a la entrada de la zona donde
comienza la ascensión hasta el manto blanco, previo pago de 50 coronas por una hora
(no teníamos más coronas así que nos arriesgamos). Se puede hacer la subida en coche,
por un camino de montaña y por el carril que utilizan los automóviles y que presenta
menor dificultad, así que elegimos el último. Tardamos dos horas en llegar al glaciar
pero merece la pena ¡Dios si merece la pena! El camino es bonito y la cascada con el
puente de la foto publicitaria es divertida porque todos nos dejamos mojar mientras
suena el disparador automático, pero cuando llegas se te hiela la sangre de la impresión
¡es enorme e inspira respeto! Sacamos nuestros bocadillos y todo el arsenal de refrescos
y dulces que habíamos traído para reponer fuerzas -sobre todo para que las niñas se
entretuvieran un rato, la verdad- a la orilla del lago que forma el glaciar. Y cuando
estamos entretenidos en semejantes labores culinarias, a los pies de la lengua de hielo,
somos testigos de una avalancha pequeña, pero estremecedora, que hace rugir al glaciar
de forma salvaje y a nosotros nos pone los pelos de punta -no quiero ni imaginar cómo
se sintieron las personas que en ese momento, previo contrato, estaban andando por
encima de él-. Esta experiencia es de esas que no olvidas en la vida, un maravilloso
recuerdo, mejor que cualquier foto, es la cara de mi hija Ana cuando “se enfadó la
montaña”. Comemos en el parking del Parque Natural Brikdarbreen, sin pagar más que
lo que echamos al principio, y desandamos el camino parando sin cesar para hacer
millones de fotos.

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Salimos a las 17 horas y nuestra intención es coger la carretera 15 que enlaza
con la 55, ya que hemos leído que ésta es una de las carreteras más bonitas de Noruega
y deseamos recorrerla de principio a fin. No dudo que la 55 será bonita pero la 15 no se
queda corta; la ventana es una continua sorpresa de belleza permanente. Eso sí, si
alguien tiene claustrofobia que no coja esta ruta porque los túneles son numerosos y a
cual más largo, incluso a veces enlazados uno con otro. A 60 kms. de Lom, el paisaje ha
cambiado y ahora todo lo que vemos es bosque y el río que nos acompaña. Las áreas de
descanso no tienen WC y nosotros necesitamos vaciar. Pasamos un bonito hotel, el

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Pollfoss, de madera oscura y ventanas y puertas blancas. Los rápidos del río que tanto
nos gustan, van a descansar a un lago de aguas mansas con un color verde precioso. El
lugar parece estar despoblado y las pocas casas que vemos están muy alejadas las unas
de las otras. Hacemos una parada para ver de cerca una iglesia de planta octogonal que
encontramos en el camino. Tiene un portón precioso con una cerradura antigua que
señala 1863 y una llave dorada gigantesca. Como es habitual, la iglesia está rodeada de
lápidas y una de ellas es especialmente bonita, de madera ricamente tallada.
        A partir de aquí encontramos varias iglesias de madera pequeñas pero nuestra
próxima parada será Lom. Aparcamos junto al recinto de Lom y, aunque no podemos
ver su interior porque está cerrada, la estudiamos con detenimiento desde fuera. Está
magníficamente tallada y sus cabezas de dragón crean esbeltos perfiles. Me encanta!
Paseamos por el puente de madera que cruza el río de la ciudad fijándonos en cómo está
formado a partir sólo de troncos de madera unidos y creando triángulos. Resulta muy
romántico con la estampa de todas las casas del pueblo.
        La carretera sigue siendo buena y el paisaje aún mejor: bosques a ambos lados,
ríos y cimas cubiertas de nieve. Cuando las montañas no lo cubren, vemos el sol brillar
en el cielo limpio y celeste. Son las 21,15 h. y hoy está siendo un día muy hermoso. Las
casas mantienen ese tono oscuro del que hablé antes y resultan muy llamativas con sus
ventanas y portones rojas o blancas. Como en toda Escandinavia, no hay rejas en las y
podemos ver sus cálidos interiores con delicadas cortinas de tul o encaje. Las
iluminaciones son tenues y todo parece estar pensado para gustar desde el exterior. La
carretera sube hasta los 1500 m. y esto hace que el paisaje cambie; la tierra es árida y
está todo nevado. La luz del sol crea bonitos contrastes cromáticos con tonos
anaranjados. Por lo que estoy viendo, diría que la 55 es un popurrí de este país, como
una pequeña Noruega concentrada en este tramo, pasando por fiordos, mar, bosques,
montañas nevadas y pequeñas aldeas con todo el encanto que ya conocemos. Una
maravilla que sólo ella merece ya un viaje hasta aquí.
        Nos quedamos a dormir en una zona de descanso rodeados de montaña rasa y
algo de nieve. Es la una de la madrugada y aunque no es de noche, sí empezamos a
notar menos luz solar.

