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¿Cuál es el origen de la palabra "granuja"?


«Pillo gandul y haragán que anda a la que salta; descuidero de poca monta, ladronzuelo». Esta es la definición que aporta el erudito Pancracio Celdrán de granuja en su Gran libro de los insultos (2008), que contrasta con la lacónica que ofrece en su diccionario la Real Academia Española: «bribón, pícaro».

En cualquier caso, cuando recurrimos al término granuja para tachar a alguien de sinvergüenza, sin ser conscientes hacemos alusión al grano (del latín granum, ‘semilla’), concretamente a la simiente de la vid. Así es, en la jerga agrícola, la granuja es la uva desgranada, aquella que, durante la vendimia, se ha desprendido del racimo y ha perdido el grano, tal vez por estar en la parte inferior del cesto, donde sufre presiones que la hacen reventar, echándola a perder. El caso es que a mediados del siglo XVII la palabra empezó a aplicarse, por extensión, a la gente socialmente de poca importancia y, más tarde, a la canalla, en particular, chavales que cometen pequeños hurtos o fechorías debido a que deben buscarse la vida antes de lo pensado.
 

El origen de las palabras "catástrofe" y "hecatombe".


El vocablo catástrofe define el "suceso que produce gran destrucción o daño", así como "lo que defrauda absolutamente las expectativas que suscitaba"; pero también se refiere al "desenlace de una obra dramática". En esta tercera acepción hay que detenerse, pues es en ella donde encuentra su origen la palabra, concretamente en el mundo del teatro de la antigua Grecia: los helenos denominaban katastrophé, "ruina, trastorno" –término formado a partir de kata, "hacia abajo", y strephéin, "dar la vuelta"–, a la parte última de una obra en que los acontecimientos se tornaban desdichados, lo que suponía un golpe para el espectador. Andando el tiempo, ya entrado el siglo XVIII, la palabra se aplicó, en sentido metafórico, al desastre natural, como el provocado por un terremoto o una inundación, pero más adelante se extendió a cualquier suceso desgraciado de grandes proporciones, ya fuera un accidente aéreo o un incendio.

Un sinónimo muy recurrente de catástrofe es hecatombe, voz cuyo origen etimológico, también griego, tiene su miga. Procede de hekatómbē, vocablo compuesto por hekatón, "cien", y boũs, "buey", que alude al sacrificio de cien bueyes que hacían los helenos en ofrenda a los dioses. Estas celebraciones, llamadas hekatombaia, se realizaban en el mes de hekatombaion del calendario ático, nuestro mes de julio, y buscaban el favor divino contra las plagas o las sequías prolongadas que desembocaban en hambruna. La palabra griega pasó al latín como hecatombe, que el español adoptó hacia el siglo XVI. Se entiende, pues, que de designar esta matanza masiva de animales, cuya puesta en escena debió de ser indecible además de muy sangrienta, pasara a referirse a toda "mortandad grande de personas" o a una "desgracia" o "catástrofe".
 

Dicho popular de origen mitológico,

"SER EL NON PLUS ULTRA"

Es lo mismo que decir “es el no va más”, o sea, ser algo lo máximo. Literalmente, non plus ultra significa "no más allá". El origen de esta frase hecha hay que buscarlo en la décima de las doce pruebas de Hércules, los bueyes de Gerión. Durante su paso por el sur de lo que hoy es España, Hércules separó los montes Calpe y Abyla y creó el estrecho de Gibraltar. A cada lado levantó una columna que llevaba inscrita la citada locución latina. Esta daba a entender, tal como se creía en la antigüedad, que aquel era el límite del mundo conocido. Tras el descubrimiento del Nuevo Mundo, Carlos I inmortalizaría este lema eliminando el non para animar a los navegantes a atreverse a ir más allá de lo conocido. Así quedó reflejado en el escudo de España.
 
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