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Huevón, que duda cabe, viene de huevo, en su sentido vulgar de "testículo", y se aplica al individuo que es perezoso u holgazán o tan excesivamente tranquilo que exaspera a los que le rodean. No obstante, en México, Perú, Honduras y otros países de Latinoamérica, esta misma palabra puede tener significados diversos. En el caso de Chile, huevón sirve tanto para insultar como para demostrar cariño o admiración. Tanto es así que allí constituye «la palabra más común del idioma», como manifiesta el lingüista chileno Emilio Ávila en su ensayo La palabra ‘huevón’, que publicó en 1998 bajo el seudónimo de Cosme Portocarrero. Y añade en tono jocoso: «Verdadero burro de carga del chilenohablante; muletilla omnipresente, apoyo verbal sin el cual los discursos de nuestro pueblo palidecerían, se desinflarían, cojearían heridos en el ala […]».
El uso generalizado de esta voz al otro lado del charco hace pensar que podría tener origen sudamericano. Así lo afirma el periodista español Pancracio Celdrán en El gran libro de los insultos (La Esfera de los Libros, 200, en el que además ofrece una singular explicación de por qué es huevón quien, por ejemplo, anda todo el día tumbado a la bartola: «En el caso de estos sujetos, [los testículos] son de tamaño superior al ordinario por estar siempre ociosos, lo que a decir del vulgo “se los engorda”». En este sentido, según otros autores, el vocablo podría provenir de lo que se conoce popularmente en algunas zonas como toros huevones, es decir, aquellos que se destinan exclusivamente como sementales y que no son empleados para otros fines. De ahí que se les considere que viven a cuerpo de rey, sin dar un palo al agua.
El término pelvi dēwān pasó al árabe clásico como dīwān, que derivó en nuestro idioma en diván. Así se denomina a un tipo de asiento de estructura alargada que suele carecer de respaldo y que sirve para que una persona se recueste.
En tiempos del Imperio Otomano, se denominaba diván al consejo superior que administraba justicia y se encargaba de diversos asuntos estatales. La sala en la cual se reunían estos consejeros, que contaba con asientos alargados ubicados junto a las paredes, también se llamaba diván. Finalmente, por extensión, se empezó a asociar la noción de diván con los asientos en cuestión.
En el mundo occidental, los divanes comenzaron a popularizarse en la mitad del siglo XVIII. En un principio se utilizaban en las viviendas y luego se expandieron a lugares públicos, como bares y cafeterías. Estos muebles se asemejan a los sofás, aunque estos tienen brazos y respaldo.
Actualmente los divanes se relacionan con la psicología y más específicamente con el psicoanálisis. Sigmund Freud instauró la utilización del mueble en las sesiones, haciendo que el paciente se recueste de espalda al analista. Así se evitaba el contacto visual y el paciente podía sentirse más libre para hablar. Los analistas, en muchos casos, mantuvieron ese uso del diván en sus sesiones.
Para la literatura, un diván es una colección de poemas escritos en un idioma oriental. Puede tratarse de una obra de un escritor o de varios autores. En sus orígenes, los divanes eran colecciones cuya recopilación era realizada por la corte de un sultanato.
Tenemos que remontarnos ni más ni menos que a 1913, cuando la bailarina y cupletista Marietina, una de las vedetes del momento, estrena en el Teatro Romea de Madrid un cuplé titulado El Alirón, con letra de Álvaro Retana y música de Gaspar de Aquino, cuya letra dice:
"En Madrid está de moda la canción del alirón, y no hay nadie en los madriles que no sepa esta canción, pues las niñas ya no entregan a un galán su corazón si no sabe enamorarlas entonando el alirón. ¡Alirón! ¡Alirón! ¡Pon, pon, pon, pon!"
La canción, sobre todo el estribillo, entonado con las dosis justas de picardía, tiene un éxito inmediato, de manera que otras cupletistas lo incorporan rápidamente a su repertorio.
Nos trasladamos a Bilbao, a la nochevieja de aquel 1913. Termina el año con el Athletic Club pletórico, favorito para ganar el Campeonato de España (finalmente se lo llevaría el Rácing de Irún) y que, además, ha inaugurado hace poco –con gol del gran Pichichi– el moderno y cómodo estadio de San Mamés. En el Salón Vizcaya actúa otra famosa cupletista, Teresita Zazá. En el repertorio lleva, por supuesto, la canción que ha hecho furor en Madrid. Teresita pide al público que coree el estribillo y, espontáneamente –quizá lo más adecuado sea decir que contribuye en parte sustancial la euforia etílico-festiva del momento– surge la variante autóctona:
"¡Alirón! ¡Alirón! ¡El Athletic campeón!"
Tanta fuerza y tanta repercusión tiene el renovado estribillo que los avispados autores reescriben el cuplé, lo siembran de ripios oportunistas y lo visten de rojiblanco:
"En España entera triunfa la canción del alirón y no hay chico deportista que no sepa esta canción. Y las niñas orgullosas hoy le dan su corazón a cualquiera de los once del Athletic campeón. ¡Alirón! ¡Alirón! el Athletic es campeón. Hoy el fútbol en España es la máxima afición y la gente se emociona con los ases del balón. Y lo mismo en Indochina que en Italia y el Japón todos cantan las proezas del Athletic campeón. ¡Alirón! ¡Alirón! el Athletic es campeón".
La nueva versión se hace muy popular entre los aficionados al fútbol, tanto que llega a utilizarse como himno oficioso del Athletic hasta que en 1983 Juan Antón Zubikarai y Carmelo Bernaola componen el que hoy todos conocemos, seguramente el más bello de todos los himnos de los equipos españoles, cuya introducción musical conserva los primeros compases del antiguo cuplé.
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