22º día. 30 de junio de 2006
       Antonio se despierta temprano pero yo, literalmente, tengo que descoserme de la
cama. Esto de no tener noche ya está haciendo mella en mi. La carretera 55 no deja de
sorprendernos por su diversidad y hemos pasado de dormir a 1300 m. de altitud,
rodeados de un valle nevado, a desayunar con una plácida y hermosa vista del mar en un
embarcadero.

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Vamos dirección Urnes y el sol brilla un día más calentándonos el ánimo a
todos. Pasamos por varios túneles y, especialmente uno de ellos, con un aspecto

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tenebroso y tétrico: definitivamente, esto de los túneles, también está haciendo mella en
mi. Según nos dijeron los catalanes, los ferrys que cruzan a Urnes son muy escasos así
que cogemos desde Skjolden, la carretera que te lleva directamente a la Iglesia,
bordeando el fiordo. Esta carretera es estrechísima pero muy, muy bonita así que
compensa. Cuando llegamos a Urnes, las niñas siguen dormidas y entro yo sola. Es
pequeña pero perfecta. Su interior me sorprende gratamente, ya que esperaba austeridad
y me encuentro con pinturas murales y un altar ornamentado con esculturas de madera
pintadas de vivos colores. En su exterior hay paneles en las paredes con bonitos motivos
tallados, simulando animales y plantas entrelazadas. Como la carretera nos ha gustado,
decidimos desandar el camino y disfrutar de la vista que ofrece aprovechando el sol tan
magnífico que nos acompaña.
        Paramos en Luster, con una bonita iglesia, para comprar pan ¡qué suerte de sol!.
Estamos bordeando el Lustrafjorden y la carretera es muy, muy estrecha pero las vistas
son tan hermosas que ni te atreves a quejarte.

        Poco después de Luster, la carretera mejora bastante y las vistas siguen siendo
extraordinarias. Estamos disfrutando muchísimo esta mañana. Pasamos varias áreas de
servicio para autocaravanas pero no necesitamos usar ninguna. Llegamos a la zona de
embarque para tomar el ferry Hella – Drasvik y almorzamos allí mismo antes de
cogerlo.
        Pagamos 155 coronas por un trayecto de diez minutos que hacemos en cubierta
admirándonos de lo que nos rodea y sintiendo que está acabando. Para hacer la mañana
aún más perfecta, los delfines -imagino que son delfines- nos acompañan y las niñas se
vuelven locas. Ponemos rumbo a Lavik.

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La carretera no es muy buena ya que hay muchos túneles (uno de casi 8 kms.),
un solo carril y estrecha pero el sol es nuestro aliado y fiel compañero, brillando sobre
el mar y con sus destellos reconfortando nuestra vista.
        Tomamos otro ferry, el Lavik-Ytre Oppedal que nos cuesta 249 coronas y que
cruza el Sognefjorden. Dura 20 minutos y nada más llegar, ponemos dirección a Bergen
por la E39. Los túneles se suceden y pienso cuánto ha debido gastar este país en ellos.
La carretera es buena y se coge una velocidad aceptable; Antonio está encantado.
Cuando entramos en Bergen, otra tanda de túneles y a buscar el área. No sé qué habrá
pasado pero no hemos tenido que pagar nada para entrar en la ciudad. Aparcamos la
auto en la concurrida área (sólo quedaba nuestro hueco, aunque muchas autos aparcan
en el exterior de la misma y no pasa nada) y pagamos un día completo. Tras arreglarnos,
nos encaminamos hacia el Puerto, por el que hemos pasado al buscar el área. Está muy
animado y hay muchísima gente paseando, sentadas en las terrazas y, algo que me
provoca envidia, compartiendo cena con amigos en los barcos particulares. La “noche”
está espléndida y aprovechamos todos el buen tiempo. Paseamos un buen rato, atraídos
por esta bonita ciudad, limpia y mimada, que nos está acogiendo sin pizca de lluvia -sé
que somos afortunados-. Contemplamos la bonita imagen de los almacenes frente al
fiordo, los barcos, el “atardecer-anochecer” reflejado en las aguas y volvemos a las
autos cansados pero locos por estar aquí. Mañana nos queremos levantar temprano para
dedicarlo a esta ciudad. Son las 12 de la noche y escribo alumbrada con luz natural que
ya empezamos a notar más tenue. Ahora ya es la una de la madrugada y sí es de noche:
noche clara, pero noche.

