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De viaje por Italia

por jotace
Portada — De viaje por Italia
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De viaje por Italia – Julio 2019

Éste es el relato de nuestras vacaciones de 2019 por Italia. Iban a ser casi 3 semanas por Italia, pero
fuimos recortando días para hacer un descanso final en la playa, y quedó en 2 semanas por Italia y 6
días en la Costa Brava. El relato se centra en la parte italiana.

Este relato no es una relación de datos prácticos: los hay, pero se trata del relato de nuestras
vacaciones, con sus anécdotas, alegrías, problemas y todo lujo de detalles. Y fotos, claro, aunque a
veces ha sido complicado elegir sin convertirlo en un álbum de fotos personal.

Probablemente a muchos os parecerá un tocho demasiado detallado, pero me apetecía hacerlo así,
para recordarlo. También encontraréis datos prácticos, por supuesto, sobre sitios que hemos visitado,
sobre los campings con nuestras impresiones, información sobre gastos… pero básicamente es un
relato. Si a alguien le ayuda o le entretiene, estupendo, y si no… bueno, seguramente encontraréis por
ahí otros más breves y centrados en datos prácticos.

Antecedentes:

Mi mujer María José y yo ya conocemos Italia bastante bien, al menos su mitad norte. Roma será
nuestra tercera visita para mí y cuarta para ella, y Venecia será la cuarta para mí y tercera para ella
(tuvimos una vida previa antes de conocernos ). Pero los niños (11 Diego, el pequeño, 17 Laura, la
mayor) no lo conocen, y este viaje es fundamentalmente por ellos (Laura hace años que nos pide viajar
a Roma). Vamos a saltarnos la Toscana, donde ya estuvimos con ellos, y empezaremos directamente
por Roma, a donde llegaremos por ferry. De ahí bajaremos hacia la zona de Nápoles para ver algo
nuevo (Mari Jose y yo nunca hemos bajado más allá de Roma) y luego subiremos a Venecia haciendo
alguna escala por el camino.

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Día 1 – Embarcando la caravana por primera vez
Salimos el día 1 de julio, lunes. Una pena, hemos perdido el fin de semana, pero el domingo no había
barco, y el sábado nos resultaba algo precipitado salir, después de una semana de trabajo. Así que
hemos preparado todo con calma durante el fin de semana y salimos de Madrid el lunes 1, sin prisa,
porque tenemos tiempo de sobra para llegar a Barcelona antes de la salida del barco. Por cierto, que
hace unos días nos llegó un mail de Grimaldi avisando de un cambio: se adelanta la salida media hora.
En vez de a las 22:00, zarparemos a las 21:30. Mejor. Además, todo el mundo dice que siempre van
con retraso…

El billete nos ha salido muy bien de precio, por haberlo cogido con tiempo: 400€ justos para 4
personas, coche y caravana de 7 metros. Menos que lo que nos costaría la gasolina y peajes hasta
Roma, y encima ganamos al menos un día y llegamos descansados. Merece la pena.

Entramos al puerto de Barcelona sobre las 6 de la tarde y nos encontramos una larga fila de coches
delante de la puerta de Grimaldi. Nos ponemos a la cola y me bajo a preguntarle al de delante
(portugués) si aquello es para coger el ferry a Civitavecchia. Me confirma que sí, así que a esperar.
Mientras tanto, Mari Jose decide ir andando con los papeles hasta la oficina a ver si puede ir
aprovechando para hacer el checkin, aunque teóricamente no se abrirá hasta 2 horas antes de la salida
(pero resulta que sí, que puede ir haciéndolo).

Finalmente, la cola empieza a moverse y entramos al muelle. Nos colocan según tipo de vehículo y
destino, y a esperar. Más o menos una hora después empezamos a embarcar: Mari Jose y los niños
tienen que dejar el coche y subir por la pasarela, en el coche sólo puede ir “il conducente”. Estamos
en Barcelona, pero en este muelle ya sólo se habla italiano.

                                                                     Esperando el embarque

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Subo al barco por una pequeña rampa y aquello parece un parking gigantesco, de varias plantas. Desde
la planta a la que accedes surge una rampa hacia abajo y otra hacia arriba, es decir, al menos 3 plantas
de aparcamiento. A mí me dicen que suba. Allá vamos.

El parking está lleno de estibadores que más bien parecen guardias de tráfico, indicando tú para aquí,
tú para allá. Todo deprisa, deprisa, no hay que perder un segundo. Me dice uno en italiano que me
vaya por ese carril hasta el fondo, donde se ve a lo lejos una escalerilla que sube por la pared. Le hago
caso. Cuando llego, hay otro que me dice que avance hasta pegarme bien a la pared. Yo miro a mi
alrededor y veo a todo el mundo al revés, todos los camiones, autocaravanas y coches apuntando en
dirección contraria, hacia fuera. Es decir, en posición de desembarcar. A mí quiere arrinconarme con
el morro del coche contra la pared, encajonado entre camiones. No quiero imaginarme cómo salir de
allí marcha atrás cuando lleguemos a Civitavecchia… Así que me bajo del coche, me acerco a él, y
medio en español medio por señas le digo que si no será mejor que dé la vuelta (ahora hay sitio, que
todavía está medio vacío) y lo meta ahí de culo. Pero me dice que no hay problema, que “domani”
saldré cuando hayan salido las filas de camiones de al lado, y entonces podré girar 180º sin problema.
Ah, pues vale. Así que aparco y salgo del coche.

Nadie te dice dónde ir. Te encuentras en un parking gigante, rodeado de camiones enormes (con todos
tan pegados, con tan poco sitio para moverte entre ellos, te parecen gigantescos), con coches y
camiones llegando y moviéndose a bastante velocidad (los estibadores no paran de meter prisa). Hay
más peligro de ser atropellado en el parking del ferry que en las calles de Nápoles. No sé por dónde
salir. Veo una puerta cercana, me acerco y detrás veo una escalerilla de mano, estilo alcantarilla. Me
da que por ahí no va a ser…

Entre el caos, decido seguir a la gente que va saliendo de los coches y camiones. Parece que aquí
cuentan con que todo el mundo es un camionero harto de hacer esta ruta y que se las sabe todas,
porque no te dicen nada. Siguiendo a la gente, cruzo entero todo el parking y consigo salir por una
puerta donde sí hay escaleras llenas de gente que sube desde la planta de abajo, y más gente subiendo
a la de arriba. Pues a subir.

Salgo de la escalera del parking (que parece la de un pesquero o barco mercante, muy industrial) y
casi recibo un shock: de repente me parece estar en la recepción de un hotel de 4 estrellas. Caramba,
no me lo esperaba. Había leído bastante sobre estos ferries, y poco bueno, así que esperaba algo
cutre, pero el aspecto del interior no está nada mal.

Llego al camarote, donde ya está el resto de la familia. Un camarote pequeño, atestado de gente en
ese momento (mi familia). Esto sí es un poquito cutre: las puertas del armario rotas, malas calidades…
pero para dormir no se necesita más. También tiene un pequeño baño estilo tren, avión… o caravana.

Dejamos los trastos y salimos a cubierta. A explorar. Jo, no está mal el barco, tiene bar con terracita
en cubierta, con su piscina y todo (eso sí lo había leído, así que hemos traído bañadores por si las
moscas). Ahora es de noche, así que tras echar un vistazo, vamos a cenar los bocatas que traemos de
casa. En la cubierta de popa hay unos bancos y nos instalamos allí. Terminamos justo cuando están
entrando los últimos camiones. Suben los portones y el barco empieza a maniobrar para dejar el
muelle.

Zarpamos de Barcelona en hora (¡si todo el mundo decía que nunca es puntual!), y nos hacemos las
típicas fotos con las luces del puerto y demás. Luego, un rato a explorar el barco (restaurantes,
cafeterías, pequeño casino, zona de juegos… mucho más de lo que esperábamos, la verdad) y a dormir.

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Smiles

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Día 2 – El Mare Nostrum
Hoy va a ser prácticamente un día de navegación. No sabemos bien cuándo llegaremos a Civitavecchia:
creo que estaba previsto sobre las 21:00, pero tras el adelanto en la hora de salida, no hemos tenido
actualización. Además, todos dicen que siempre llega con varias horas de retraso…

Desayunamos en el camarote (hemos traído zumos y batidos y unos cuantos bollos y magdalenas) y
subimos a cubierta. ¡Guau, qué viento! Claro, luego nos damos cuenta: es que vamos a toda máquina,
esto es como ir en un descapotable; no es que haga viento, somos nosotros a toda velocidad sobre las
aguas. Navegamos a 28 nudos, algo más de 50 km/h, según veo en la web de Grimaldi.

                                                                Hace un día espléndido, y en la zona de
                                                                la piscina hay ya bastante gente
                                                                tumbada en las hamacas. Aún quedan
                                                                algunas libres, así que allá vamos. En
                                                                breve, los más dormilones ya no
                                                                encontrarán ni una.

                                                                Nos tumbamos a tomar el sol con un
                                                                librito, que tampoco hay mucho más
                                                                que hacer, y en breve llegamos a Porto
                                                                Torres, Cerdeña. A contemplar la costa
                                                                (fea en esta zona) y las maniobras de
                                                                atraque. El barco se vacía (casi todos
                                                                los turistas se quedan en Cerdeña, sólo
                                                                parecen continuar los camioneros) y
                                                                vuelve a llenarse al rato con los
                                                                italianos que han terminado sus
                                                                vacaciones en la isla y vuelven a casa.

                                                                Sigue pasando el día entre lecturas,
                                                                bañito en la piscina, asomarse a
                                                                cubierta mirando al mar… Y
                                                                finalmente llegamos a Civitavecchia.
                                                                ¡Es prontísimo! Sobre las 5 y media de
                                                                la tarde, creo. No sólo no se ha
                                                                retrasado, sino que hemos llegado
                                                                mucho antes de lo esperado.

Llegado el momento, anuncian que los que tengan coche pueden bajar a por él; en este caso, toda la
familia juntos, ya no es necesario que vaya solo “il conducente”. El desembarque de coches y camiones
va a toda mecha, cuando llegamos a nuestro coche ya está despejada prácticamente toda la planta, y
eso que hemos bajado rápido. Lo malo es que estamos encajonados contra la pared y hasta que no
salgan todos los camiones de alrededor no podremos movernos.

Pronto se despejan dos carriles, y el estibador me dice que adelante, que salga. Tengo que maniobrar
un poco marcha atrás para separarme de la pared, y girar 180º. Pero no me da el radio de giro, hay
otra fila más de camiones que me estorba. Intento maniobrar hacia atrás, pero tampoco tengo sitio.
Le digo al estibador que nanái, que no salgo. Y me dice que hay que esperar a que se desaloje la fila, y

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por lo que me parece entender, por alguna razón deben ser de los últimos y va para largo. “Mi
dispiace”. A mí me dispiace más, pero qué se le va a hacer.

En esto que se me ilumina la bombilla: ¿seré tonto? ¡Leches, que puedo desenganchar y dar la vuelta
a mano! Dicho y hecho. Al vernos, el estibador enseguida viene hacia nosotros y nos echa una mano.
En un minuto, conjunto girado y reenganchado. El tío entiende de esto, se asegura junto conmigo de
que está todo bien enganchado, incluido el cable del freno. Le damos las gracias y nos marchamos.

¡Deprisa, deprisa, por aquí! El desembarque es frenético, y en menos de un minuto hemos salido del
barco. Más estibadores-guardias de tráfico indicándote que sigas por aquí o por allá, y en nada ya
estamos en la carretera. Cogemos dirección Roma y ponemos rumbo al camping, el Seven Hills, en las
afueras de la ciudad.

Llevamos el camino bien estudiado, con las principales indicaciones anotadas para que el GPS no nos
juegue una mala pasada. Y aun así, no sé cómo conseguimos equivocarnos de salida metiéndonos por
una carretera secundaria. En vez de coger el “Grande Raccordo Anulare” de Roma, nos hemos metido
entre sembrados. Cojonudo, con 7 metros a la espalda. Pero no sabemos ni dónde nos hemos liado,
así que ya no nos queda otra que seguir el navegador y cruzar los dedos para que no nos meta por
algún sitio inaccesible.

Un recorrido que iba a ser todo autovía se convierte en un tour por la Italia rural, pero al final llegamos
a La Giustiniana, el pueblo donde está el camping. Yo me he estudiado en detalle el acceso (que no
está nada bien indicado desde la carretera) con Google Street View, pero lo he hecho viniendo desde
la circunvalación de Roma, y ahora hemos entrado al pueblo en dirección contraria. Voy fijándome,
que no se me pase la salida, que ahora debe quedar a la izquierda, desde esta carretera que cruza el
pueblo. ¡Ahí, ahí era, era esa calle! Lo típico, lo veo justo cuando paso por delante.

¿Y ahora dónde coño doy yo la vuelta? ¿Habrá alguna rotonda ahí delante? Seguimos, seguimos…
llegamos a otro pueblo sin haber encontrado ningún sitio donde dar la vuelta, y sigue sin haber
rotondas. ¡Joder, como sigamos terminamos en Roma! Veo una pequeña zona de aparcamiento a la
derecha, una de esas en forma de “vía de servicio” con respecto a la calle-carretera principal que cruza
el pueblo, y decido meterme por ella para salir por el fondo y dar la vuelta. Es arriesgado, porque es
estrecha, pero no veo otra…

Entramos y, despacito, despacito, pasando entre los coches aparcados a ambos lados, llegamos al
final, donde se incorpora a la carretera y donde espero girar 90º a la izquierda para volver por donde
veníamos. Pero no: la caravana no gira. Coches a ambos lados, giro cerrado… por ahí no pasamos.

Venga, sin perder ni un segundo, todos abajo: a desenganchar y girarla a mano. Ni “mover” ni leches,
no vamos a perder tiempo. Un “aparca” (o “gorrilla”) indio o pakistaní que hay por allí viene a echar
una mano. En un pis-pás hemos movido la caravana a mano y reenganchamos ya apuntando hacia
afuera, entre el regocijo de los transeúntes que han pasado un rato curioso. Le doy las gracias al indio;
luego me doy cuenta de que ya podría haberle dado un euro, pero ni se me ocurre. Da igual, él sonríe
y nos dice adiós, muy amable.

Ahora hay que salir a la carretera hacia la izquierda. No hay semáforos y el tráfico es constante. Si
espero que no vengan de un lado, vienen del otro. Y esto es Italia: aquí es la ley del más fuerte, nadie
para hasta que no tiene más remedio, nadie cede el paso, hay que ganárselo.

