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RUTA DE SANTILLANA DEL MAR HASTA SAN
VICENTE DE LA BARQUERA
Se afirma con sorna que es la ciudad de las tres mentiras, porque ni es santa,
ni es llana ni tiene mar. Pero nadie le niega a Santillana del Mar la capacidad
de evocar un paisaje rural y agrícola tan perfecto que parece de cartón piedra.
Sin embargo, en cuanto el visitante rasque un poco la piel de la villa,
comprobará que no hay ni trampa ni cartón, sino que es tan real como las
piedras que la modelan.
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El “pueblo más bello de España” para algunos, es como un museo a cielo abierto,
que refleja con exactitud una villa noble y ganadera de la Cantabria medieval.
Santillana es una localidad fácil de abarcar, sus casonas nobles, sus palacios
barrocos y sus balcones de madera llenos de geranios se abren a dos calles, la del
Cantón y la de Juan Infante, y dos plazas, la de Ramón Pelayo y la de la Colegiata,
centro cada una de ellas de los dos poderes: el nobiliario y el eclesiástico.
La Colegiata es el elemento urbano más importante de Santillana. Nacida como
capilla mozárabe (la Sancta Iuliana que dio nombre a la villa) evolucionó hasta
convertirse en un típico monasterio románico. Entonces ganó su portada, adornada
con un frontón con la imagen de Santa Juliana, y un claustro que destila sencillez y
espiritualidad, a los que en el siglo XVII se añadió la logia con arcadas.
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La otra cara de Santillana, la nobiliaria, vino después de que en los siglos XVI y
XVII, muchos de sus vecinos se viesen obligados a emigrar a América. Los que
lograron fortuna volvieron y levantaron palacios, iglesias y casonas. En 1850, la
nobleza de Madrid descubrió los encantos de Santillana poniendo de moda el verano
en la comarca.
Si la Colegiata es una maravilla del románico, apenas a 4 km. Se hunde en la
tierra la cueva de Altamira, la “Capilla Sixtina” del paleolítico. Descubierta en 1879 por
un cazador pero que poco tiempo después fue visitada por Marcelino Sanz, aficionado
a la arqueología acompañado de su hija quien a ser iluminada la cueva por el padre
exclamó la frase histórica para la arqueología y que sirvió para hacerla conocer por
doquier “¡Mira, papá, bueyes” y que obligó a replantear todo sobre nuestros orígenes.
La cueva tiene el acceso restringido, pero junto a ella se ha construido un museo con
una réplica exacta de la cavidad y sus pinturas.
Camino de Comillas, la ruta pasa por Oreña, con una sorprendente
concentración de anticuarios por m2.. Poco después, un desvío señala Novales, otro
curioso pueblo con un micro clima tal que permite el cultivo de cítricos como si fuese
una huerta mediterránea.
La historia moderna de Comillas es la de uno de sus vecinos, Antonio
López, que emigró a Cuba y como buen indiano enriquecido (la historia oficial no
reconoce que lo fuera con el tráfico de esclavos), a su vuelta financió la construcción
de obras privadas y benéficas en su pueblo. A él, y a su hijo, Claudio, debe Comillas la
fisonomía y la fama que hoy tiene. Levantarón la Universidad Pontificia que
sorprenden por la fantasía de estilos conjugados por dos arquitectos catalanes: Joan
Martorell y Lluis Domènech.
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Frente a ella despunta el palacio de Sobrellano, la residencia oficial (de hecho
residía en Barcelona) de A. López, nombrado Marqués de Comillas y por entonces la
mayor fortuna de España, también encargado a Martorell..
Pero, pese a su
desbordante lujo y tamaño,
otro le hace sombra. Es “el
Capricho” que Gaudí levantó.
Dicen que se debió al
“capricho” de la hija del
marqués, pero realmente fue
otro pariente del marqués,
Máximo Díaz de Quijano
quien encargó una casa de
verano diferente a todas las
existentes. Nadie puede
dudar de que lo consiguió.
De Comillas a San Vicente de la Barquera, la carretera culebra entre los
acantilados del Parque Natural de Oyambre hasta enfilar el puente de La Maza, al que
se le atribuye que aquel que lo pasa sin respirar se casará pronto. ¡¡OJITO!!.
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La vieja urbe medieval de
San Vicente resiste sobre un
risco aislado de tierra por el
mar y dos rías. El hambiente
marinero del puerto y los
soportales de la plaza
contrastan con el austero y
montañes de la zona vieja,
donde perviven antiguas
reliquias: a un lado el
castillo, al otro el hospital de
peregrinos del que solo
queda la portada y, la maziza
iglesia de Nuestra Señora de
los Angeles que completaba
la muralla. De su interior no
hay que perderse el
mausoleo de Antonio del
Corro viejo inquisidor y
hombre fuerte de San
Vicente en el siglo XVI.
Por la vida, Ilis.
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