23º día. 1 de julio de 2006
       Aunque anoche nos acostamos tarde, hoy nos levantamos temprano para
aprovechar la mañana y empaparnos de Bergen. A las 14 horas debemos abandonar el

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área como muy tarde. Salimos arreglados de sábado, duchados y todos guapos, de
manga corta, directos al mercado de pescado, aunque para llegar damos un rodeo por la
zona alta de la ciudad, subiendo a un prado verde desde donde las vistas son
espléndidas. La ciudad aún está más animada que ayer y hay muchísima gente en el
mercado. El sol brilla de nuevo, aunque anoche lloviznó un poco, y el día no podía ser
más caluroso. Disfrutamos de lo lindo en los puestos de pescado hablando con los
jóvenes españoles que nos cuentan sus experiencias trabajando aquí. Probamos la carne
de ballena -de color negro- y compramos las famosas gambas. Continuamos hasta la
Catedral, perdiéndonos en el buen ambiente de la calle peatonal que preside donde se
dan cita músicos, mimos y cuentacuentos. En la Catedral se celebra una boda y los
invitados, para nuestra sorpresa, llevan el traje típico de Noruega, el bunad. Nos
quedamos un rato mirándoles con disimulo pero con interés, admirando las bonitas
faldas, camisas y complementos.
        Bajamos de nuevo la empinada calle que conduce a la Catedral y nos perdemos
por las calles, descubriendo iglesias, bellos rincones, jardines, fuentes, etc. hasta llegar a
los almacenes del puerto. Muchos de ellos están restaurándose pero parecen casitas de
mentira y a las niñas les resultan llamativos; a nosotros también. Sin querer despedirnos
de la ciudad, vamos desandando el camino y llegamos a la Residencia
Rosenkrantztarnet. Son las 14 horas y ya llegamos tarde al área pero bueno, vamos con
la mejor de nuestras sonrisas. Al final, salimos de ella a las 14,45 h. pero no nos cobran
el retraso. Paramos a comer en la primera área que encontramos, nada más salir de
Bergen, con vistas al fiordo y allí están también nuestros amigos catalanes.
        Cogemos sendas mesas y damos buena cuenta de las gambas y de un buen rato
de charla y siesta. Sobre las 18 horas, nos ponemos en carretera. Tomamos para Oslo la
ruta de Borgund, la E16 y nuestros amigos continúan hacia el Prekestolen que para
nosotros es imposible ya que nuestra hija Sara es aun muy pequeña. Estamos
acompañados permanentemente por el fiordo de Oslo y el día sigue igual de bueno.
Paramos a echar gasolina en Voss, una población muy animada y juvenil. Muchísima
gente de acá para allá y en tiendas de campaña junto al mar, muchos turistas. La iglesia
es muy bonita.
        De sopetón, nos encontramos con la Tvindefossen, una cascada preciosa a pie de
carretera que llama la atención por su altura, además de su caudal y su caída escalonada.
Después de Vinge, pasamos el túnel más largo hasta ahora, 11 kilómetros. En lo que
llevamos de carretera, en ella los túneles siguen siendo una constante. Pero ¿qué son
once kilómetros cuando acabamos de pasar el Laerdalstunnelen, de 24,5 kilómetros de
largo? ¡Una pasada! Menos mal que es gratuito porque si cobrasen no sé cuánto
deberíamos pagar!
        Paramos a ver la Iglesia de Borgund. Aunque está cerrada la fotografío por
fuera. Es muy bonita y su entorno también. Está muy ornamentada con cabezas de
dragones y talles. Me hubiera gustado ver su interior pero otra vez será -estoy
coleccionando excusas para volver ¿lo notáis?-
        Seguimos nuestro camino y de repente, dos alces enormes se cruzan en la
carretera! Nos quedamos tan alucinados que no me da tiempo de reaccionar y les hago
una mala foto en la que se les distingue a duras penas.
        Pasamos por Oyeos, un bonito pueblo con cascada, precioso emplazamiento
entre mar y montaña e incluso una pequeña iglesia de madera.
        Paramos a pasar la noche en una zona de descanso junto a un lago, el sitio ideal.
Estamos solos y no se ve ni una casa; ni siquiera pasan coches por la carretera. Son las
23,15 h. y aún escribo con luz natural. Desde mi ventana tengo una vista preciosa que
no me canso de “exhalar”. Siento nostalgia de estas montañas, de este mar bravío a