No estamos para tonterías, mando a Mari Jose que se baje y me pare el tráfico. Cuando veo que por
la izquierda tengo un hueco, saco el morro para cortar a los que vienen por ahí (en el poco tiempo que
llevo aquí ya he aprendido a conducir a la italiana) mientras Mari Jose hace de guardia de tráfico

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mandando parar a los que vienen por el otro carril. Obedientes, paran y yo salgo. Mari Jose sube al
coche y nos vamos. Nadie ha protestado: creo que lo hemos hecho muy a la italiana.

Bueno, finalmente llegamos al camping, tras recorrer unos 500 metros por una calle estrecha y llena
de basuras (es lo que más nos choca de esta estancia en Roma, la cantidad de basura que hay por
todas partes, parece España con huelga de basureros) en la que afortunadamente no nos cruzamos
con nadie, porque habría sido complicado. Nos instalamos, y tenemos el primer encontronazo con la
picaresca italiana: teóricamente cogen ACSI, pero cuando lo digo, todo son pegas. Al final, tiene fácil
“solución”: resulta que como somos 4 y ACSI sólo cubre 2, mira por dónde el precio que sale con
ACSI+2 es el mismo que para 4 sin ACSI. No hay forma de demostrarlo, su web no indicaba tarifas
desglosadas, y tampoco me apetece montar un pollo por unos pocos euros y sin tener pruebas
fehacientes. Ya le pondré a parir en los comentarios de Google…

 Bucólica y amplia carretera de acceso al camping Seven Hills. Se ve que el problema de la basura en Roma
 no fue algo puntual en nuestra visita, hasta sale en Google Maps.

Está anocheciendo y con instalarnos y cenar ya tenemos bastante. Mañana empezarán de verdad
nuestras “Vacaciones en Roma”.

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Día 3 – Roma en julio es mucha Roma
Desayunamos, nos aseamos y nos marchamos a coger el cercanías, que es la forma más práctica de
llegar al centro. El camping tiene un bus que te acerca a la estación (está cerca, pero no tanto como
para ir andando), pero además de costar 1€ por persona (un abuso para el equivalente a una sola
parada de autobús) sólo pasa cada hora. Para ir, vale, pero para volver es una jodienda, y en Google
me ha parecido ver que por la zona de la estación no debe ser difícil aparcar. Así que vamos en coche.

Aparcamos sin problema y gratis al ladito de la estación. Cogemos el tren (4€ por persona, creo
recordar que era ida y vuelta) y bajamos en Roma-Ostiense, junto a la pirámide de Cayo Cestio y una
puerta de la muralla. Caminata hacia el foro (hemos decidido empezar por lo duro, ahora que estamos
aún frescos). No podemos negar lo que somos: gorras, gafas de sol, pantalones cortos, sandalias para
llevar los pies fresquitos (¡gran error!) y mochilas repletas de agua. Preparados para cruzar el desierto.
Es temprano y ya pica el sol…

Hasta el foro es una buena caminata, media horita de pateo, pero por el camino vamos viendo la
pirámide y el Circo Máximo y les vamos contando a los niños lo que era aquello. Ni una cosa ni la otra
merecen mucho la pena, pero amenizan el camino hasta llegar a la entrada del foro.

Allí la cola es enorme, tenemos por lo menos para media hora, si no más. Mi hija empieza a
recriminarme, porque me insistió una y otra vez en que sacase las entradas por internet, pero yo le
respondía que nunca había visto grandes colas a la entrada del foro, y no me apetecía pagar los 3€
extra por barba que te piden en Italia cada vez que quieres comprar entradas online. Claro, yo había
estado siempre en Roma en octubre o noviembre (¡qué gusto! Roma hay que visitarla en esas fechas)
y ahora en julio me encontraba con aquellas colas…

Nos pusimos a hacer cola y decido acercarme a la taquilla para ir viendo precios y demás. Cuando me
acerco, veo que las taquillas están vacías: ¡la cola es para entrar! Pues vale, iré cogiendo las entradas.

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Yo, con mi italiano de garrafón: “Tre adulti e un bambino”. Y la de la taquilla: “¿Qué edad tiene el
niño?”. Toma ya.

Antes, si querías ver el Palatino, pagabas el Palatino. Si querías ver el foro, pagabas el foro. Y si querías
Coliseo, pues Coliseo. Ahora pagas todo junto, aunque sepas que el Palatino y el Coliseo te lo podrías
ahorrar perfectamente.

Me dan las entradas y me indican que pase… ¡sin esperar la cola! Alucino: ¡la cola es para los que traen
las entradas ya compradas! Llamo por teléfono a Mari Jose, que espera cien metros más atrás, y le
digo que p’alante como los de Alicante, que tenemos entrada VIP. Al final, ha salido bien lo de no
comprarlas online.

Foro, Palatino… mi hija y yo somos romanófilos a tope, pero hoy no es el día: con el sol cayendo a
plomo y en medio de aquel descampado sin una sombra, visitar las ruinas es una tortura. Encima, mi
mujer y yo ya las conocemos, y aunque están bien, pagaríamos lo que nos ha costado la entrada por
una cafetería con aire acondicionado.

Dos o tres horas más tarde hemos terminado la visita y salimos hacia el Campidoglio. Cuesta arriba.
Sol de plano. 36º, dicen que hace, pero se sienten como más de 40º, y seguramente se pasa de esa
cifra a pleno sol. Estamos todavía con los flecos de una ola de calor que ha asolado media Europa,
ideal para patear ciudades. Mira que me gusta a mí el Campidoglio, me parece un rincón maravilloso
de Roma, pero hoy sólo queremos sentarnos a la sombra que hay junto a la fuente. El verano no se
ha hecho para el turismo urbano.

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Diego, posando para la foto. El resto de la familia, sentados a la sombra.

Bajamos de la colina capitolina, pasamos por delante de la máquina de escribir (monumento a Vittorio
Emanuele III), y de ahí nos vamos a la Fontana di Trevi pasando de largo el foro de Trajano (la Vía dei
Fori Imperiali la recorreremos más tarde). Luego paramos a comer un poco de pizza al taglio y toca
volver al Coliseo, que tenemos entrada con hora. Caminata. Paliza. Sol. Y cola para entrar al Coliseo,
aunque vamos con hora.

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Ante el panorama de esperar media hora de cola al sol, proponemos abandonar, sabemos que el
Coliseo por dentro no vale nada, pero Laura tiene curiosidad. Lógico, y encima está pagado. Pues nada,
a esperar al sol. Nos derretimos, pese a las gorras y demás.

Cuando salimos, aún es temprano, pero estamos todos machacados. Más por el calor que por otra
cosa, pero no podemos más. Votamos volver al camping y descansar. Caminata hasta la estación: el
camino que al venir nos pareció un paseo, ahora parece una tortura, estamos muertos de cansancio y
de calor.

El tren, con su aire acondicionado, es una bendición: 40 minutos sentados al fresco. Parecemos revivir,
pero llevamos los pies machacados; jodidas sandalias, a quién se le ocurre ponérselas para pasar un
día pateando asfalto. Ahora entendemos por qué los guiris las llevan con calcetines, no son tan tontos.
¡Lo que daríamos por llevar los pies bien sudaditos dentro de unas zapatillas de deporte acolchadas…!

                                                                       En el tren, agotados. ¿Todos…?
                                                                       Qué va, el pequeño aguanta lo
                                                                       que le echen…

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Antes de ir al camping, paramos en un supermercado cercano a la estación: hay que hacer la compra
básica para los próximos días. Es más grande de lo que uno esperaría para un pueblo de extrarradio
como éste, y alucinamos con los pasillos repletos de mil tipos de pasta fresca, seca, rellena, sin
rellenar, y con nombres que no hemos visto nunca. Compramos una especie de espaguetis
supergordos típicos de la Toscana (“pici”), y elegimos entre las decenas de versiones de salsa de
tomate. Con un poco de guanciale que también encontramos por allí, hoy cenaremos pasta
all’amatriciana que nos queda exquisita.

Una vez en el camping, lo primero es ponerse el bañador y bajar a la piscina. Ir de excursión a la piscina,
mejor dicho, porque hay un buen trecho, y con cuesta. Cogemos el coche, que ya hemos andado
bastante por hoy. Por el camino vemos que este camping es básicamente un campamento de
bungalows oscuros y viejos, casi sin ventanas, ocupados por excursiones de jóvenes americanos en
viaje de juerga… digo… cultural… por Europa. Las parcelas ocupan una corta callecita, el resto es un
antiguo complejo que conoció tiempos mejores, allá por los años 80; se nota en la decoración, en la
pinta de la piscina y su bar…

La piscina cumple con su función: está mojada. Y hay muchas hamacas muy nuevas, ocupando hasta
el último centímetro de suelo libre a su alrededor. Bonito no es, y el césped es artificial, por lo que
cuando sales del agua chapoteas en una especie de alfombrilla encharcada, lo que resulta bastante
desagradable. Pero se agradece el baño, y al salir incluso se agradece tumbarse al sol. Increíble, todo
el día suplicando una sombra, y ahora se está bien al sol. Qué cosas…

No me enrollo más: cenamos, descansamos un poco al fresco mientras nos devoran los mosquitos
tigre (hay que alimentar a la fauna local) y a la cama temprano, que mañana nos espera otro duro día
de sol en Roma. Qué dura es la vida del turista…

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Día 4 – Roma post-imperial
Ayer tocó la Roma clásica, hoy ya será, esperamos, un día algo más tranquilo (el foro en verano mata),
visitando calles, plazas e iglesias.

Bajamos del tren en la estación del Vaticano, y aprovechamos para echarle un vistazo a la plaza y la
basílica. Los niños alucinan con la guardia suíza y sus trajes de bufón, y alucinan más cuando les digo
que en realidad son tropas de élite “nasíos pá matá”. También alucinan viendo aquí y allá curas con
sotana, monjas con hábitos blancos, negros o marrones, cardenales con faja y birrete rojos, y demás
fauna religiosa, andando por allí como si tal cosa o hasta comiendo un helado. Me doy cuenta de que
en realidad en la España actual ellos no han visto gente vestida así prácticamente nunca.

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Vaticano, Castell Sant’Angelo y cruzar el Tíber hacia Piazza Navona; qué pena, esta maravilla no se
disfruta una mañana de verano al sol: es para disfrutarla al atardecer o por la noche y mejor otro mes
del año, pero a esas horas estamos muertos.

                      La Piazza Navona; mucho mejor al atardecer, o por la noche…

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De allí al Panteón (¡qué horror, nosotros lo hemos visitado casi a solas, ahora apenas puedes
moverte!), y luego a darnos un capricho comiendo unos deliciosos helados en Giolitti; nos lleva más
tiempo elegir entre sus más o menos 100 sabores que comérnoslos. Pasar por Piazza Colonna con su
columna de Marco Aurelio, volver a la Fontana di Trevi, y más pizza al taglio para comer; hoy
acertamos, comemos en el local del que la prensa romana ha calificado como “il re de la pizza al
taglio”, según vemos en recortes pegados en la pared, y está más buena y barata que ayer, y además
comemos sentados.

Paseo hasta el Foro Trajano y recorrido por la Vía dei Fori Imperiali, y de ahí al ghetto. ¡Qué gusto la
sombra en sus calles estrechas y tranquilas! Saliendo hacia el Tíber, veo un pequeño letrero que
anuncia un pequeño museo judío con entrada gratuita. No sé de qué va, ni qué hay, ni me importa,
pero seguro que dentro se está fresco: aviso al resto, y p’adentro.

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Hay un control de seguridad, hay
que enseñar el contenido de las
mochilas y pasar por un arco
detector de metales. La vigilante,
simpática, se parte de risa al ver
el contenido de nuestras
mochilas:     “Acqua,      acqua,
acqua!”, exclama riendo. Algún
comentario sobre el calor que
hace… qué nos va a contar a
nosotros…

El museo es chiquitín, una
pequeña muestra en memoria de
la      Shoah,       básicamente
fotografías y recortes de prensa,
ejemplos de propaganda fascista
antijudía y cosas así, todo en
italiano solamente. Para hacer
tiempo disfrutando del aire
acondicionado, lo recorremos
con calma, mientras voy leyendo
y traduciendo lo principal a los
                                             El coqueto y sombreado
niños y hablando un poco sobre la
                                             ghetto de Roma
persecución a los judíos por toda
Europa. Somos los únicos
visitantes del museíto. Una pareja de ancianos, con pinta de haber vivido aquello en persona, nos
observan sentados en la esquina de una sala.

Salimos, nos despedimos de nuestra risueña amiga de la entrada, y cruzamos el río para dar un paseo
por el Trastevere, que ahora en verano encontramos lleno de turistas y de camareros que te asaltan
por la calle para que te sientes en sus terrazas. Definitivamente, Roma no es para visitarla en esta
época: recordamos con nostalgia lo que la disfrutamos en visitas anteriores fuera de temporada…

                                                        Descanso en Santa María in Trastevere
                                                        (bizantina y muy chula, pero lo mejor de las
                                                        iglesias romanas es que son gratuitas y
                                                        frescas y siempre hay sitio para sentarse;
                                                        son un sitio ideal para descansar) y
                                                        decidimos volver al camping, que ya está
                                                        bien por hoy. Nos hemos dejado cosas del
                                                        plan inicial para hoy: Foro Boario, Bocca
                                                        della Veritá… Están cerca, pero estamos
                                                        cansados, y sabemos que tampoco son
                                                        imprescindibles. Nosotros ya lo conocemos
                                                        y los niños ya tendrán tiempo de descubrirlo
en alguna otra visita a Roma. Porque volverán, seguro. A Roma hay que volver… pero mejor en otras
fechas.

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Día 5 – Museos Vaticanos y despedida de Roma
Hoy toca museos vaticanos. Como casi todo en Roma, Mari Jose y yo ya los conocemos, y Diego, a sus
11 años, se aburrirá en ellos. Pero Laura, con 17, es como yo, una enamorada de la Roma clásica, y no
quiere perdérselos, y a mí no me importa repetir. Nos importa poco su supuesta atracción principal
(la Capilla Sixtina), que realmente casi se contempla mejor en cualquier foto o en visita virtual por
ordenador, y pasamos de la pinacoteca llena de cuadros de santos y vírgenes, pero la colección de
arte antiguo, sus colecciones de la antigua Roma, son para quedarse boquiabierto. Hay más material
aquí que en todos los demás museos laicos de Roma juntos. Si vas a las termas de Caracalla sólo verás
muros, pero si quieres ver todo lo que había dentro, tienes que venir al Vaticano. La Iglesia siempre
supo identificar los tesoros… y apropiárselos.

