Curiosidades curiosas.
En 1999, Sabina prometió en una canción que pagaría la ronda a quien se lo pidiera.
Veintisiete años después, un abogado le pasó la factura — y el derecho le daba la razón.
En "Una canción para la Magdalena", Sabina dejó escrita una promesa poética: invitaría a cien rondas a quien se lo pidiera en nombre de la Magdalena, y él las pagaría todas. Licencia literaria, pensaba.
Un abogado de Bilbao no lo leyó así. Fue a un local, invitó a una mujer que se llamaba Magdalena y, acto seguido, envió a Sabina la factura formal exigiendo el reembolso. El argumento no era una broma: la letra de la canción no era un simple adorno, sino una promesa unilateral dirigida al público, que generaba una expectativa legítima y, por tanto, una obligación de pagar.
Sabina, fascinado por el atrevimiento, pagó. Pero lo cerró con oficio de buen jurista, dejando claro que el compromiso se daba por cumplido y que la obligación quedaba extinguida de cara al futuro.
Jurídicamente, lo que pasó tiene nombre desde hace dos mil años: pollicitatio. En Derecho Romano es la promesa unilateral que hace una persona particular a un destinatario indeterminado, normalmente por una causa justa. A diferencia del contrato, que necesita el acuerdo de dos voluntades, la pollicitatio obliga a quien la hace por el simple hecho de haberla declarado sin que nadie tenga que aceptarla.
Y no es solo historia antigua: la figura todavía está vigente hoy. La Compilación del Derecho Civil Foral de Navarra (Ley 521) la recoge bajo el nombre técnico de "oferta pública" , una promesa unilateral hecha al público que obliga a quien la hace desde el momento en que se publica.