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veces, plácidos las más; siento añoranza de esta paz que nos acuna cada noche, de los
verdes valles, de las flores lilas como plumeros. Quiero quedarme en mi mirada
envuelta en imágenes imborrables de cada rincón que hemos respirado. Quiero que no
termine y, sin duda, quiero repetir.
        Este no era un viaje a Cabo Norte; era un sueño que hemos hecho realidad.
Lofoten, Geiranger, Estocolmo, Copenhague ... conformaban este sueño y ahora
pertenecen a nuestros recuerdos.
        Conocí a una chica que, quejándose de las carreteras, decía que éste era un país
tercermundista y pienso yo ¿quiénes son los tercermundistas, ellos que viven mirando al
mar o nosotros que vivimos mirando al vecino? Es cierto que las carreteras resultan
exasperantes en ocasiones pero ¿no es menos cierto que son el mejor escaparate de un
país que no puede dejar de ser mirado, que desea compartir su belleza con todos los
viajeros? Ya quisiera yo tener todo el tiempo del mundo para convertirme en la eterna
viajera! Decido que éste será mi sueño esta noche ...

24º día. 2 de julio de 2006
        Hemos dormido estupendamente y tras el ritual matutino, continuamos dirección
Oslo. Aunque habíamos hecho un estricto diario de ruta para más o menos llevar
controlado el tema de kilómetros diarios, según las visitas que queríamos realizar, no
hemos sentido que fuésemos a un ritmo acelerado incluso aún habiendo improvisado
sobre la marcha en varias ocasiones. Por eso mismo, nunca hemos puesto el despertador
y no hemos tenido la obligación de comenzar el día a una hora determinada sino que lo
hemos ido viendo sobre la marcha.

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La carretera siempre ofrece buena compañía visual y pasa por muchos pueblos
bonitos que te hacen placentero el camino. El día es muy caluroso. Paramos a desayunar
en una zona de descanso y aprovechando el buen tiempo ocupamos una de las muchas
mesas de madera. Vemos a familias disfrutando del buen clima y tomando el sol,
incluso hay valientes bañándose en el mar.
        Tras pagar 20 coronas a la entrada, llegamos a Oslo a mediodía y aparcamos en
la calle de enfrente al Parque Vigeland, visita por la que realmente hacemos parada en la
capital. Almorzamos con las ventanas abiertas -dado el calor reinante-. Tras la siesta y
el descanso oportunos, nos vamos a disfrutar del Parque y de sus hermosas esculturas
que tantas ganas tengo de ver. Como siempre, sólo me queda recomendaros su visita
porque es una delicia pasear por él. Las esculturas están muy bien colocadas para
hacerlas aún más hermosas y el entorno es una auténtica maravilla. Tres horas pasamos
en el Parque, disfrutando de la hermosa vista y de su tupido césped; las niñas juegan y
merendamos tranquilamente nuestros bocadillos y magdalenas. Me pido un lugar así en
mi pueblo!

        Oslo no lo teníamos contemplado como visita en el plan de ruta porque como
capital no nos llamaba la atención, así que sólo paseamos por ella con la auto y vimos la
bulliciosa y comercial calle Karl Johan Gate. Puede que haya sido un error pero
realmente no lo vimos como tal, sintiéndonos confirmados en nuestra decisión al
recorrerla en auto. Lo que sí me hubiera gustado es visitar su Museo al aire libre pero
será en la próxima ocasión.
        Saliendo de Oslo, pagamos otras 20 coronas y después, por la carretera, otras 17
coronas. Para gastar las coronas que nos quedan, llenamos el depósito antes de pisar
Suecia. Dormimos a las afueras de Stromstad.