Para esto sí hemos reservado las entradas por internet, porque sabemos que aquí sí hay colas, y largas:
hemos visto colas dando la vuelta a varias manzanas en pleno otoño. Las entradas se sacan con hora,
y como lo hicimos desde Madrid, antes de saber el tiempo exacto de desplazamiento desde el camping
hasta aquí, hemos sido conservadores, y cuando llegamos a la puerta falta aún una hora para nuestro
turno. Probamos a ver si cuela, pero no: nos echan para atrás. Alrededor de la entrada está todo lleno
de asistentes acreditados por el Vaticano (todos indios o pakistaníes) que organizan a la gente y les
indican por dónde ir o en qué cola ponerse. Cuando nos preguntan si tenemos entradas, les decimos
que sí y les contamos nuestras penas (como son indios, hablan inglés… o algo parecido; algunos, muy
poco parecido); nos dicen que volvamos a intentarlo cuando falte media hora para nuestro turno, y
pasaremos. Esperamos por allí sentados (alrededor de la entrada a los museos vaticanos no hay NADA
que hacer), y a falta de media hora probamos, y nos dejan pasar.

               Laura, encantada de haberse reencontrado con sus amigos Perseo y Medusa.

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Esculturas, mosaicos, fuentes, bañeras, mausoleos… ya lo conozco pero lo disfruto igual; mi hija se
queda alucinada con algunas obras, como me pasó a mí la primera vez. Vamos por los pasillos pisando
mosaicos romanos en un estado de conservación increíble, que en cualquier otro sitio estarían
protegidos por veinte vallas. Aquí tienen tanto, pero tanto, tanto, que les da igual que miles de
personas pisen cada día aquellas antigüedades únicas.

Pese a todo, no puedo evitar (de nuevo) recordar con nostalgia mi anterior visita a los museos, fuera
de temporada. Había gente igual (los museos siempre están llenos, aunque la mayor parte de las
visitas van a piñón a ver la Capilla Sixtina y pasan del resto), pero al menos pudimos verlo todo. Hoy
hay salas enteras con el paso cortado, y sólo puedes ver su contenido de lejos. Por ejemplo, las salas

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de los animales, con mosaicos, frescos y esculturas de la Roma clásica representando diversos
animales con un grado de detalle casi propio de Miguel Angel. En nuestra visita anterior pudimos
verlas de cerca, ahora no se puede pasar, sólo mirar desde la puerta. Me imagino por qué: hay muchas
esculturas delicadas al alcance de la mano, y en julio hay demasiada gente. No se fían. Seguramente
en otras fechas vuelven a permitir pasar a esas salas, pero en verano no. Supongo que hacen bien,
pero a mi hija y a mí nos jode. Mucho.

                                                                              Incluso fuentes de la
                                                                              antigua Roma…
                                                                              estos museos son
                                                                              una joya

Dedicamos casi toda la mañana a la colección de la Roma clásica. Dedicamos un ratillo a la colección
del Egipto antiguo, pero nos interesa menos y además ya hemos visitado buenas colecciones egipcias
en el British Museum no hace mucho. Pasamos por la Capilla Sixtina porque hay que pasar, y
deambulamos a toda marcha por el camino que te obligan a seguir, con colecciones religiosas
(cuadros, tapices, mobiliario, vestimentas…) que no nos interesan. Pero nos quedan los sótanos,
donde no va casi nadie pero sé que hay una colección no tan espectacular pero grande de arte griego
y romano. Llegamos, y por alguna razón no se puede pasar. Cerrado. Todo un museo cerrado, y no hay
explicación del porqué. Joder, pues ya nos podían descontar la parte proporcional de la entrada, que
no es barata…

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Al final, teníamos previsto comer allí (tienen restaurante, y la otra vez que estuve nos duró la visita
hasta media tarde), pero entre salas y museos cerrados, y partes que sabíamos que no nos
interesaban, habíamos terminado sobre la 1. Habíamos quedado en que cuando acabáramos,
llamaríamos a mi mujer (que estaba con Diego en el camping, disfrutando de un día de descanso en la
piscina) y quedaríamos en algún sitio. Suponíamos que ellos comerían en el camping y nosotros en los
museos, pero la llamé diciéndole que vinieran ya y comíamos por aquí. Decidimos quedar sobre las 2
en Piazza Spagna, que era uno de los sitios clave que aún teníamos pendientes. Faltaba una hora, para
ellos sería suficiente (tren y metro) y a nosotros en autobús nos sobraría tiempo.

Pero hoy chocamos con la “eficiencia” romana: esperamos al autobús, esperamos y esperamos, y
seguimos esperando, y no pasa. 10 minutos, 15, 20… Llegan otros autobuses, pero no el nuestro. No
llega nunca. Se supone que pasa uno cada 10 minutos, pero ha pasado media hora y nada. Empezamos
a pensar seriamente en ir andando, no está muy lejos, pero sabemos que, por la ley de Murphy, en
cuanto dejemos la parada llegará uno. Otros que también esperan se van yendo, y a los 40 minutos
decidimos que se acabó: aquí no viene el autobús. Y no hay metro (el metro en Roma no tiene una
gran red, y se entiende). Al final, los que íbamos a tener que esperar vamos a ser los esperados.

Caminata. Hoy, que iba a ser un día descansado, vuelta a pegarnos la paliza andando a pleno sol. La
Piazza di Spagna no está lejos, pero a lo tonto son 3 km, media hora larga andando a paso ligero.
Cuando llegamos, ya nos están esperando: han tardado menos ellos en venir desde el camping que
nosotros desde el Vaticano, que es prácticamente cruzar el río.

                                                            Fotos obligadas con la escalinata y la
                                                            fuente de Bernini, y a buscar dónde
                                                            comer. Vemos un McDonald’s ahí al lado,
                                                            y decidimos cambiar la comida rápida
                                                            italiana por comida basura americana, que
                                                            ya estamos algo cansados de tanta pizza.
                                                            Y digo bien lo de comida basura y no
                                                            rápida, porque este McDonald’s no puede
                                                            calificarse en absoluto de comida rápida:
                                                            qué descontrol, qué caos, qué
                                                            desbarajuste… mira que hemos estado en
                                                            McDonald’s en diferentes países, y
                                                            siempre es llegar, pedir, y ser servido,
                                                            pero aquí esperamos casi media hora
                                                            entre el pedido y la recogida. Llego a
                                                            pensar que se ha perdido nuestro pedido
                                                            y lo digo, pero no, ahí sigue, en espera.
                                                            Joder, que son unos macnosecuantos
                                                            corrientes, que no hemos pedido nada
                                                            raro… Pues nada, a esperar. Finalmente,
                                                            hambrientos y hartos, recibimos nuestra
                                                            bandeja, devoramos la conocida bazofia
                                                            en 10 minutos (lo bueno es que aquí
                                                            nunca hay sorpresas, siempre sabes que
                                                            vas a comer la misma cataplasma
                                                            estandarizada), y vuelta a la calle.

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El plan para hoy es ligero. De hecho, casi no hay plan. Improvisamos: algunas iglesias, y los niños no
quieren perderse el morbo de la cripta de los capuchinos, después de haberles descrito lo
impresionante que resulta ese culto a la muerte. Está aquí al lado, así que allá vamos.

Llegamos a Vía Veneto, que ya no es lo que era a principios del siglo pasado, y allí está la Chiesa di
Santa María della Conzecione dei Capuccini. Hace años, nada indicaba que allí hubiera algo digno de
ver, y la existencia de la cripta era casi un secreto reservado a unos pocos. Ahora, la fachada de la
iglesia está llena de grandes pancartas que anuncian la posibilidad de visitarla. Algo que anticipa lo
que nos espera: los precios se han disparado. Cuando estuvimos hace años no recuerdo cuánto costó,
pero era casi un donativo, 1 ó 2€. Ahora son 6€ por barba, incluso los que no la tienen (niños incluidos).
24€ por 5 minutos de visita nos parece un robo, y una vez que ya lo has visto una vez, aquello no
merece la pena repetirlo, así que les preguntamos a los niños si se atreven a visitarlo solos. Nos dicen
que sí, sin problema (ya digo, a estos les va el morbo), pero cuando intentamos sacarles entradas para
ellos solos, el de la taquilla se escandaliza, nos mira como si estuviéramos locos o fuésemos unos
padres irresponsables: no, no, tienen que ir acompañados de un adulto. Joder, si la cría tiene ya 17
años. Pues no. Así que me toca repetir muertos y soltar la guita. Mari Jose, entre tanto, a disfrutar
sentada al fresco en la “chiesa”.

Cómo ha cambiado esto: para justificar el
sablazo, han hecho un museo previo a la cripta, a
la que antes bajabas directamente, sin más. Un
coñazo: libros y hábitos de capuchinos, y mucho
letrero. Nos importa un pimiento la historia de los
padres capuchinos, queremos ver a los muertos,
y allá que vamos sin pararnos.

Siendo mi segunda vez, la cosa ya no impresiona
igual. Al contrario, casi me decepciona un poco,
frente a la sorpresa y el impacto de la primera
vez. Pero lo que me sorprende es cómo estos dos,
sobre todo el pequeño, se pasean entre los
huesos y las momias como si tal cosa, como si
fuera lo más normal del mundo. Joder, si a mí la
primera vez me dio un poco de aprensión,
pensando que iba a rozar aquellas paredes de
huesos, o que mi cabeza iba a tocar las lámparas
hechas de vértebras, mientras el esqueleto
recubierto de piel reseca con la mandíbula caída
me miraba fijamente a los ojos… Pues nada, estos
                                                       La cripta de los capuchinos. ¿Que no se ve nada?
disfrutan: mira esa mano reseca… mira éste cómo        Es que había poca luz… Mejor venir aquí sin haber
tiene todavía trozos de piel a cachos en el            visto imágenes previas.
cráneo… mira ese angelito asesino que han hecho
con una calavera y unos omóplatos a modo de
alitas… La leche, a estos ya no les asusta nada…

Salimos y seguimos improvisando. Toca ver iglesias, que hay varias interesantes cerca. A Santa María
della Vittoria, que Laura quiere ver el Éxtasis de Santa Teresa, de Bernini (¿de dónde le ha salido a ésta
tanto amor por el arte?). Desde allí, tenemos al lado Santa María degli Angeli e dei Martiri, que es
curiosona por estar construida aprovechando las termas de Diocleciano, y conserva enormes

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columnas romanas que sé que a Laura le van a impresionar; así que allí vamos, sin saber que nos
espera una visita algo surrealista.

Hasta ahora no hemos tenido problemas en ninguna iglesia, ni siquiera en San Pedro. Las chicas se
ponen un pañuelo en la cintura para cubrir las piernas, que los pantalones cortos dejan ver las rodillas
y eso es muy peligroso, y listo. Los hombres podemos enseñar las rodillas, y creo que hasta un huevo
si se nos antoja, que con esos pelos no representamos peligro para nadie.

Pero aquí tenemos a la entrada a la guardiana del calabozo, camuflada como señora de la limpieza.
Está con una fregona venga a fregar la iglesia, pero eso no es más que un disfraz: en realidad, es una
estricta vigilante del decoro y la decencia, y mi mujer ha osado penetrar en ese santuario de la moral
católica con un vestido que le deja los hombros al descubierto, exceptuando dos bandas tapadas por
los tirantes. ¡Los hombros! ¡Dónde vamos a llegar, Jesucristo va a desclavar sus manos de la cruz y a
taparse los ojos ante tal ofensa! Con muy malos modos, le pide que se tape, peaso guarra, mientras
agita la fregona como si le fuera a atizar con ella. Casi nos da la risa con la escenita, y Mari Jose,
alucinando, le dice que vale, que no se exalte, que ya se echa un pañuelo…

La tipa vuelve a pasar el mocho y nosotros vamos viendo la iglesia, que tampoco es que tenga mucho
excepto los grandes espacios abiertos de las antiguas termas, las gigantescas columnas romanas de
mármol rojo, y la curiosidad del meridiano solar y un péndulo de Foucault que hoy está parado (una
iglesia muy científica, ésta). En esto que Mari Jose ve a otras que se pasean con vestidos similares al
suyo sin pañuelo ni nada, y se mosquea: ¿esas sí pueden y ella no? Se quita el pañuelo, pero la vigilanta
camuflada no nos quita ojo, y ya viene a paso rápido pegando gritos y señalando con la fregona: ¡que
se ponga el pañuelo o nos vamos! Joder con la tipa… vale, se pone el pañuelo, pero también nos
vamos, que esto ya está visto. Mientras salimos, entran un par de chicas con aspecto de
norteamericanas que inmediatamente se llevan la bronca de la guardiana de la moral católica con
fregona y terminan por darse la vuelta. En fin…

Por hoy esto es todo: a comprar unos recuerdos que Laura quiere llevar a sus amigos, y vuelta al
camping a descansar. En Roma aún podríamos ver muchas cosas: no hemos visto el Moisés en San
Pietro in Vincoli, no hemos visto Santa María Maggiore con sus mármoles de colores, no ha habido
tiempo para pasear por Villa Borghese, a mí me habría gustado ver el Ara Pacis, que es algo que aún
tengo pendiente, tampoco hemos paseado por la Via Appia Antica junto a sus mausoleos… Y no hemos
disfrutado de la ciudad. Ha sido una visita de turismo maratoniano, y Roma no se merece esto.
Sabemos que Roma necesita casi una vida entera para verla toda, que eso no lo consiguen ni los que
viven allí y tampoco aspiramos a ello, pero esto ha sido agotador y sólo hemos visto la Roma
superficial, la de las postales. Lo sabemos, porque en otras ocasiones sí hemos disfrutado algo, no
mucho pero algo, de la verdadera Roma, con menos turistas, menos calor, y más tiempo. Roma no se
visita en 3 días, pero es lo que hay: los niños necesitaban esta primera pincelada, y ya tendrán tiempo
de volver y disfrutarla como se merece. Todavía queda mucho por ver en este viaje, y Roma era, para
los adultos de la familia, un destino ya muy trillado, que además nos ha decepcionado mucho en
verano. No se puede visitar Roma en verano.

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Día 6 – Rumbo a Nápoles
Hoy empieza lo nuevo. Hemos estado muchas veces en Italia, pero nunca hemos ido más allá de Roma.
Hoy salimos hacia Nápoles y Pompeya. Terra incognita. Para los adultos, va a ser la única visita nueva
de estas vacaciones, así que hay curiosidad. Lo malo es que prácticamente acabamos de empezar las
vacaciones, y Roma y, sobre todo, el calor, nos ha dejado ya agotados. Debemos estar viejos, pero sólo
pensamos en acortar días para poder añadirlos a los tres que planeamos descansar a la vuelta en la
playa.

El viaje hasta Nápoles es cómodo, todo autopista. De peaje, claro. En Nápoles no hay ni un solo
camping (no me extraña), se acumulan todos en Pompeya. Muchos, pero todos malos, según he
deducido de los comentarios por internet. Hemos elegido el que parece algo menos malo, el Pompei
Village, pero sabemos que debemos ir prevenidos. El de Roma no nos ha gustado, pero éste será peor.

La idea inicial era visitar Pompeya y Herculano. Pero el recuerdo de nuestra visita al foro y el Palatino
en Roma nos da terror: Pompeya por sí sola requiere unas 9 horas si se quiere ver entera de forma
exhaustiva, pateando piedras a pleno sol. Herculano es mucho más pequeño, 2-3 horas, pero estamos
hechos polvo. Joder, es lo único nuevo para Mari Jose y para mí de todo el viaje, y sobre todo a Laura
y a mí nos apasiona todo lo romano, pero sólo de pensar en sufrir dos días de patear ruinas al sol nos
dan ganas de llorar. Con mucho dolor, decidimos elegir: suprimiremos Herculano. Nos jode, nos da
mucha pena, nos hacía ilusión, pero es que sabemos que no lo vamos a disfrutar, no merece la pena.
Leches, que estamos de vacaciones y esto parece una sesión de tortura, por culpa del calor. Por
supuesto, nos olvidamos también de la villa de Oplontis, que teníamos como opcional. Y quizás hasta
ganemos un día más de playa, un merecido premio como final de vacaciones…

Llegamos al camping. Minúsculo, pero no tiene mala pinta. Parcelitas con césped delimitadas por
setos, no muy grandes, pero nos dejan aparcar el coche en otro sitio y nos da para instalarnos
cómodamente. Hemos llegado temprano, así que nos instalamos y, por primera vez en Italia, hacemos
una comida casera a medio día; hasta ahora, habíamos derivado los platos fuertes y caseros a las
tardes-noches, al estilo europeo, comiendo a medio día algo ligero mientras turisteábamos de acá
para allá. Hoy incluso tomamos café cómodamente sentados en nuestra parcela a la sombra de un
árbol, y el camping no nos está pareciendo que esté tan mal… hasta que tenemos que usar los
fregaderos y los baños.

No hay fregaderos. El minicamping es la trasera de un restaurante de carretera, y para fregar hay que
ir a la lavandería del restaurante, donde hay un fregadero entre lavadoras, tablas de planchar, y
montañas de manteles lavados o por lavar. Pero los baños es lo peor…

Recuerdo los baños de gasolinera de mi infancia. Lugares infectos a los que sólo debías entrar en caso
de emergencia. Lavabos ennegrecidos, grifos pringosos, baldosines mugrientos y rotos, tazas a las que
mejor apuntar desde lejos… ¿os suena? Pues algo así era lo que había allí. Una taza y un lavabo para
todo el camping, en esas condiciones. La ducha, me asomé ligeramente… del mismo estilo, y sin un
mísero gancho donde colgar nada. Creo que hoy no me ducho, mañana será otro día…

Tenemos la tarde libre, así que decidimos ir a ver Nápoles, que sabemos que no tiene nada que ver,
pero habrá que verlo. Lo que sí dice todo el mundo es que en Nápoles se come muy bien, tanto pizza
napolitana como auténtica comida casera italiana o ricos dulces típicos. Así que veremos lo poco que
haya que ver y cenaremos allí.

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He leído que aparcar en la calle en Nápoles es casi un imposible, y los parkings en el centro son muy
caros. Pero hay algunos parkings municipales de bajo coste, y localizo uno que parece estar a una
distancia razonable del centro. Allá vamos.

La entrada a Nápoles es fea de cojones, con perdón. No es que esperemos mucho más del centro,
pero el extrarradio es industrial y cutre. Y el parking (un megaparking vertical de muchas plantas) es
tan cutre como lo demás.

Entramos y está prácticamente lleno. Subimos una planta, otra, otra… llegamos a la última, y aquí hay
sitio. Aparcamos. El parking es desolador, parece sacado de una escena de Mad Max. No hay señales
de salida peatonal, no hay señales de por dónde ir a la caja… encuentro un mapa de esos de
emergencias en una pared, pero la salida que indica allí está cerrada. Finalmente encontramos el
ascensor y bajamos.

Aquello da mala espina. No hay un alma, todo es cutre, estamos en un barrio que parece un polígono
industrial… ¿seguro que desde allí llegaremos andando al centro? Saco de nuevo el móvil, consulto el
mapa… Joder, creo que estamos más lejos de lo que creíamos. Vámonos, mejor pagar un poco más
pero dejarlo en un sitio más normal.

Buscamos dónde pagar, y tras varias vueltas hallamos una máquina desvencijada. Nos sopla un par de
euros sólo por entrar y salir, hay que joderse. Nos vamos.

Los parkings del centro andan por 6€ la hora, nos va a salir esto por un pico, pero es lo que hay. Al salir
del parking, vemos gente esperando el autobús… quizás sea ése el truco, dejar allí el coche y coger el
bus, pero no estamos para experimentos; si hay que pagar, pues pagaremos.

En esto que, llegando al centro, veo una placita reconvertida en parking de superficie. Y hay sitios
libres. Entramos y aparcamos. No sabemos cómo va aquello: está claro que hay que pagar (hay un
cartel del ayuntamiento, hay tarifas por horas…) pero no vemos parquímetros. Allí hay un viejo
sentado en una silla plegable en medio del parking, al que unos jóvenes que acaban de aparcar delante
le han dado alguna moneda, y ya viene hacia nosotros. Está claro que es el “aparca” o “gorrilla” del
sitio, y aprovecho para intentar preguntarle en itañol cómo funciona aquello. Me pregunta cuánto
tiempo voy a estar. Yo qué sé… ver un poco aquello y cenar… unas 3 horas, supongo… Pues nada, para
3 horas no te pongas aquí, me dice, sino allí, y me das a mi 5€ y listos.

Me señala una zona junto a unos contenedores de basura, donde hay espacio sin delimitar como
plazas de aparcamiento, y donde ya hay un par de coches aparcados y queda un sitio. ¿No habrá
problemas con “la polizia”?, pregunto. “Nessun problema, cento per cento sicuro, nessun problema”.
Me imagino que es como en Madrid: si pasa el controlador del parking, te puede multar por no tener
el papelito o por haberte pasado de la hora, pero no puede multarte si estás mal aparcado, porque no
tiene autoridad para eso, para eso tiene que venir un policía. Pero es que a lo mejor viene un policía,
así que insisto: “¿Ma… sicuro, no polizia qui, no problema?” “Cento per cento sicuro, nessun problema,
lo garantisco”. Y me tiende la mano, como jurándomelo. Le falta escupírsela antes. Le doy la mano y
me digo que bueno, que seguramente tiene razón, no tiene pinta de que esa placita llena de pintadas
y gente sentada en sus sillas (que no nos quitan ojo) sea muy frecuentada por la policía. Le doy sus 5€
(sé que me está timando, pero es bastante menos de lo que pensaba gastarme y prefiero tenerle
contento, que quiero encontrar el coche entero) y aparco en tierra de nadie. Nos vamos.

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Mi amigo de la Camorra. Tan famoso que hasta sale en Google Maps. Al final aparqué donde el coche
             negro, al lado de la basura. A la derecha, las plazas de aparcamiento “oficiales”.

Mari Jose alucina. ¿Y te fías de él? Pues tanto como de un Rolex comprado en Aliexpress, pero ¿qué
voy a hacer? Ya verás como no encontramos el coche. Calla, mujer, no será para tanto… Pero la verdad
es que el barrio no da mucha seguridad. Pero es que nada en Nápoles da mucha seguridad. Nápoles
es la anti-seguridad.

No digo nada, pero a medida que vamos andando hacia el centro (el viejo, contento con sus 5€, nos
ha dicho hacia dónde era, mientras nos recalcaba que no olvidemos que hemos aparcado en la “Piazza
del Carmine”, no sea que no sepamos volver) voy pensando que mi mujer tiene razón: ¿por qué leches
he aparcado ahí, donde luego hemos visto un coche abandonado, basuras y pobreza (es decir… puro
Nápoles) pudiendo aparcar en el centro sólo pagando un poco más? Sí, creo que me he arriesgado sin
motivo, y no debía haberlo hecho. Pero no digo nada, al contrario, intento quitarle importancia y
tranquilizarla. Quién sabe, quizás el viejo es el representante de la Camorra en el barrio y el coche va
a estar más protegido que en cualquier otro sitio… Mis hijos alucinan: ¿en serio? ¿Era de la Mafia?
Chsss… no digáis esa palabra, que no os oiga nadie, aquí está muy mal visto… ¿Pero era o no era? Yo
qué sé, lo he dicho de coña, pero puede ser… aquí hay mucho de eso, cada barrio tiene su dueño, y
esas cosas… a saber, pero mejor estar a bien con el viejo, por si acaso. Alucinan y nos reímos un poco...
pero en el fondo la verdad es que no me quedo muy tranquilo.

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En breve (Nápoles no es muy grande)
llegamos a lo único que hay en Nápoles:
Spaccanapoli, la calle que no se llama así
pero que todo el mundo conoce por ese
nombre (y que, como no se llama así,
inicialmente pasamos de largo y toca
volver). Una callejuela larga y estrecha, con
pinta de peatonal pero repleta de motos que
pasan pitando y rozándote y suciedad por
todas partes (como todo Nápoles), que en
realidad es como un bazar o una calle del
rastro madrileño, pero más cutre. Bares,
pastelerías    (bastantes),     tiendas    de
chorradas, tiendas de baratijas, tiendas de
todo… A quien le gusten los bazares
norteafricanos le gustará esto, pero
nosotros no le vemos su supuesto encanto.

Compramos unas “sfogliatella”, el dulce
típico napolitano por excelencia junto con el                  Spaccanapoli
“babá” (bizcocho borracho de toda la vida).
Ya que Nápoles nos está pareciendo una
m…, al menos a ver si de verdad su comida está tan buena. Pues sí, está bueno, no hay dulce malo,
pero tampoco lo vemos para tanto.

A lo tonto, se nos termina Spaccanapoli y salimos a la zona comercial y más animada de Nápoles, la
calle Toledo. La misma mala pinta pero entramos en zona de calles más anchas, más gente, y mucho
tráfico. Los niños alucinan viendo burradas una tras otra: un coche se pone a girar 180º en medio de
la calle, las motos avanzan haciendo slalom entre los que van y los que vienen, los semáforos son para
alegrar el gris del lugar con sus luces… Mi hija no deja de alucinar, por más que le digo que sí, que en
Nápoles esto es lo normal, que aquí las normas de tráfico son… opcionales.

A nuestro lado se abre el barrio español, con una pinta tan cutre como el resto. Además, aunque
hemos leído que actualmente es más o menos seguro durante el día, ha sido tradicionalmente una
zona poco recomendable. Por lo que se ve desde las calles que se internan en él, no tiene pinta de
tener absolutamente nada que merezca la pena, así que por unanimidad decidimos pasar de él. A este
paso nos vamos a liquidar Nápoles en menos de una hora.

Casi sin querer, llegamos a la Plaza del Plebiscito. Yo no pensaba que fuésemos a llegar tan lejos. Pues
mira, es lo único medianamente decente de Nápoles, al menos se puede hacer una foto y que parezca
algo. Al lado está la galería Umberto I, un curioso aunque pequeño pasaje abovedado con cristal de
estilo principios del siglo XX. Un par de fotos para decir que hemos estado en Nápoles, y listos.

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Toda ciudad tiene su lado fotogénico: la plaza del Plebiscito, en Nápoles.

Decidimos cenar y para casa. Pero es muy pronto. Por lo menos vamos a esperar a que sean las 8.
Queremos probar la pizza napolitana, y dejar Nápoles lo antes posible. Localizamos cerca de allí una
de las pizzerías que hemos visto como más recomendadas, y hacemos tiempo hasta que dan las 8, que
ya es una hora razonable para cenar en cualquier sitio que no sea España. Entramos sobre las 8 menos
10 y somos los primeros, pero es como cuando entras a un restaurante español a las 2 menos 5: estás
solo, pero en 5 minutos empieza a llenarse. Aquí igual, a las 8 empiezan a llegar italianos. Al menos, si
los napolitanos lo frecuentan será que hemos acertado con el sitio, que aquí la pizza es cosa sagrada.

La verdad es que la pizza es grande y barata. Si no recuerdo mal, por 20€ nos ponen 4 pizzas (son
individuales, aunque grandes): 2 margaritas y 2 marinaras, para probar los dos estilos napolitanos. No
hay más. Sabemos que en Nápoles echarle algo más a la pizza es cosa de guiris, aunque sí nos hubiera
gustado probar la pizza frita, pero aquí no hay. En otra vida será, porque, al menos yo, a Nápoles no
vuelvo.

 Le pizze napoletane: due
 margheritta e due marinara.

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Debemos ser muy esaboríos, pero la pizza está buena, sí, pero tampoco es para ponerse de rodillas y
dar gracias a Dios por su existencia, como algunos parecen hacerte creer. Para ser de tomate pelao, la
verdad es que la comes a gusto, pero al fin y al cabo… es pizza. Nos sobra casi una entera y les pedimos
que nos la pongan para llevar. Recalentada no estará igual, pero no vamos a tirarla…

Sobre las 9 ya estamos fuera, de vuelta hacia el coche. Con el cierre de los comercios, las calles se han
vaciado de gente rápidamente, y eso en un entorno como el de Nápoles no da seguridad. Hacemos el
itinerario hacia el coche por la principal avenida. Hay algún hotel y todo, y bastantes coches, pero
apenas hay nadie por la calle. Vagabundos sí. Apretamos el paso.

Anochece rápido (1 hora antes que en España), y andar por Nápoles sin gente es como andar por el
Bronx. Nos sigue alguien. No digo nada, pero voy alerta, me mosquea y aprieto el paso aún más. No
nos decimos nada, pero Mari Jose se ha dado cuenta igual. No hablamos, estamos nerviosos.