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25º día. 3 de julio de 2006
        Desde ayer estamos padeciendo una temperatura de 30º que nos fastidia un
montón después de los días tan fresquitos que hemos pasado en Noruega. Nos
duchamos y seguimos rumbo a Helsinborg para tomar el ferry. Llegamos al
embarcadero después de almorzar y descansar lo suficiente, así que lo tomamos a las
16,30 horas y pagamos por él 507 coronas. En la tienda del barco les compramos a las
niñas un juguete y algunos dulces para gastar las coronas que nos quedan. Nada más
pisar puerto, echamos gasolina. Todo el día es de bajada y de un silencio de despedida
que dice mucho más que las palabras. Llevamos 25 días fuera de casa y se me han
pasado tan rápido!!! Cuando cojamos el próximo ferry diremos ¡hasta luego
Escandinavia! Habíamos pensado hacer el regreso de forma calmada, con alguna parada
intermedia, barajando Amsterdan o París pero al final, para variar, siempre aparece la
improvisación...
        El ferry de Rodby-Puttgarden nos cuesta 530 coronas y pisamos suelo alemán a
las 21,15 horas. Ahora sólo nos queda encontrar un lugar adecuado para pasar la noche.
Nos quedamos en la zona residencial de un pueblo, a 20 kms. de Puttgarden.

26º día. 4 de julio de 2006
       A 7 kms. de Loen paramos a comprar pan y pasteles (los de Alemania nos
encantan!) y desayunamos en una explanada rodeados de árboles y acompañados de los
pájaros. Una delicia! Alemania nos encantó el año pasado y nos prometemos conocerla
más a fondo. La A1, como es habitual, está llena de camiones pero la carretera en sí es
buena y nuestra velocidad más que aceptable sobre todo porque camiones y autobuses
deben permanecer en el lado derecho, sin adelantar -lo siento, esto también incluye las
caravanas-.
       Cuando llegamos a Holanda nos paramos a almorzar y echar la siesta en un área
donde también aprovechamos para llenar y vaciar.
       Nuestro día lo acabamos cenando en un McDonalds francés y pasando la noche
en una tranquila calle de un pueblo. Hoy hemos desayunado en Alemania, almorzado en
Holanda y cenado en Francia; ya lo digo siempre yo ¡somos gente de mundo!
       Mientras cenamos, decidimos que pasaremos dos días con nuestros amigos de
Asturias que nos llamaron para decirnos que estaban en Gijón, donde se celebra la
Semana Negra.

27º día. 5 de julio de 2006
       Almorzamos en una de las áreas francesas y la jornada de hoy sólo se resume en
kilómetros. Cuando atravesamos la frontera y el GPS anuncia “Bienvenido a España”,
no puedo evitar que mi corazón sonría incluso aunque llueva a mares.
       Dormimos en un pueblecito.

28º día. 6 de julio de 2006
        Pasamos por un Centro de Venta Michelín y paramos para que nos cambien las
ruedas que llevamos en bastante mal estado. Nuestros amigos nos esperan en Caravia,
un pueblo asturiano que no conocemos. Han reservado mesa para que compartamos una
comida típica asturiana y justo llegamos a la hora en punto. Como os podéis imaginar,
la comida fue un éxito y nos alegramos muchísimo de estar aquí con ellos. Asturias es
una tierra que amamos desde que la conocimos hace ocho años y encontrarnos de nuevo
aquí es una promesa cumplida. Lo pasamos francamente bien los dos días siguientes y
disfrutamos muchísimo conociendo Gijón y su Semana Negra que es distinta a las
Ferias típicas del Sur -la Semana Negra tiene un matiz más cultural aunque sin restarle

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diversión, por supuesto-. Tuvimos oportunidad de comer verdadera fabada asturiana que
ya conocíamos bien por nuestros amigos y conocer un poco más de esta tierra que
siempre recibe con los brazos abiertos. Ah, para daros un dato que a nosotros nos parece
práctico, deciros que pasamos las dos noches en una zona de aparcamiento junto al
lugar de emplazamiento de la Semana Negra muy tranquila y totalmente gratuita.
       El día 8 de julio, sábado, a las 22 horas, abríamos la puerta de nuestra casa
después de 30 días inolvidables y con una maleta cargada de maravillas.

       He querido escribir este relato lo antes posible porque mientras lo hacía, he
revivido todos los momentos e incluso he recordado muchísimos detalles, así que sólo
me queda daros las gracias por ser mis compañeros de viaje...

       “Un viaje es una nueva vida, con un nacimiento, un crecimiento y un final, que
nos es ofrecida en el interior de la otra. Aprovechémosla!” (Paul Morand)