Dejan de seguirnos. Sólo era un napolitano corriente que iba a coger su coche, quizás estemos algo
neuróticos, pero el entorno no tranquiliza. Mari Jose empieza a ponerse un poco histérica: el coche, a
ver si encontramos el coche, a ver cómo está el coche. Tranquila, venga, ya queda poco. Más que
andar, casi corremos, debe parecer que estamos de marcha atlética. Bueno, puede que exagere un
poco, pero… poco.

Cada vez más oscuro, cada vez menos gente, cada vez más basura, cada vez más vagabundos, cada
vez más edificios cutres llenos de pintadas… ¿Cuánto queda? Venga, ya queda poco. Sólo 10 minutos
más y llegamos. El coche… ¿estará el coche? Hemos sido (he sido) gilipollas, tenía que haberlo dejado
en un parking.

Voy mirando maps cada pocos minutos. Ya está, ya llegamos, está allí delante. Veo el coche, al menos
estar, está… ¿Pero tendrá las ventanillas intactas…?

Llegamos al lado del coche y Mari Jose no puede evitar echarse a llorar cuando lo ve entero e intacto,
está liberando de golpe toda la tensión. La plaza está vacía, sólo hay basura y pintadas. Probablemente
nos hemos pasado de suspicaces, probablemente nada de todo esto fuera para tanto, probablemente
estamos demasiado influidos por la mala fama de Nápoles… o no. Pero desde luego, no es un entorno
agradable, y menos cuando oscurece.

Subimos al coche y nos vamos al camping. Adiós, Nápoles. Hasta nunca.

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Día 7 – Pompeya
Hoy toca Pompeya. Toca ponerse el equipo de combate y prepararse para la guerra contra el sol y las
piedras: zapatillas de deporte con calcetines, gorra, gafas de sol, y mochila con agua. ¿Preparados?
Preparados. Salimos dispuestos a todo, cruzando la puerta del camping (la entrada a las ruinas está al
otro lado de la calle) como los de Reservoir Dogs.

Una pequeña espera en las taquillas (no hay casi nadie, pero cada vez que llega un guía tiene prioridad
y se cuela; y hay muchos guías) y para adentro. Los menores no pagan, y ni siquiera nos piden la
documentación de la mayor para asegurarse (en el Vaticano sí lo hicieron); esto es Nápoles, aquí todo
es laxo.

Busco y rebusco los libros guía gratuitos que teóricamente tiene que haber a la entrada. Pues no hay.
Por los 15€ que pagas por persona, sólo te dan un mísero mapa. Menos mal que uno es previsor y me
bajé la guía en pdf y la llevo impresa y encuadernada. Inicialmente parece una gran guía: 148 páginas,
muchas fotos y muchas letras. Luego me doy cuenta de que lo verdaderamente difícil es gastar tantas
páginas para hacer una guía tan mala; pero al menos sirve para tener un listado de todos los sitios de
interés, y de esta forma montarnos nuestro propio recorrido al margen de los preestablecidos.

La visita exhaustiva, que llevaría unas 9 horas, la hemos descartado: Roma nos dejó muy machacados.
Entre los itinerarios recomendados, los hay de 2, 3, 5 y 7 horas. Descartamos también el de 7, pero 5
nos parece correcto: hemos entrado nada más abrir, será ocupar toda la mañana. Al final, resulta que
esas horas deben estar contabilizadas para ir en visita guiada, que se enrollan mucho en cada sitio.
Gracias a nuestra guía en papel hacemos nuestro propio itinerario combinando un poco de todo, y
creo que vemos más o menos el 80% incluyendo los edificios más interesantes.

Pompeya merece la pena. Ya lo sabíamos, pero se confirma. Bueno, yo quizás esperaba un poquito
más, en cambio Mari Jose esperaba menos y le entusiasma, cuando el principal amante del mundo

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romano soy yo. Cuestión de expectativas. La pena es que la presentación es desastrosa: información
     nula. Ausencia de cualquier información a todo lo largo y ancho de la excavación, y ni siquiera una
     mísera explicación de la estructura típica de una casa romana a la entrada del complejo, para que
     luego sepas identificar las distintas estancias. Un enclave como Pompeya necesitaría un centro de
     visitantes en toda regla. Pero no: o vas con guía, o con conocimientos previos, o te pierdes muchos
     detalles. Una pena.

Según la web de las excavaciones de Pompeya, las fuentes
deberían dar agua potable. Pero recientemente han descubierto
que es más rentable venderla en botellas. Mercurio se ríe de los
incautos que llegan pensando en rellenar sus cantimploras.

     Volvemos al camping justo para comer, como preveíamos. A primera hora pregunté hasta cuándo
     podíamos quedarnos, y nos dijeron que podíamos irnos después de comer sin problema. El camping
     es una mierda (baños inmundos, parcelas desocupadas utilizadas como parking por horas con el
     consiguiente trasiego de vehículos, etc), pero al menos en recepción son majos, y poder quedarnos a
     comer nos soluciona mucho. Inicialmente preveíamos pasar dos días aquí, pero queremos salir por
     piernas, y al haber renunciado a ver Herculano, ya no tenemos más que hacer por la zona. Comemos,
     enganchamos y nos vamos.

     Nuestro destino está ahí al lado, a sólo 30 km, pasado Sorrento, pero Google indica una hora de
     camino. Da igual, saliendo después de comer tenemos tiempo de sobra para llegar, instalarnos y de
     todo. Vamos al camping Santa Fortunata, que es lo más decente que hemos encontrado por la zona,
     y que nos servirá de base para visitar la famosa costa amalfitana, la que va de Sorrento hasta Salerno.

     La carretera de Pompeya a Sorrento pronto se convierte en una carretera de montaña que recorre la
     costa entre acantilados, curvas y túneles, y cruzando pueblos. Todo ello, con motos constantes que
     adelantan sin visibilidad en uno y otro sentido. En esta zona, el verdadero peligro son las motos: están
     locos, no sé cuántos muertos habrá en moto al año, pero de la forma que van, tienen que ser
     bastantes, se juegan la vida en cada curva adelantando sin visibilidad. En cambio, a la forma de ir en
     coche te acostumbras más o menos pronto: simplemente, se trata de entender que nadie va a cederte
     el paso nunca, y que tienes que aprovechar los huecos cuando quieras pasar, que el que viene ya
     frenará sin enfadarse, porque él haría lo mismo. Luego, curiosamente, en carretera circulan más bien
     lentos. Excepto las motos, que esas van como locas.

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A mitad de camino, atasco. Pero atasco de los buenos. Parados en un túnel, atasco de los de parar el
motor. Arranca, para, arranca, para. Así, tironcillo a tironcillo, hasta Sorrento. No recuerdo el tiempo,
pero hora y media mínimo para hacer 30 km. Cruzar Sorrento con la caravana, lleno de peatones
cruzando, motos haciendo slalom, y coches aparcados en doble fila, es algo tenso, pero se pasa. El
camping está más allá, entre acantilados, y llegamos sin mayor problema.

Es un camping grande y en terrazas, en la ladera del acantilado. Muy grande. Un camping de
vacaciones, sin lujos pero con buena pinta. Con ínfulas de resort sin serlo: sus servicios son los básicos
(supermercado, piscina y bar) pero los recepcionistas van con uniforme, tienen cochecitos de golf para
moverse por el camping, te acompañan en uno a ver la parcela…

Nos preguntan si tenemos reserva (no) y para cuántos días (mínimo 2, quizá 3), y nos acompañan por
una especie de carretera de montaña dentro del camping (esto es casi un acantilado) hasta una franja
de tierra encajonada entre la montaña y la calle. Vemos un montón de parcelas vacías, y nos quieren
meter en el peor sitio del camping. Mari Jose dice que ni hablar, que de qué va, que ahí no podemos
ni sacar la mesa y las sillas. La chica nos dice que es que la caravana es muy grande, y tiene que buscar
una parcela en la que quepa (ésta es larga, pero estrecha). Pues sí, la caravana es grande, pero cabe
en el 90% de las parcelas del camping. Vale, nos busca otra.

Nos ofrece otra cerca que ya no está del todo mal. No es una maravilla, pero aceptable. Estamos
comentando entre nosotros los problemas (que si este árbol es un estorbo, que si sombra no hay
mucha…) cuando de repente, por iniciativa propia, decide que subamos al cochecito que nos lleva a
otra: una maravilla. Un “pedazo de parcela” llena de sombra, cerca de los baños… perfecta. Si no
protestamos (bueno, si no protesta mi mujer, a la que le estaré por siempre agradecido ) nos
quedamos con la mierda que nos ofrecía en un principio. Supongo que las parcelas buenas las reservan
para los que van por más tiempo, y las peores las adjudican a los que estamos de paso, aunque nos
cobren lo mismo; esa misma tarde ya habían encasquetado la franja de tierra a una autocaravana.

Dedicamos la tarde a descansar y darnos un bañito en la piscina. Pasamos de Sorrento, que no tiene
nada (pueblo costero sin más) y disfrutamos de una tarde de relax y de las vistas de la bahía de
Sorrento, con el Vesubio a lo lejos, que contemplamos desde el propio camping.

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Día 8 – Costa amalfitana y hormigas asesinas
Hoy toca visitar la costa amalfitana, patrimonio de la humanidad por la Unesco y actual lugar de
peregrinaje del turista americano medio y algún que otro europeo en busca del selfie perfecto. Un
recorrido de un día por carreteras estrechas de montaña bordeando acantilados y pueblecitos
colgados de la roca al borde del mar.

Estamos preparándonos para salir y Mari Jose me da la alarma: hay hormigas en la caravana. Ha
matado al menos tres, pero seguramente hay más.

Me acerco y miro el exterior: ¡estamos invadidos! Un auténtico río de hormigas recorre toda la
caravana por los laterales, por el techo, por todas partes. Suben por detrás, recorren el techo, bajan
por delante, recorren los laterales… Ahora entiendo por qué habíamos visto todo el camping lleno de
marcas blancas rectangulares en el suelo: ¿por qué pintan alrededor de las ruedas, para saber dónde
tienen que colocar la caravana? No: aquí todo el mundo echa insecticida en polvo alrededor de las
ruedas, patas y demás elementos que apoyan en el suelo para evitar ser invadidos por una raza de
hormigas asesinas en busca de turistas desprevenidos.

Cojo el insecticida que siempre llevamos para estos casos (aunque nunca habíamos tenido una
invasión así) y fumigo sin parar todo el exterior: por todo el camino que han hecho las hormigas por
toda la caravana, y luego fumigo bien patas, ruedas, jockey… todo lo que está en contacto con el suelo.
A continuación, pasamos dentro, a buscar hormigas: las hay. No muchas, pero las hay. Inspeccionamos
y las vamos matando una a una. Especial atención a los armarios donde guardamos la comida y, sobre
todo, el azúcar: parece que ahí no han llegado, hemos debido detectar el problema rápido, y parece
atajado. Pero hay que buscar una solución mejor: hay que comprar polvos insecticida.

Aplazamos la visita a la costa amalfitana y cogemos el coche para ir a Sorrento a un supermercado.
Aprovechamos para hacer la compra (todo caro, como pasa siempre en los sitios costeros turísticos)
y localizamos sin mayor problema el insecticida Bayer en polvo. Haberlo encontrado tan fácilmente
indica que éste debe ser un problema habitual en la zona; en España éste no es un producto que se
consuma mucho, que yo sepa.

Volvemos a la caravana y espolvoreo bien alrededor de todo lo que está en contacto con el suelo:
patas, ruedas, apoyos del toldo… Misión cumplida, espero que ya estemos a salvo de la marabunta.
Ya podemos irnos a hacer turismo. Mientras salimos, volvemos a fijarnos en los que llevan tiempo
instalados ahí: todos, absolutamente todos, por todo el camping, tienen todos sus elementos bien
rodeados de marcas blancas de polvo insecticida. Parece que el problema de las hormigas está
generalizado, no es cosa de un hormiguero mal situado...

Hemos leído muchos comentarios metiendo miedo sobre la carretera de la costa amalfitana: que si es
muy peligrosa, muy estrecha, con muchas curvas, con muchos coches, con autobuses que apenas
pasan… Que si mejor coger el autobús que te va dejando de pueblo en pueblo, porque además no
puedes aparcar en ningún lado y los parkings son carísimos… Vale, esto último es cierto, pero lo demás,
chorradas. Es una carretera de montaña como otras tantas. Estrecha, como otras tantas. Recorriendo
acantilados, como otras tantas. Con mucho coche porque hay mucho turista, especialmente
americanos con coches de alquiler, o americanos en tours guiados con conductor en furgonetas de
lujo, pero nada especial. Acertamos al hacerlo en coche sin depender de autobuses y horarios.

Ya vislumbramos la costa amalfitana. Es chula. Acantilados, mar, barquitos… eso siempre gusta. Pero
nada que no hayamos visto antes. Recuerda a la Costa Azul, o incluso a la Costa Brava. Vale, es mona…

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Llegamos a Positano, primer pueblo de gran fama de la costa amalfitana. Según muchos, el más bonito.
Pues si éste es el más bonito… creo que ya hemos visto bastante por hoy. No tiene nada. Colgado de
la ladera de la montaña, sí… como otros tantos. Con casitas de colores… descoloridos. Mucho
Photoshop es lo que corre por internet. En realidad, probablemente eso es lo que tiene más la culpa
de nuestra decepción. Y es que hoy en día es difícil disfrutar de lo mejor que tiene viajar: las sorpresas,
los paisajes inesperados, la alegría del descubrimiento. Internet ha matado eso. Ahora vamos a los
sitios tan documentados, que es como si ya los conociéramos. No hay sorpresas. No sólo sabemos lo
que vamos a ver, sino que en muchos casos ya lo hemos visto antes en fotos. Sí, puede que antes se
nos escaparan cosas por no saber que existían, pero las que veíamos tenían la ilusión de lo
desconocido, del descubrimiento. Lo echo de menos. Si a eso le sumamos que, en casos como éste,
las fotos previas que has visto están editadas hasta decir basta, resultando ser mucho más vistosas
que la realidad, pues lo que te llevas es una decepción. Una pena.

                                                                           Positano, sin Photoshop

Ni paramos en Positano. Bueno, sí, paramos en la carretera (hay apartaderos frecuentes) para echar
un vistazo al paisaje y hacer una foto, pero el pueblo no tiene nada, de hecho muchas casas son cutres
y desvencijadas cuando las ves de cerca. Seguimos carretera adelante.

Curvas, roca, mar, barquitos, sol… Es mono. Sí, es mono. Si estás aquí, pues hay que verlo. Pero no es
único. Esto ya lo hemos visto antes en otros sitios.

Más pueblos (más sosos que Positano), más paradas para foto, más curvas, y llegamos a Amalfi, el
pueblo que da nombre a la costa y con el que prácticamente termina la zona chula de acantilados.
Este pueblo sí que parece mono, así que decidimos parar. Además, hay que comer. Hoy, como
preveíamos un día de excursión sin saber dónde ni cómo terminaríamos, llevamos bocadillos que
hemos preparado con lo que hemos comprado en el súper junto con los polvos para las hormigas.

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La única opción para visitar Amalfi es un parking que, como ya sabíamos, es caro. En el centro, 6€ la
hora, pero hay uno en las afueras (5 minutos andando, que esto es pequeño) a 4€. Pues a ése.

Amalfi es pequeñito, coqueto sin tirar cohetes, y tiene una iglesia muy chula, que no parece pegar en
un pueblo tan pequeño, de estilo bizantino. Lo pateamos y en un rato está visto. Aprovechamos para
comernos los bocatas y vuelta al coche. Hemos pasado de la hora por unos minutos, y ya nos toca
pagar dos horas de parking. Aquí lo del pago por minutos no se estila. A joderse.

Pues esto ya está visto. Volvemos para casa. Por el camino, tenemos previsto llegar a Punta
Campanella, un mirador en plena punta de la península sorrentina, frente a la isla de Capri. Hay que

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llegar a pie, por un sendero de unos 5 km, pero en Maps he visto que hay una pista que llega más o
menos hasta la mitad. Será mala, seguro, pero con nuestro coche no deberíamos tener problema.

El problema es que la pista existe, pero con una señal de prohibido muy grande. Y, desde luego, no
vamos a pegarnos una caminata de una hora de ida y otra de vuelta a pleno sol en plena hora de la
siesta para hacernos una foto frente a Capri; isla a la que, por cierto, hemos descartado ir por el
abusivo precio de los pasajes y porque hemos leído que aquello es un hervidero de turistas haciendo
fotos, sin que esperemos que sea mucho más que lo ya visto en la costa amalfitana.

                                                                              Capri, c’est fini

Así que al camping, bañito en la piscina y relax. Esto ya está visto, y no nos ha parecido para tanto. O
somos unos sosos, o hemos visto ya demasiado y pocas cosas nos sorprenden. Mañana empezamos a
movernos hacia el norte.

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Día 9 – Vuelta a la civilización
Hoy emprendemos la ruta hacia el norte. Adiós al sur de Italia, volvemos a la civilización.

Bajar más allá de Roma es otro mundo. O el entorno de Nápoles, al menos, que es lo que hemos
conocido, es otro mundo. Superficialmente es Europa, pero en muchas actitudes nos recuerda más al
norte de África. En serio. La forma de conducir, los bazares de baratijas, la suciedad y la basura por las
calles… y la falta de civismo.

Lo hemos notado, sobre todo, en el camping de Sorrento. Casi todos allí eran italianos pasando el
verano (por cierto, bajando de Nápoles no hemos visto ya a ningún español), y ya sabemos que en un
camping ves cosas, actitudes… Todos hemos visto guarradas en los campings, pero tan generalizadas
como en éste, pocas veces. Pedazo de cerdos. Los servicios del camping eran una pasada, nuevos y
limpiados varias veces al día, pero tras el paso de los campistas italianos (suponemos que de la zona,
porque por el norte no hemos notado estas actitudes) daba asco usarlos: la comida tirada en los
fregaderos, cosa generalizada. Tirar de la cadena en el váter, debe suponer mucho esfuerzo. O abrir
el grifo en el lavabo después de afeitarse. Todo así. Mari Jose dice (yo no me daba cuenta, pero fue la
coña de esos días) que cada vez que venía de los baños y fregaderos siempre venía echando pestes de
algo nuevo que me había encontrado mientras no paraba de exclamar “¡Serán guarros…!”.

Nos vamos, toca desayunar y desmontar. Y entonces, cuando voy a sacar las cosas del desayuno, la
desagradable sorpresa: ¡otra hormiga! Horror… Busco, y hay más. Mato las que veo, salgo fuera, y me
encuentro un panorama similar al de ayer: la caravana, por fuera, toda recorrida por hormigas.

¿Pero cómo puede ser? ¡Si tomamos medidas, si todo contacto con el suelo está protegido por una
barrera de polvo insecticida! Y entonces me doy cuenta: hay una rama de un árbol que toca el techo
de la caravana, ¡y se ha convertido en la autopista de las hormigas!

Me cago en todo lo que se menea, cojo el insecticida y a repetir la operación de ayer: fumigar bien
todos los caminos de hormigas por el exterior, y cazar las que vemos por el interior. Como ayer, dentro
no hay muchas, afortunadamente, pero el proceso de búsqueda y caza es un coñazo. Por los sitios en
los que las localizamos, parece que vienen del techo, y al final localizo su entrada por uno de los
respiraderos superiores, tapado por un mueble: el único respiradero que en su día no desmonté para
colocar una tela mosquitera, porque me pareció pequeño y pensé que no sería necesario. A la vuelta
habrá que hacerlo.

Las hormigas serán nuestra obsesión en los próximos días. Cada vez que entre a la caravana, me pasaré
un rato buscando por suelo, techos y muebles a ver si salen más. Alguna suelta apareció, pero,
afortunadamente, no debieron ser más de 10 en total, casi todas ellas localizadas en la primera batida.
El problema no fue a mayores, pero salimos del camping Santa Fortunata un poco hasta las narices:
muy buen camping, pero con un problema muy serio con las hormigas.

Nuestro destino es Perugia. En realidad, el siguiente destino claro es Venecia, pero llegar de un tirón
es una paliza y haremos una escala a mitad de camino, buscando un sitio que merezca la pena visitar.
Lo encontramos en la región del lago Trasimeno, entre Roma y Florencia, en la frontera sur de la
Toscana (que ya conocemos bien). Allí hemos localizado un camping bueno, bonito y… no barato, pero
nos merecemos un lujo; y tenemos al lado las ciudades medievales de Perugia y Asís, que parecen
merecer una corta visita.

Llegamos al camping Trasimeno (se llama así, como el lago, y está en su misma orilla) por la tarde, un
poco hartos de las carreteras italianas. A pesar de haber pagado religiosamente el peaje de las

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autopistas, hemos sufrido una obra detrás de otra, cortes de carril, marchas a 60 km/h… Por no hablar
de áreas de servicio pequeñas y saturadas de coches y camiones, en las que era imposible buscar un
lugar donde aparcar a la hora de la comida; debimos probar por lo menos en tres, hasta que
conseguimos encontrar una en la que colocarnos malamente entre miles de camiones mal aparcados
y poder comer algo. Italia es caótica. O, al menos, el centro/sur de Italia es caótico, porque a partir de
la Toscana todo es otra cosa…

Y es que se nota, se nota mucho. Acercándonos a la Toscana, y reconociendo los paisajes y muchos de
los pueblecillos por los que estuvimos hará unos 6 años, se aprecia un cambio generalizado, como si
estuviéramos en un país distinto. Esto es Europa: ordenado, tranquilo, hasta como más elegante… no
sé cómo decirlo. Europeo. El sur… es otra cosa. No sé, quizás las malas experiencias nos hacen verlo
con demasiados prejuicios y quizás estamos exagerando un poco, pero… agradecemos volver a la
civilización.

El camping Trasimeno es pequeñito pero mono. Piscina pequeña pero muy apañada, con su jacuzzi y
todo. Los baños, de lujo. Con el detalle de que el uso de la lavandería (lavadoras, plancha y demás) es
gratuito. Hasta con lavavajillas (jabón) “de cortesía” en los fregaderos, para que lo uses si lo necesitas
(¡y nadie se lo lleva! Definitivamente, esto no es Nápoles). Y con embarcadero, playita y tumbonas
junto al lago. Aunque no dan muchas ganas de bañarse ahí, porque el fondo se ve muy cenagoso. Pero
es bonito.

Hoy sólo nos instalaremos, iremos al pueblo a hacer compra, y nos lo tomaremos de relax. Mientras
acampamos, los niños ya se desquitan del día de viaje con la piscina y el jacuzzi. Somos los únicos
españoles del camping. Y es que habitualmente, los españoles somos la plaga en los sitios más
turísticos, pero en cuanto te sales de lo más típico, no ves ni uno. En este camping, alemanes,
holandeses, y algún francés. Casi ningún italiano. Con la excepción de los fijos de temporada en
Sorrento, todo lo que hemos visto hasta ahora apunta a que Italia no es un país muy campista,
tampoco hemos visto apenas caravanas o incluso autocaravanas italianas por sus carreteras.

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En el súper del pueblo encontramos lo que hemos estado buscando en todos desde que llegamos a
Italia: pesto a granel auténtico. Hoy cenaremos pasta al pesto. ¡Qué rica! En España es casi imposible
encontrar buen pesto. El de Buitoni está bien, pero aparte de caro, a veces cuesta encontrarlo.
También es casi imposible hacerlo en casa, porque a ver quién encuentra albahaca fresca a puñados
en nuestro país; yo la planto cada año, pero me da para aromatizar platos, pizzas y ensaladas y poco
más, ni soñar con los manojos necesarios para hacer pesto. Así que encontrar pesto auténtico a granel
en un súper, algo que descubrimos hace años en la Toscana y nos encantó, es una gozada.

Mientras hacemos la cena, atardece en el camping. No es tarde, pero entre unas cosas y otras vamos
a cenar casi a hora española (bueno, española tempranera para muchos, las 9), no sobre las 8 como
venimos haciendo más o menos durante todo el viaje. Mientras cocinamos la pasta, todos los vecinos
ya han cenado y se van encerrando en sus tiendas y caravanas.

Nos asaltan nubes de mosquitos. No son de los que pican, son esas nubes densas y molestas de
mosquitines que se forman cerca de las zonas húmedas. Para los niños es nuevo y les molesta mucho
(especialmente a Laura), son muy urbanitas y debe ser la primera vez que se encuentran con esto. No
pican, les digo, aunque más vale cerrar la boca. Laura se encierra en la caravana. La verdad es que son
molestos…

Afortunadamente duran poco, una media hora. Salen con la puesta del sol, y desaparecen al poco de
terminar de ocultarse. Pero entonces aparece una plaga peor.

No sé qué son, nunca los he visto. Bichos voladores bastante más grandes que mosquitos y mucho
más pequeños que libélulas, pero con el aspecto de éstas. Empiezan a pegarse a todo: a la caravana,
al coche, a las sillas. No hacen nada, pero son bastante asquerosos. Mientras cenamos, tememos
llevarnos alguno a la boca. Son una plaga.

Anochece mientras terminamos de cenar y hay que encender la luz exterior de la caravana, y entonces
la cosa empeora: atraídos por la luz, el lateral de la caravana es una masa de bichos voladores.
Terminamos de cenar incómodos, recogemos y decidimos meternos dentro a leer y dormir. Es
incómodo quedarse fuera con esos bichos. En el camping no hay ni dios: todo el mundo se encerró
mucho antes que nosotros, parece que se conocen el percal…

Pero dentro de la caravana, nos espera una desagradable sorpresa: pese a la cortina, han entrado por
cualquier rendija y tenemos una invasión. Es asqueroso. Fumigamos y salimos. Afortunadamente, su
resistencia al insecticida es nula, caen como moscas; bueno, no, que las moscas son dificilísimas de
matar, pero ya me entendéis… Mueren a cientos. El suelo, las encimeras… todo está sembrado de
bichillos muertos. Asqueroso. Barremos, limpiamos como podemos, y a dormir. Asegurando bien
puertas y mosquiteras. Estas últimas, recubiertas por fuera de bichos atraídos por la luz del interior.
Nos sentimos como en esas películas en las que estás encerrado a cal y canto en una casa con los
zombis golpeando las puertas. Si alguno tiene que salir al baño, antes apagamos todas las luces, y
abrimos y cerramos la puerta rápidamente, para que no entren más.

Estoy hasta las narices, esto está siendo la gota que colma el vaso: ¿es que no vamos a encontrar un
camping decente en toda Italia? Joder, que el que no es una mierda, o te invaden las hormigas o los
mosquitos gigantes. Estoy harto, me da el bajón, propongo pasar de visitar Perugia y Asís y marcharnos
de aquí echando leches a la mañana siguiente. Hasta propongo marcharnos a los Alpes y pasar del
resto, que estoy de Italia hasta las narices. Es injusto, lo sé, siempre me ha encantado Italia hasta
ahora, pero… estoy de bajón.

Mañana será otro día. Ya veremos.

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Día 10 – El sol vuelve a salir
Amanece. No hay bichos. El camping es chulo. En realidad, es una pasada. La zona es bonita y
agradable, y hace un tiempo estupendo. De día todo se ve distinto.

Debatimos qué hacer: nos quedamos. Los bichos no son tan malos, en realidad no hacen nada, sólo
son molestos y un poco asquerosos. Aquí todo el mundo convive con ellos. Sólo tenemos que hacer lo
que hace el resto: encerrarnos en cuanto oscurezca y tener cuidado con la puerta de la caravana y las
luces para que no se cuelen. Pues eso: nos quedamos. Hoy visitaremos lo que haya que visitar por
aquí.

Limpiamos más bichos muertos del interior de la caravana (a la luz del día aparecen a montones) y
buscamos hormigas (qué obsesión…), pero parece que no hay. Nos vamos de turismo.

Perugia es grande, mucho más de lo que nos esperábamos. Alrededor de su casco antiguo medieval
hay el equivalente a una capital de provincia española, más o menos. Buscamos el centro, y luego,
dónde aparcar. Damos bastantes vueltas, la cosa está complicada: donde hay sitio, es zona azul, y
donde se aparca gratis, no hay sitio. Finalmente lo decidimos dejar pagando, al lado de la muralla.

Entramos en el caso antiguo, bastante medieval, mono, y en breve llegamos a su famosa plaza, la
estampa más conocida de Perugia. Antes que nada, y dado que aquí venimos con una información
mínima, buscamos la oficina de turismo. De allí salimos convencidos de que, en realidad, lo único que
hay de verdadero interés en Perugia es esa plaza. Pero merece la pena, aunque sólo sea por la plaza.

La catedral, un gran palacio medieval (el palacio de los priores; la iglesia, siempre sufriendo), una gran
fuente en medio… Muy bonito, la verdad, aunque se ve rápido. Lo completamos con un paseo por la
ciudad, muy animada y agradable. Tener universidad da mucha vida.

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Aunque nos lo tomamos con calma, en hora
                                                          y media hemos liquidado Perugia. Nos
                                                          vamos a Asís, que está ahí al lado. No espero
                                                          mucho de Asís, que parece famosa sobre
                                                          todo por ser objeto de peregrinación, y a
                                                          nosotros eso nos la repampinfla. Sabemos
                                                          que tiene un enorme monasterio
                                                          franciscano (sede de la orden) con
                                                          hospedería, pero parece un gigantesco
                                                          mamotreto sin interés. Pero el pueblo tiene
                                                          un casco antiguo medieval, así que
                                                          suponemos que dará al menos para un
                                                          paseo.

                                                          Aparcar en Asís es más difícil aún que en
                                                          Perugia, pero hemos tenido muchísima
                                                          suerte: hemos llegado justo en la franja del
                                                          mediodía en la que se puede acceder a la
                                                          zona exclusiva para residentes, cerca del
                                                          casco antiguo. No nos va a dar tiempo a ver
                                                          la ciudad y comer, como teníamos previsto,
                                                          pero al menos sí a verla. Ya buscaremos
                                                          dónde comer en otro lado. Aparcamos.

¡Qué bonito es Asís! ¡Qué sorpresa! Precioso. O quizás es lo que dije más atrás: aquí hemos venido
casi a ciegas, no sabíamos lo que íbamos a encontrarnos, y las sorpresas se valoran. Si viniéramos bien
documentados, seguramente no nos habría impresionado.

Asís (su centro histórico) es una ciudad pequeña, pero toda en piedra. Medieval. Muy chula. Con una
placita preciosa. Con un templo romano perfectamente conservado, reconvertido en iglesia; no es el
Panteón de Roma, pero mola. Nos gusta Asís.

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Paseamos, disfrutamos de las vistas con calma. Es pequeñito, nos sobra tiempo para verlo antes de
tener que retirar el coche, pero para lo que no hay tiempo es para comer. Lástima, porque hay algunas

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trattorias con buena pinta. En una terracita, un monje franciscano, con su hábito y su voto de pobreza
(la orden se distingue por eso), se toma un vino tranquilamente. Sí, la Iglesia siempre sufriendo…

                                                                              Franciscano renovando el
                                                                              voto de pobreza

En fin, Asís ya está visto. Bonita sorpresa. Es hora de comer y la hora del fin de aparcamiento libre se
acerca, hay que irse. A buscar restaurante.

Abajo está la zona nueva, algo habrá. Pues sí, hay un McDonald’s. No es lo que habíamos planeado,
pero empieza a hacerse tarde y tampoco encontramos muchas alternativas por aquí. Pues venga, ahí
mismo, llenaremos el estómago.

Este McDonald’s es un McDonald’s como los que puedes encontrar en España, en Francia, en
Inglaterra, Alemania o en cualquier otro país. Es decir, un sitio idéntico a los demás donde pides, pagas
y te sirven la misma cataplasma de siempre en cuestión de minutos. Un McDonald’s como todos,
excepto el de la Piazza di Spagna de Roma, al que vas a comer y terminas merendando. Quizás tuvieron
un mal día…

Con el estómago lleno, volvemos hacia el camping. Es temprano, pero no hay mucho más que ver por
aquí en un entorno más o menos cercano, teniendo en cuenta que hacia la Toscana ya lo tenemos
trillado. Podemos pasear por los pueblecillos en torno al lago, pero por lo que vimos ayer cuando
fuimos a comprar tampoco era muy diferente a pasear por la orilla del lago en el propio camping. Así
que decidimos volver y pasar la última tarde tranquila antes de volver a la batalla. Porque mañana nos
iremos a Venecia.

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Tarde tranquila de lectura y paseo junto al lago (no hace falta ni bañarse, la temperatura por esta zona
es ideal), cena temprano para escapar de los bichos (vamos aprendiendo), buen control de la puerta
de la caravana y las luces, y a encerrarnos dentro en cuanto oscurece, como el resto de campistas, que
es la hora de las sombras, de las fuerzas del mal, la hora de encerrarse en casa y atrancar puertas y
ventanas. Jo, ni que estuviéramos en Transilvania…

Maravilloso, el ser humano aprende pronto a adaptarse a las adversidades, y con estas precauciones
conseguimos pasar una tarde-noche agradable y sin bichos.

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Día 11 – Venecia, siempre Venecia
Amanece. Desayunamos. Recogemos. Nos vamos.

La etapa de hoy es más corta. Comemos por el camino, pero poco más tarde ya estamos entrando a
Venecia. Previendo masificación, habíamos reservado en el camping Venezia Village, pero llegamos
con dos días de adelanto: uno que ganamos en la zona de Nápoles, y otro que habíamos dejado como
“colchón”, como posible día de descanso en el lago Trasimeno, pero que no nos ha hecho falta porque
nuestra estancia allí ha sido relajada y ya estamos descansados. Así que ayer llamamos para avisar que
llegaríamos un par de días antes, y nos iríamos también antes. Sin problema.

Al camping se llega de maravilla, perfectamente situado al pie de una gran avenida de fácil y rápido
acceso desde la carretera, y también al pie de la franja de tierra artificial que une Venecia con el
continente. Entrada amplia, instalaciones que ya a la entrada se ven modernas y nuevas… tiene muy
buena pinta.

Vamos a recepción, hacemos el papeleo y comento que tengo la tarjeta ACSI. Sé que en las fechas en
que íbamos a ir ya no estaríamos en periodo ACSI, pero hemos llegado dos días antes y no estoy seguro
de cuándo terminaba, así que por si acaso… Mala suerte: el periodo ACSI terminó ayer. Así que hoy
nos toca tarifa completa: 34€. ¿Comorrrr? ¿He oído bien? ¿4 personas, en mitad de julio, en Venecia,
34€? Pues sí: 34€, en el mejor camping que hemos pisado en toda Italia. Nunca entenderé la lógica de
las tarifas de los campings…

Nos instalamos. Esto está plagado de españoles. Abarrotao. De españoles, digo, no que esté
abarrotado el camping, que es grande y no está ni al 50%. Casi todo ACs, eso sí. Y con una rotación
brutal.

Parcelas muy amplias que eliges libremente (algunas más pequeñas; con obviarlas basta), electricidad
de 10A, baños de auténtico lujo hasta con música ambiental, fregaderos que da gusto verlos, autobús
en la puerta que te deja en Venecia en 10 minutos, Lidl a 500 metros… La única pega es que la piscina
es pequeña, cubierta y de pago, pero no nos hace ni falta, no hace calor. Reservé con cierto mosqueo:
un camping al parecer poco conocido en el foro de webcampista, bien situado y a buen precio, algo
malo tenía que tener. Pues no lo tiene: este camping es un chollo.

Tenemos Venecia a 10 minutos, y aunque después de un día de coche no solemos hacer mucho
turismo, Venecia lo merece. Compramos los tickets en la recepción del camping, y prácticamente sólo
tenemos que cruzar la calle para coger el bus, al ladito del Sheraton.

En breve estamos cruzando la laguna. Creo que una sonrisa empieza a iluminarme la cara: Roma me
gusta, pero AMO Venecia. Aunque vengo con dudas: es ya mi cuarta vez aquí. Para Mari Jose, la
tercera. ¿Será demasiado? ¿Terminaremos decepcionados?

Llegamos a Piazzale Roma. Mejor cerrar los ojos aquí: esto no es Venecia, es un engendro pegado a la
ciudad para recibir coches y autobuses. La magia empieza unos metros más allá.

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Por primera vez, cruzamos el polémico
                                                          puente de Calatrava (no existía aún en
                                                          visitas anteriores) y nos aproximamos a la
                                                          estación. No puedo evitar recordar la
                                                          sensación que tuve la primera vez que
                                                          llegué aquí, de jovenzuelo, con Interrail,
                                                          con la mochila a cuestas, cuando bajé del
                                                          tren, salí de la estación, y me di de bruces
                                                          con el Gran Canal (aunque sea en su parte
                                                          más modesta) y esa iglesia de mármol
                                                          blanco y cúpula verdosa enfrente. Fue un
                                                          shock. Hoy no es ni mucho menos lo
                                                          mismo, pero da igual… ¡estoy en Venecia!

                                                          Los niños alucinan. El tráfico en el canal,
                                                          los vaporettos (vaporetti, si nos ponemos
                                                          fisnos), los taxis, las góndolas, los
                                                          camiones flotantes, las lanchas de la
                                                          policía,   ¡hasta    pasa      un    barco
                                                          ambulancia!… las iglesias, los palacios… Y
                                                          es que Venecia es única. Con o sin turistas,
                                                          con o sin masificación (mejor sin ella, por
                                                          supuesto)… es única.

                                                             Hoy haremos una visita rápida, un primer
contacto. Por la ruta habitual, siguiendo el río de turistas. Curioso, tampoco hay tantos. O dicho de
otra forma, hay tantos como siempre. Pero esperaba más. Mejor así.

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De la “ferrovía” a Rialto, y de allí a San Marcos. Un helado por el camino (mediocre, Venecia es también
una trampa para turistas) y, finalmente, la Piazza San Marco, la basílica, el Campanile… Mi hija alucina
con la fachada de mármol blanco y los mosaicos dorados. Y yo también alucino un poco: ¡por fin puedo
contemplar San Marcos en todo su esplendor, con toda su fachada a la vista, sin andamios! ¿Cuántos
años habrá durado la limpieza? Pues no lo sé, sólo sé que en mis tres anteriores visitas, distribuidas a
lo largo de varios años, siempre había alguna parte de la fachada totalmente oculta por los andamios.
Si junto las fotos de viajes anteriores y las combino, se puede contemplar la fachada entera, porque
cada vez me encontraba tapada una zona, pero ahora, por fin, se puede contemplar en su totalidad.
¡Corred, insensatos, visitad Venecia ahora antes de que dé comienzo un nuevo ciclo de limpieza!

Es tarde para visitar el interior: lo haremos mañana. Por lo menos, sigue siendo gratis. Debe ser la
única iglesia de Venecia que puede visitarse gratis, lo cual no deja de ser curioso, siendo la más
turística e interesante.

Ya vamos estando algo cansados, ha sido una buena caminata, y hay que ir pensando en cenar.
Decidimos terminar nuestra visita preliminar a San Marco pasando entre las columnas para tener unas
vistas de la laguna, y hacernos la inevitable foto con el Puente de los Suspiros, y nos marchamos en
busca de algún sitio informal en el que cenar.

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Llevo una lista de algunos sitios
recomendados en foros y similares, y vemos
que hay una pizzería cerca de la que hablan
bien, así que allá vamos. Es un
establecimiento minúsculo que venden hacia
la calle, como tantos otros en Venecia, pero
aquí sí parece que hacen su propia masa, y
además te hacen la pizza en el acto, no es
recalentada. Toca esperar 10 minutillos, y
merece la pena comprarlas enteras (te llevas
una por lo que cuestan dos o tres porciones).
Lo malo es que no hay dónde comerla, te
toca buscarte la vida, pero a 20 metros hay
un callejón estrecho por el que no pasa
nadie, con unas pequeñas escaleras al fondo,
y allí nos sentamos a dar cuenta de la cena.
No está mal, es pizza. Los champiñones y las
verduras son conservas de bote. Pero la
verdad es que por lo que costó, no se puede
pedir más.

A la vuelta descubrimos que nuestra cena
pudo salirnos cara: el ayuntamiento de
Venecia se está poniendo duro con los
turistas, y están poniendo multas muy elevadas por sentarse a comer en la calle. En las inmediaciones
de los sitios más turísticos (San Marco, Rialto…) hay carteles advirtiéndolo, pero en teoría está
prohibido en toda la ciudad. No creo que en un callejón como en el que estuvimos nosotros fuera
especialmente peligroso, pero… vimos luego en la prensa que a unos que lo hicieron en Rialto este
verano incluso llegaron a expulsarles de la ciudad.

Con el estómago lleno, decidimos ir volviendo hacia el camping, por hoy ya vale como primer contacto.
Mañana disfrutaremos de la ciudad con algo más de calma.

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Día 12 – Venecia
Hoy toca día completo en Venecia, hasta que el cuerpo aguante. Desayuno y autobús, y en breve
estamos en Piazzale Roma. Hoy variaremos el recorrido, e intentaremos no seguir las rutas
establecidas por las que van los ríos de turistas. En Venecia, te separas 20 metros de esas rutas
señalizadas y estás prácticamente solo. Tiramos por la derecha, para llegar a San Marco por el puente
de la Academia.

Por esta ruta tranquila y poco frecuentada, y con sol (ayer estaba nublado), empezamos a sentir el
verdadero encanto de la ciudad. Los niños confiesan que también les gusta mucho. Y Mari Jose y yo
nos comentamos lo mismo: que no se cansa uno de Venecia. Teníamos dudas, pero… lo estamos
disfrutando. Es preciosa, especial…

Andamos por callejuelas y canales poco vistosos, pero muy auténticos. Mercados flotantes, auténticos
venecianos (¡aún existen!) paseando, haciendo la compra o tomándose algo en bares de barrio…

Pasamos por la zona en la que se acumulan las principales tiendas de máscaras. Las máscaras, como
el cristal de Murano, se venden por toda Venecia, pero aquí están los artesanos que las fabrican.
Algunos escaparates son espectaculares, y es curioso ver cómo se han ido adaptando a los tiempos:
hay máscaras de todo tipo, y junto a las tradicionales también hay muchas inspiradas en películas de
tipo fantástico.

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Entramos en una tienda que nos
llama particularmente la atención, y
dentro descubrimos que son unos de
los principales fabricantes de
máscaras de Venecia. Suministran
máscaras      de     atrezzo     para
superproducciones de Hollywood, y
tienen dentro, expuesto al público y
hojeable, un gran álbum de fotos con
sus trabajos para películas: recuerdo
especialmente las escenas de la orgía
de Eyes Wide Shut, pero en el álbum
aparecen decenas de películas muy
conocidas. Curioso.

La tienda es grande y las máscaras no
son baratas, pero son preciosas. Y
hay algo muy curioso: donde en otros
sitios te encontrarías con un “Please,
do not touch”, aquí te animan a lo
contrario, a cogerlas y probártelas.
La dependienta nos anima a ello con
una sonrisa y apartándose para
dejarnos tranquilos, sin agobiar y sin
vigilar a ver qué haces. Pasamos un
rato      explorando     la    tienda,
totalmente solos, con los niños
probándose máscaras y haciéndonos fotos. Le damos las gracias por la visita y seguimos nuestro
camino.

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Por callejuelas y puentecillos llegamos a la Academia. El tráfico que tiene aquí el Gran Canal siempre
impresiona. Estamos ante una de las estampas más conocidas, y también más bonitas de toda la
ciudad. Fotos, y un ratito de disfrutar de las vistas apoyados ahora en una barandilla del puente, ahora
en la otra.

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Continuamos hasta San Marco, y nos ponemos en la cola para ver la basílica. Yo ya ni la recuerdo, la
visité en los dos primeros viajes pero en el tercero ya no nos molestamos en hacer cola. Es larga, pero
se mueve, en media horita estamos dentro.

Todavía es media mañana, y ya casi hemos visto todos los imprescindibles de Venecia, todas las
“atracciones turísticas”, nos está cundiendo. Nos queda la Escuola Grande di San Rocco, y hacia allá
vamos. Con eso y unos paseos tranquilos deambulando de acá para allá, nos da la hora de comer.

                                              Cuando el atasco es de góndolas, se
                                              lleva de otra forma…

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En mis apuntes interneteros hablan de un sitio donde te ponen buena pasta fresca con salsas a elegir
para llevar, a buen precio. Te la sirven en cajas de cartón, como las que vemos en las pelis americanas
para la comida china. Vamos a ver qué tal, pero no nos convence: en el establecimiento no hay ni un
taburete en el que sentarse, y no nos apetece volver a comer tirados en la calle. Tampoco el menú
parece para tirar cohetes. Decidimos buscar otro sitio.

Está fácil: al lado está “mi trattoria”. El sitio en el que comí varias veces en mi primer viaje a Venecia,
hará ya al menos 27 años, donde descubrí lo que eran los espaghetti alla carbonara o la pizza calzone,
en unos años en los que en España no se conocía mucho más que los macarrones con chorizo. Se trata
de un pequeño restaurante muy asequible en un callejón, con una terracita interior en un patio
arbolado y tranquilo. Seguía existiendo, y los precios seguían siendo muy competitivos, podría decirse
que incluso baratos. Así que allí entramos, a recordar viejos tiempos.

La verdad es que no nos defraudó. Por unos 50€ comimos todos un plato de pasta con bebida en un
sitio agradable y tranquilo. Carbonara auténticos (sin nata, por supuesto), amatriciana, gnocchi
quattro formaggi… La calidad, pues muy aceptable por ese precio; sin ser espectacular en absoluto,
comimos muy bien, y hacerlo sentados y tranquilos después de tanta pizza comida de cualquier forma,
se agradece.

Mientras comemos, debatimos: ¿qué hacemos mañana? Nos queda aún la tarde de hoy para pasear
tranquilamente, lo esencial de Venecia ya está visto y ahora sólo queda disfrutar de la ciudad o
descubrir sus miles de rincones ocultos. ¿Queremos dedicarle un día más con calma, o ganarlo para
estar en la playa? La decisión está en manos de Laura: nosotros conocemos muy bien Venecia, ya la
hemos disfrutado con calma muchas veces, es ella quien debe decir si quiere seguir otro día aquí o ir
a la playa.

Difícil decisión. Muy difícil. Venecia le ha encantado, pero también le atrae un día más de playita en la
Costa Brava. Cuesta decidirse. Finalmente, optamos por la playa, aunque con muchas dudas.

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Sólo hay una cosa que estaba prevista para mañana y nos fastidia perdernos: las vistas desde la terraza
del Fondaco dei Tedeschi, junto a Rialto. Unos grandes almacenes que han hecho en uno de los
palacios del Gran Canal y cuya terraza han habilitado para subir gratuitamente (y así atraer turistas a
la tienda, claro) previa reserva de día y hora por internet. Es nuevo, esto no existía la última vez que
vinimos. Teníamos reserva para mañana, ¿qué hacemos? ¿vamos allí a probar sin reserva? Es posible
hacerlo, pero tocará esperar cola. Pero espera, que pruebo a ver si me deja reservar con el móvil ahora
mismo, a ver qué hora me da… ¡Coño, que me da hora sin problemas para hoy mismo, cuando
queramos! Pues nada, cojo para dentro de un rato, lo que tardemos en llegar. Pagamos la cuenta, y
allá que vamos.

Llegamos, subimos a la última planta y entregamos nuestra acreditación de entrada justo en hora.
Hemos llegado con puntualidad británica.

Durante 15 minutos (luego despejan la terraza y entra el siguiente turno) contemplamos las vistas
(tejados, sobre todo, como era de esperar) y nos hacemos unas fotos. Es una buena alternativa a subir
al Campanile, sólo que gratis. Hace veintitantos años subí a esa torre de San Marco pagando una pasta
(ahora es mucho más aún) y las vistas no diferían mucho de éstas. Merece la pena cambiar el
Campanile por el Fondaco dei Tedeschi.

Poco a poco, la tarde va avanzando. Queda una última cosa imprescindible que hacer en Venecia:
recorrer el Gran Canal en vaporetto. Es algo que hay que hacer, no ya por la tontería de subir al
barquito, sino porque es casi la única forma de contemplar muchos de los principales palacios
venecianos, cuyas fachadas más espectaculares dan al Gran Canal. Hay que hacer el recorrido
completo, of course, así que volvemos a San Marco y cogemos el 1, el más lento, el que recorre el Gran
Canal parando en todos los embarcaderos. Hay que amortizar los 6,5€ por barba que cuesta el billete
sencillo. Y no, no hay sconti per bambini, al menos no para el nuestro.

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Se nos acaba Venecia, pero aún hay una última pequeña excursioncilla que podemos hacer. Nos pilla
de paso, cerca del final del recorrido del vaporetto, y, sin ser nada del otro mundo, es una visita
curiosa. Se trata del ghetto. Les hemos hablado de ello a los niños y tienen curiosidad por verlo. Así
que bajamos en la parada del Casino y echamos a andar por callejuelas por las que no ves ni un turista,
hacia el ghetto ebraico de Venezia.

El ghetto no tiene nada, nada de nada, más allá de un par de placas conmemorativas de la persecución
a los judíos en la Segunda Guerra Mundial y un museíto y una sinagoga que no merece la pena visitar.
Pero lo curioso del ghetto de Venecia es que está lleno de judíos ortodoxos andando por sus calles,
con sus tirabuzones, sus sombreros, sus trajes negros… Es un barrio tranquilo, residencial y soso, pero
sentarse en un banco en la placita central del ghetto y observar la vida cotidiana de la comunidad
judía, es peculiar. En una esquina, un adolescente con el traje ortodoxo vende algo en una mesita. En
una trattoria kosher cuya carta tiene más reminiscencias de oriente medio que italianas, una pareja
madura, él con kipá, se toman un vino. Otros dos jóvenes ortodoxos caminan a paso rápido camino
de la sinagoga (¿quizás estudiantes de la Torá debatiendo sobre los textos sagrados? ¿o del partido
del Milan contra el Lazio?). Nada del otro mundo, la vida cotidiana del barrio, pero es como haberse
trasladado a un barrio de Israel por un momento.

Llega el momento de marcharse. Dejamos nuestro banco y echamos a andar hacia Piazzale Roma, a
coger el autobús que nos dejará en el camping. Les preguntamos una vez más a los niños si les ha
gustado Venecia: mucho, les ha gustado mucho, probablemente lo que más de toda Italia.

Ha sido una visita relámpago. Una visita turística de postal. Venecia necesita más días para explorar
sus rincones, para tirarse a descansar en Punta Dogana, junto a Santa María della Salute, para
contemplar San Marco desde enfrente y dejar pasar el tiempo contemplando el tráfico del Gran Canal.
Vivir Venecia es descubrir por casualidad los talleres de góndolas, o encontrar pequeños canales
desecados para su dragado; pasear por barrios donde no hay turistas y sí ropa tendida en las ventanas;
meterse por callejones por los que apenas se pasa y cruzar puentecillos sobre canales de aguas

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estancadas atrapados entre fachadas desconchadas… hasta eso tiene encanto. Y, por supuesto, visitar
Venecia de noche, cuando la marea de turistas ha quedado reducida prácticamente a nada, y los
faroles de luz tenue se reflejan en el agua de los canales. No hemos hecho nada de esto en este viaje,
pero… es que eso es algo que es difícil hacer con niños. Eso es algo que debe hacerse solo o en pareja.
Ya tendrán tiempo ellos de descubrir esa otra Venecia cuando vuelvan de mayores. Porque volverán,
estoy seguro.

Nos vamos con cierta pena. Temíamos que nos decepcionase nuestra enésima visita a la ciudad, y
salimos tan embrujados como siempre. Y es que, por mucho que volvamos a ella, Venecia es como
Sevilla: tiene un color especial, sigue teniendo su duende; y aunque a veces huela mal, me gusta estar
en su ambiente.

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Día 13 – Hacia los Alpes
Hoy toca una etapa larga, 550 km con final de montaña: tenemos previsto llegar hasta los Alpes, y
pernoctar ya pasada la frontera francesa, por la zona de Briançon. Cuando planeamos el viaje,
planteamos diferentes alternativas en cuanto a paradas intermedias por Italia para descubrir alguna
otra ciudad, pero las opciones principales o bien ya las conocíamos, o consideramos que no merecían
mucho la pena. Optamos por llegar a los Alpes, con la posibilidad de extender la escala por un día más
para hacer alguna excursión sencilla si la zona nos parecía merecerlo, y hemos elegido un camping
francés, pasado Briançon, por resultar mucho más económicos y aparentemente mejores que los
italianos sin más que adentrarnos unos kilómetros más allá de la frontera.

Volveremos de Italia a España por la ruta de los Alpes, por sugerencias de webcampistas. Todos
nuestros anteriores viajes a la zona (tres) los hemos hecho por las autopistas de la costa, vía Niza y
Génova, y la verdad es que no son cómodas. Esta otra ruta por los Alpes es prácticamente igual en
kilómetros y también en coste de peajes, pero vamos a probar…

Autopista de peaje continua hasta Turín. Desde allí, empezamos a subir sin parar, todavía por
autopista, mientras nos adentramos en las estribaciones de los Alpes. Finalmente, dejamos la
autopista (no queremos pagar los 50€ del túnel del Mont Blanc) para cruzar por el puerto, vía Briançon.
Lo he consultado detenidamente en Google Maps y no hay nada que temer: una carretera
suficientemente ancha en todo el camino, sin problema para cruzar con caravana más allá de exprimir
un poco el motor del coche en la subida, y actuando como freno en la bajada.

Subimos sin mayor problema y empezamos a bajar. La pendiente es fuerte pero no excesiva (8%),
aunque sí muy prolongada, y al final tengo que meter segunda en las partes más viradas para evitar
que se embale o tirar demasiado de frenos. Bajamos despacito pero seguros, y eso nos salva cuando,
en una de las muchas curvas sin visibilidad, aparece un loco en sentido contrario ocupando nuestro
carril. Frenazo de quedarnos clavados (¡menos mal que íbamos despacio!) mientras el otro pega un
volantazo para volver al carril en el que debería estar. Pasó a centímetros de nosotros. Pedazo de
gilipollas, para que luego la fama la tengan los italianos (éste era francés…).

Sin más incidentes, llegamos al camping L’Iscle de Prelles y nos instalamos. Un camping de montaña
básico. Demasiado básico: los baños son para llorar. Vale, están más o menos limpios, pero tienen por
lo menos 50 años, y los retretes son de agujero en el suelo, todo ello metido en unas barracas oscuras
y decrépitas. Hay unos baños junto a la piscina que al parecer están averiados, y creo que esos están
reformados, pero si no podemos usarlos nos da lo mismo.

Tampoco lo que se ve a nuestro alrededor es muy atractivo: serán los Alpes, pero podríamos estar en
cualquier sitio de montaña vulgar y corriente sin especial interés. Puede que haya algún rincón
escondido con cierto atractivo, pero desde luego lo que vemos desde el valle no nos llama la atención,
y dado lo poco acogedor del camping, la decisión es sencilla: haremos noche y seguiremos camino.
Otro día ganado para la playa. Iban a ser 3 y al final serán 6. No está mal, dará para descansar.

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Días 14 al 20 – Nuestra playa
Otro día de coche, otra etapa de 500 km con primera parte por carreteras de montaña. Pero nos
espera “nuestra playa”, nuestro lugar favorito de la costa española, donde llevamos volviendo al
menos unos cuantos días cada vez, no todos los años pero sí muy frecuentemente, desde hace ya
veintitantos años. L’Escala. Bueno, desde que nos dio por el camping es en realidad Sant Pere
Pescador, el término municipal donde están los campings. Pero para nosotros será siempre L’Escala,
y especialmente la maravillosa franja de costa que va desde L’Escala hasta Sant Martí d’Empúries: un
paisaje de postal.

Poco que comentar de esta etapa: conducir, pagar peaje, repostar, pagar peaje, seguir y pagar peaje,
cruzar la frontera y pagar peaje. Salir del peaje y llegar al camping, donde llamamos ayer para
confirmar que nos harían hueco aunque llegásemos unos días antes de tiempo (aquí teníamos reserva,
que la zona no es para ir a lo loco en estas fechas). Tenían sitio, aunque no será exactamente en la
zona que queríamos. No se puede tener todo.

Desenganchamos y nos instalamos. Ya estamos aquí. Ya sólo queda descansar. Playita, barbacoas de
butifarras con un buen vinito… ¡hasta montamos la hamaca de 5€ del Decathlon! Durante unos días
nos tocará sufrir. Pero todo esto ya es otra historia…

                                           Nuestra playa

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ANEXO: GASTOS DEL VIAJE

A continuación se detallan los gastos incurridos durante el viaje a Italia, desde la salida de Madrid
hasta la vuelta. Total, 3 semanas. Incluye también el camping de L’Escala, aunque se detalla aparte.

En estos gastos, no se han incluido las compras en supermercados; es decir, que la comida fuera de
restaurantes no aparece en las cuentas. La razón es que también estando en casa hubiéramos tenido
que comer, así que sólo contabilizamos los gastos “extra” como consecuencia de estar de vacaciones.

Comidas fuera                                 226,30 €

Entradas                                      147,50 €

Barco                                         400,00 €

Gasoil                                        525,15 €

Peajes                                        195,43 €

                                             1.005,60 €
Campings
                     (561€ Italia + 444,6€ Costa Brava)

Total Italia:                  2.055,38 €
Total vacaciones:              2.499,98 € (parece precio de rebajas…)